19 de January de 2010 00:00

¿Tres o trescientos años?

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Antonio Rodríguez Vicéns

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Los árboles nos impiden ver el bosque. Tengo la impresión de que, en relación con la ‘revolución ciudadana’, a los ecuatorianos nos está sucediendo algo parecido. Nos preocupan determinados aspectos coyunturales y los criticamos aisladamente -la tendencia al autoritarismo, los insultos del dictador de Carondelet, la inseguridad y el desempleo, el crecimiento inconsulto del gasto público, la injerencia en la administración de justicia, la propaganda, el clientelismo, el afán de limitar la libertad de expresión, la corrupción-, pero soslayamos lo fundamental: que son también secuelas del proceso que, paso a paso, nos ha venido imponiendo para consolidar el proyecto político global, concentrador  y autoritario (a largo plazo) del correísmo.

Todo comenzó con la inconstitucional convocatoria a la consulta popular y la vana ilusión popular de que la aprobación de una nueva Constitución abriría las puertas al cambio. El golpe de Estado desde el poder, que desintegró al Congreso Nacional e impuso diputados de alquiler, no fue comprendido ni analizado en su auténtico significado. La Asamblea Constituyente tomó la posta y, prescindiendo del estatuto aprobado por el pueblo, estableció que sus decisiones (la voluntad de su mayoría) prevalecerían sobre la Constitución y las leyes. El texto constitucional de Montecristi -extenso, confuso y contradictorio- fue redactado para servir de instrumento dúctil y eficaz a ese proyecto político.

La ‘revolución ciudadana’, para alcanzar sus objetivos, impulsó un proceso de desinstitucionalización nacional: la Asamblea aprobó varias normas, incorporadas al texto constitucional subrepticia y mañosamente, para establecer un ‘régimen de transición’, que, a pesar del tiempo transcurrido,  sigue vigente. Creó, con irresponsabilidad, el caos jurídico que le ha permitido manipular a las instituciones y, en última instancia, someterlas a sus designios. La Corte Nacional de Justicia y la Corte Constitucional son un ejemplo: integradas con innegable violación del nuevo ordenamiento jurídico, debilitadas y sumisas, son meras instituciones de ‘transición’. ¿Hasta cuándo?

La historia se repite. Los regímenes totalitarios -de derecha o de izquierda, el nazismo o el comunismo estalinista-, basados en la represión y el miedo, el odio y la arbitrariedad, siempre han proclamado su larga duración. La enfiestada ‘revolución ciudadana’, cuya tendencia al atropello, la descalificación y el autoritarismo es incuestionable, no  se queda atrás: “Tendremos una revolución para tres, diez, treinta, trescientos años”. En la práctica, y soslayando la exageración, no le importa el pueblo: convencida de la supuesta ceguera de los ecuatorianos, demagógica e ineficaz, hundida en sus propias contradicciones y en la corrupción, sólo nos demuestra su insaciable sed de poder.

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