28 de diciembre del 2016 00:00

150 años de historia de los ‘viejos’ en Quito

Desde el pasado lunes se venden caretas, monigotes y años viejos en Quito. Fotos: Alfredo Lagla / EL COMERCIO

Desde el pasado lunes se venden caretas, monigotes y años viejos en Quito. Fotos: Alfredo Lagla / EL COMERCIO

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Evelyn Jácome
Redactora (I)
njácome@elcomercio.com

Es la fiesta de la mofa, de la irreverencia y del descaro, pero también del luto. La quema de años viejos es una de las tradiciones que lleva arraigada en Quito más de 150 años. El rito es fascinante: quemar el año que se va, rodearse de familiares, abrazarlos, patear al viejo que arde y mirar entre lágrimas y risas al año que muere para dar a luz a uno nuevo, con nuevas esperanzas.

Quemar un monigote, disfrazarse de viuda, pedir caridad es parte de la riqueza cultural heredada de los bisabuelos. Es la voz del pueblo. Precisamente por eso es tan rica, cuenta Alfonso Ortiz, historiador, porque la gente le da vida cada 31 de diciembre a aquello que los expertos en cultura llaman patrimonio intangible: aquello que se piensa, se siente, se vive y se manifiesta.

Ortiz explica que quemar al monigote (acto que tiene gran influencia en el sur de Colombia y en el norte del Perú) llegó a Quito desde Guayaquil. Tuvo sus raíces quizá en Europa y probablemente se trata de una modificación de una costumbre española. En la época de la Colonia, en Semana Santa, se acostumbraba a quemar a Judas Iscariote como una forma de recordar su traición a Cristo. Los misioneros hacían muñecos llenos de paja, cohetes y los quemaban. Esa costumbre es probable que haya servido de base para la actual celebración de los años viejos.

La mutación que ha tenido esta práctica, según Ortiz, ha sido interesante: empezó como la quema de un muñeco elaborado con ropa vieja, relleno de aserrín, sentado en la puerta de la casa, con un cigarro en la boca y un letrero colgado del cuello, acompañado siempre de una botella de licor. Luego adquirió tintes de carácter político que reflejaban la mofa frente al poder y que trataba de perturbar el orden. Hoy se encuentran muñecos modernos, que representan a personajes televisivos, perfectamente elaborados y terminados.

En el libro ‘Los años viejos’, editado por el antiguo Fonsal, se explica que la costumbre nació acompañada de actos que hoy ya no los vemos: El viejo (siempre con barbas largas) estaba rodeado de velas encendidas, recibía un velorio y se lo llevaba a pasear por la calles del barrio. La presencia de la viuda era fundamental: pedía caridad para enterrarlo.

Una de las figuras más pedidas es la de la exjueza.

Una de las figuras más pedidas es la de la exjueza.

Pocos minutos antes de la medianoche se leía el testamento, que involucraba a los vecinos y familiares. Luego arrancaba la quema. A las 12:00 sonaban las campanas y los pitos de los autos.

El testamento, explica Ortiz, tenía gran importancia para los vecinos. Algunos eran pegados en las paredes de las casas y en los postes para que todos pudieran leerlos y gozar con sus ocurrencias. Juan Armijos, quiteño de 92 años, asegura que en los testamentos se revelaban secretos de la vecindad y que había incluso una especie de competencia para ver qué familia era la más creativa.

A veces, algunos jóvenes robaban los viejos del vecino, por lo que siempre los muñecos debían tener vigilancia. Armijos recuerda que a veces había peleas y era necesario que la Policía interviniera.

Ortiz explica que la celebración de Fin de Año y la quema del monigote fue una parte de la fiesta de Inocentes, que empezaba el 28 de diciembre y culminaba el 6 de enero. La celebración de Inocentes también tuvo un origen religioso y representaba la matanza de los niños que el rey Erodes ordenó luego del nacimiento de Jesús. Pero esta celebración, que también fue tomada por el pueblo, se volvió mundana y carnavalesca.

Los inocentes eran la mayor fiesta de la capital durante la década de los 20, 30, 40 y 50. Eran 10 días de arrebato y bromas donde las personas se tomaban el pelo, salían a la calle disfrazadas de indígenas, capariches, animales y payasos. Bailaban y se divertían sin escrúpulos. En las plazas de toros Belmonte y Arenas se organizaban bailes públicos. Pero el festejo no sobrevivó y a finales de los 60 desapareció.

El libro del Fonsal explica que a partir del crecimiento urbano de Quito –del ‘boom’ petrolero, de la migración, de las grandes obras– y sobre todo por la influencia de la televisión en la década de 1960, la fiesta inició su declive. La celebración del Año Viejo la absorbió y pasó a ser una corta síntesis del festejo de Inocentes.

Los primeros concursos de años viejos se dieron a partir de 1945. Juan Paz y Miño, historiador, cuenta que ya para 1960 se hacían años viejos institucionales como el de la Policía, los Bomberos, la Empresa Eléctrica Quito, y de los barrios como San Roque, Villa Flora y El Dorado.

Para Paz y Miño, los años viejos han creado una cultura social y hoy representan, además de la vecindad y la vida política, un reflejo de la vida social. Los monigotes, sin perder su esencia, pasaron de ser muñecos viejos a ser obras sofisticadas de arte popular, que no morirán siempre que sean parte de la voluntad popular.

Punto de vista

‘Refleja el deseo colectivo’


Diego Cóndor, especialista en cultura. Universidad Salesiana

La idea de la gente es dejar atrás lo viejo y a partir de eso se desarrollan los rituales como quemar el monigote, dar la vuelta al barrio con la maleta... El objetivo es dejar atrás el pasado. Por eso la utilización del fuego. Una de las fortalezas de esta celebración es que refleja el deseo colectivo, es decir, no es impuesta. La institucionalización, en el caso de esta fiesta, es peligrosa porque el oficializarla puede llevar a desnaturalizarla e incluso a hacerla desaparecer. La normatividad es una regla colectiva que deja de lado voluntad popular y del alma colectiva. Lo que hace es meter en un saco y homogeneizar, y es ahí cuando pierde su carácter de espontaneidad.

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