30 de agosto de 2017 00:00

1 200 000 m³ de tierra para dar forma al parque Bicentenario, en Quito

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Evelyn Jácome

De lo que alguna vez fue la cabecera norte del aeropuerto Mariscal Sucre, en el norte de Quito, no queda nada. La pista fue retirada y la planicie desapareció bajo los montículos de tierra que fueron colocados para darle relieve al lugar y habilitar microclimas para albergar flora y fauna.

En el 2005, el Concejo planteó la posibilidad de convertirlo en parque. En el 2008 luego de un concurso en el que participaron 196 propuestas de 25 países, se decidió que sería el Parque del Lago.

Su construcción arrancó en el 2013 con la salida del aeropuerto y pese a que su esencia sigue, el proyecto ha sido modificado debido a nuevas necesidades de la ciudad. Una de ellas la construcción del Metro, cuya estación norte será en el extremo sur del lugar.

La tierra que sale de esa excavación se utiliza para darle forma al parque. Ya se han movilizado 600 000 m³, a razón de 100 viajes de volquetas cada día. Los trabajos sobre esta franja de 17 hectáreas (de las 100 que tiene el lugar) se iniciaron hace un año y estarán listos a mediados del 2018.

Lorena Beltrán, gerenta de Estudios y Fiscalización de la Epmmop, camina por las lomas construidas y muestra los sectores donde se levantarán cuatro elevaciones de entre tres y siete metros de alto.

Luego de los relieves, se colocará capa verde, caminerías y puentes. Beltrán advierte que es un trabajo enorme debido a la dimensión del espacio. Además, es costoso. Sin tomar en cuenta el traslado de la tierra, sino solo la disposición del material (tendido y compactado), el costo por el uso de maquinaria y el personal, es de USD 2 el m3. Es decir, tener los desniveles que se ven al momento ha costado al menos USD 1,2 millones. Y aún deberán ser movilizadas 600 000 m³ adicionales.

Es difícil evitar el polvo, pese a que periódicamente una volqueta riega el camino para asentar el material.

Josefa Armimos, Valentina Briones y Carmen Cajas, moradoras del sector, aseguran que otra molestia la genera el ruido por el paso de las volquetas. Los vehículos operan 24 horas, lo que hace que las casas vibren, y las personas no puedan dormir en paz. Algunos moradores aseguran que preferían el aeropuerto.

Aun hay quienes extrañan el sonido de los aviones. Aseguran que antes, los alrededores eran más seguros, no había ventas ambulantes, basura, robos ni polvaredas.

A Gabriela Sierra, de 41 años, presidenta de La Campiña, las ventas ambulantes y la inseguridad en la calle Rafael Aulestia le ha quitado tranquilidad. Comenta que hay familias que vendieron sus casas por las molestias, aunque otras, en cambio, han abierto locales.

Los vecinos más antiguos cuentan que cuando llegaron la zona era montañosa y no había ni buses. Luego aprendieron a convivir con la terminal aérea, y ahora se acostumbran al parque. Hasta la década de 1930, la zona era un gran potrero, pero cuando comenzó a desarrollarse la aviación, se eligió ese sector para que aterricen los aviones. En ese entonces, la ciudad terminaba en la Colón.

Alfonso Ortiz, historiador, recuerda que se trató de una pista de hierba. Hasta que en 1960 se desarrolló un plan para modernizarlo y se empezó a construir La Concepción, uno de los barrios tradicionales del lugar. En la década de 1970 toda esa zona se fue poblando y se vivió un ‘boom’ de comercio y hoy, de negocios de comida.

Para Hernán Orbea, urbanista y catedrático universitario, es un acierto haber convertido este espacio en un parque, pero hace falta un plan de manejo de fases en esta obra. Explica que los grandes parques van consolidándose en el tiempo y son costosos. Construir cada m², dice, cuesta en promedio USD 30. Un parque de 100 hectáreas costaría cerca de USD 30 millones. Junto al Metropolitano del Sur y Metropolitano del Norte, es uno de los espacios verdes más grandes de la capital.

En todo el Bicentenario existen 2 000 árboles. Eso lo vuelve en el parque con menor densidad arbórea. En parte se debe a que el viento impide que los árboles crezcan. Justamente los relieves reducirán la erosión que ocasiona el viento.

Según Orbea, hay varias alternativas que mejorarán la convivencia con la comunidad, como hacer parques de bordes para que pertenezcan a las franjas de los barrios cercanos.

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