23 de January de 2010 00:00

La tragedia haitiana

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Óscar Collazos

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Hace muchos años, antes del devastador terremoto del 12 de enero, Haití era  sinónimo de tragedia. Primero, la larga, cruenta dictadura de los Duvalier. El padre, Francois,  que entre 1957 y 1971 domesticó a su pueblo con el vudú y la crueldad represiva de su policía política; el hijo, Jean-Claude, que "gobernó" de 1971 a 1986, corrompió  a la pequeña élite criolla y huyó a París lleno de dólares.

En las dos últimas décadas el mundo conoció la postración económica, social y sanitaria de Haití, pero los organismos internacionales no atendieron la catástrofe. Cuando se empezó a hablar de un país "inviable", la crisis alimentaria era ya la más conmovedora de las tragedias.

The Economist habló hace  dos años de un "tsunami silencioso" al referirse al hambre progresiva de los países más pobres. El alza escandalosa en los precios de los alimentos sigue cayendo como maldición en un país en el que quien tiene la fortuna de un empleo  no gana ni siquiera USD 2  diarios.

A principios de 2008 tuvimos noticias espantosas de Haití. Una espontánea revuelta de hambrientos nos advirtió que el hambre destruye la dignidad de los seres humanos pero, en situaciones extremas, la violencia es el último recurso que tienen esos seres para satisfacerla. Escenas más violentas que las de entonces se están repitiendo ahora.

Los alimentos subsidiados de EE.UU. acabaron de arruinar la producción haitiana de arroz, pero llenaron las arcas de los exportadores norteamericanos. Riceland Foods Inc., de Arkansas, recibió  USD 500 millones en subsidios al arroz entre 1995 y 2006.

Es imposible hablar de crisis donde nunca hubo apogeo. Esa "crisis" fue siempre una tragedia humanitaria. El paso de la dictadura a la "democracia" no hizo más que agravarla. Saber que miles de haitianos se alimentan con una galleta  hecha de barro, grasas vegetales y sal, pone en evidencia el nivel estremecedor de una tragedia que ahora tiene el más terrible de los ingredientes: la destrucción del escenario donde venía produciéndose.

No se sabe si es más urgente reconstruir Puerto Príncipe destruido por el terremoto o evitar que decenas de miles de haitianos sigan muriendo de lo que se han estado muriendo hace más de dos décadas: de hambre.

Si se corta el chorro de muertos y el riesgo de epidemias queda pendiente aún el remedio a unas no lejanas guerras de hambre.

¿Qué va a hacer el mundo rico para que, una vez hecha la reconstrucción, no se reproduzca de nuevo la tragedia humanitaria cuyas causas no han sido desterradas? No estoy pensando en limosnas a un país miserable que consume más de lo que produce, sino en el pago de una deuda histórica: el empobrecimiento de estos pueblos fue paralelo al enriquecimiento de otros.

El Tiempo, Colombia, GDA

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