24 de abril de 2016 00:00

Tarqui, corazón comercial de Manta, tiene las luces apagadas

La actividad que movía a esta parroquia era el comercio. La gente busca agruparse en otro sector, temporalmente. Foto: Pavel Calahorrano / EL COMERCIO

La actividad que movía a esta parroquia era el comercio. La gente busca agruparse en otro sector, temporalmente. Foto: Pavel Calahorrano / EL COMERCIO

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Mónica Orozco
Desde Manta

‘Tarqui de playa…, de hoteles… de los amigos... de gente sencilla sepultada en su trabajo”. Los versos circulan por redes sociales. Es el réquiem del escritor Pedro Gil sobre la tragedia ocurrida en su parroquia. En este, que era el corazón comercial de Manta, ahora solo quedan ruinas de edificios y montañas de escombros y retroexcavadoras.

“Yo nací en Tarqui. Hasta los 6 años viví por el mercado, incluso antes que lo construyeran”, dice el manabita Jean Carlos Santi mientras intenta entrar al “punto cero” de la tragedia como se llama a esta zona, la más afectada en la ciudad por el siniestro de hace 8 días. 
El lugar hoy está en aislamiento total. Las autoridades ordenaron la evacuación de las familias que se negaban a salir por temor a saqueos y a perder lo poco que les queda.


No es la primera crisis que vive Manta. La noche del 22 de octubre de 1996 un avión Boeing 707 de Million Air, con 85 000 litros de combustible, se estrelló en el barrio La Dolorosa, en el centro de la ciudad. La aeronave arrasó con 54 inmuebles y segó la vida de 32 personas. Tarqui fue la primera parroquia en el perfil costanero de Manta. El recuerdo que tiene Santi son los rieles que pasaban cerca a su casa. “Cuando yo nací ya había dejado de funcionar el tren”.


El ferrocarril, inaugurado en 1916, traía el principal producto de exportación de Manta de aquella época: la tagua. La línea férrea recorría Manta, Montecristi, Portoviejo y Santa Ana. Hasta entonces Tarqui había sido una ensenada habitada solo por pescadores. 
Pero el tren atrajo a campesinos y montuvios, los primeros comerciantes. Así nació el germen comercial en Tarqui, dice Joselías Sánchez, catedrático y estudioso de la zona.

Cuenta esta historia desde una banqueta plástica afuera de su casa, en el centro de la parroquia. 
La vivienda, de cuatro pisos y grandes ventanales con vista al mar, sigue en pie. Desde afuera se aprecian los soportes que puso para rescatar parte de su mayor patrimonio: 1 800 libros y registros de la historia de Manta. Los libreros ocupan las paredes de la sala, cuarto de estudio y dormitorio. 


Pero 300 libros será lo único que podrá llevarse. La casa será derrumbada, ya no hay tiempo de sacar más. Un informe preliminar del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, de la Espe-FF.AA. y de la Espol determinó que existen 526 edificaciones afectadas en Tarqui.


El 26% (136 viviendas, hoteles y comercios) tiene daños estructurales severos y debe ser derrocado, según Jorge Zambrano, alcalde de Manta. 
José Marrasquín intentó ingresar el viernes pasado al barrio central de Tarqui para sacar un ventilador y más enseres, pero tampoco le dejaron. Dice que el barrio, ubicado a pocos metros de la playa, se pobló en los sesenta. Las viviendas eran de caña y madera. 


Pero con el puerto llegó el progreso a la zona. El manabita aún recuerda los tráileres saliendo del Puerto de Manta con la tubería para construir el Oleoducto Transecuatoriano y la Refinería de Esmeraldas. 
Tarqui era la parroquia más densamente poblada de la ciudad. El mercado y gran parte de los comercios funcionaban casi las 24 horas.

El día del siniestro los negocios estaban llenos. Manta reporta 183 fallecidos hasta el pasado viernes, más de 100 son de Tarqui.
Tras la tragedia, el desafío de Manta será hacer frente al desempleo. Cerca de 2 000 comerciantes y sus familias dependían de esa actividad y del turismo de Tarqui. 


Jorge Merlo, presidente de la unidad de asociaciones de comerciantes Floresmilo Mendoza Catagua de Tarqui, que agrupa a 31 organizaciones, dijo que las pérdidas son incalculables. “La gente está desesperada por las deudas. Se había aprovisionado para la temporada escolar y lo perdió todo”.


El comercio de esta zona movía USD 300 000 y 400 000 diarios y llegaba hasta USD 1 millón diarios por inicio de clases. El gremio busca un lugar temporal para agruparse. 
“Ya no sé cuántos muertos hay. Yo mismo soy un damnificado”, dice con pesar Joselías, que puso el dinero de su jubilación en su vivienda. “Si la derrumban con qué pago el crédito de USD 60 000 al banco”. 
"No somos grandes capitalistas, somos gente que ha ahorrado y se ha endeudado para tener un edificio, un hotel, un comercio y ahora estamos quebrados”.

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