24 de abril de 2016 13:24

Los damnificados de Bahía de Caráquez participaron en una celebración religiosa

El Padre Bruno Roque Dos Santos de Brasil vicario de la zona da La Bendición. Fieles afuera de la iglesia de Bahí­a. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO

El Padre Bruno Roque Dos Santos de Brasil vicario de la zona da La Bendición. Fieles afuera de la iglesia de Bahí­a. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO

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Mauricio Bayas

Bruno Roque Dos Santos, sacerdote de Bahía de Caráquez, abraza a la gente y hace la señal de la cruz sobre sus frentes. ‎Les da palabras de motivación. Reza junto a su pueblo para que la fe sea el pilar que levante el ánimo en esa zona que también fue afectada por el terremoto de 7,8 grados de magnitud, del 16 de abril pasado.

"Recuerda que lo más importante es que los huesos de un joven se pegan rápido. Y lo más importante de la vida es tener vida", aconseja a un chico en silla de ruedas y con algunas heridas en sus piernas. La misa se dio tras siete días del terremoto.

La iglesia tiene dos funciones por ahora. Es centro de acopio de víveres y por las noches funcionan como albergues. Las misas se están realizando junto al templo. Desde la semana pasada hubo misas todos los días a las 17:00.

Ahora el plan también es visitar los barrios afectados. Este domingo 24 de abril del 2016, empezará en el ‎barrio Pedro Fermín Cevallos.  El sacerdote junto a las religiosas recorren los barrios regalando velas y orando. "Las noches son los momentos más tristes en estos momentos. Sin luz y en tinieblas es complicado. Ahí tratamos de estar siempre".

La lluvia es otro problema

La noche del sábado llovió y las precipitaciones se extendieron hasta la madrugada de hoy en Bahía de Caráquez y en San Vicente. El aguacero obligó a las familias que duermen en refugios a buscar otra alternativa de descanso más segura.

Ellos buscan de forma urgente plástico para proteger los pocos enseres que lograron rescatar de entre los ‎escombros. Aunque hace calor les preocupa que las lluvias continúen en las próximas horas. Además, el piso, de tierra se volvió un lodazal.

En San Vicente, la cotidianidad está retornando de a poco. Allí hay casas caídas, pero se han convertido‎ en un espacio para recibir ayuda y repartirla a más de 28 comunidades.

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