7 de mayo de 2016 10:40

El tejedor de redes de alto calado de Cojimíes

Jacinto Vera ha visto disminuir drásticamente los pedidos de las redes para pescar, después del terremoto. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

Jacinto Vera ha visto disminuir drásticamente los pedidos de las redes para pescar, después del terremoto. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

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Víctor Vizuete
Editor

Es un viejo lobo de mar aunque desde hace unos 10 años ya no se aventura mar adentro en busca de corvinas o langostinos, su cosecha marina de toda la vida.

Sin embargo, Jacinto Vera Ribadeneira, un robusto y pequeño nativo de Cojimíes de no ha dejado de ejercer su profesión original desde que tenía unos 10 años: tejer redes de nailon aptas para atrapar a los langostinos más grandes y sanos, esos que nadan en cardúmenes en alta mar, a “8 brazas de la costa” y son difíciles de atrapar.

Trabaja amarrando los cabos de nailon de 50 metros y ¼ de diámetro de largo entre los dos postes que existen en su calle. El ancho de cada red es de un metro y medio. Ahí va urdiendo la fina malla de nailon que puede soportar hasta 100 libras del valioso crustáceo. La ardua tarea le demanda un día completo, lo que le significa un ingreso de USD 90, que le ayudan a sobrevivir por varios días.

Sin embargo, luego del terremoto las peticiones de redes han disminuido de forma alarmante y hay días en que “solo alcanza para comprar unos maduros para hacer los patacones que acompañan al indispensable café con agua de cada noche”.

Jacinto Vera ha visto disminuir drásticamente los pedidos de las redes para pescar, después del terremoto. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

“Si no fuera por los encargos de don Alfonso Aveiga, quien tiene tres botes trabajando en este mismo rato, me estaría comiendo la camisa, dice como masticando sus palabras pero sin dejar de tejer con una agujota de madera fabricada expresamente para el efecto. Es hecha de palo de bruja, una madera que se encuentra en lo más intrincado de la montaña”.

A pesar de estas dificultades, don Jacinto sigue teje que teje con esas manos callosas y llenas de cicatrices porque… no sabe hacer otra cosa. “Y de algo hay que vivir. Hay que mantener a la doña y a algunos de los seis hijos que tuvimos”, dice entre susurros que más parecen reclamos de vida.

Al frente, en una modesta casita de construcción mixta le espera su mujer, María, dedicada al 100% a las tareas hogareñas y a complacer a su hombre lo mejor que pueda.

Mar adentro, a ocho brazas de la costa Christian -el único hijo que continuó con la tradición marinera del padre- lucha con todas sus fuerzas para que los langostinos sigan a los señuelos y queden atrapados en esa red que para ellos es la muerte y para quienes los atrapan significa la vida.

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