4 de July de 2009 00:00

El Tablón inyecta vida a El Quinche

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Redacción Quito

Un montículo natural de pastizales y líquenes se levanta sobre la parroquia de El Quinche. En sus faldas, pequeñas chozas de paja y tabla compiten con el tamaño del cerro El Tablón (de 3 000 m de altitud), ubicado a 30 km del centro de El Quinche. Este espacio, de forma rectangular, es uno de los  principales atractivos turísticos de la parroquia, en el nororiente de Quito. 

Más allá de la fe católica, presente en el santuario de la Virgen, en el parque central, la parroquia de 12 800 habitantes ofrece una variedad de rutas de esparcimiento en los barrios El Mirador y San José. 



Para tomar en cuenta
Desde Quito se puede tomar la Flota Pichincha. Se la toma en la Terminal Terrestre Carcelén, pasa por Guayllabamba. El recorrido cuesta USD 0,95 para adultos.  
En la terminal de la Ecovía, en la Río Coca, se puede tomar la cooperativa Reina de El Quinche. Esta ruta va por Tumbaco. Cuesta: USD 0,95. 
Para ascender al cerro El Tablón hay que usar ropa cómoda, una chompa impermeable, y llevar agua y comida. 
En El Quinche se abrieron tres hoteles: Maryshil, Pituquito y Hen Pol. El hospedaje cuesta desde   USD 10 a 15.
Comidas típicas como cuy asado y el caldo de gallina se encuentran en Mercado Central. Hay platos desde USD 1,50.Una advertencia matizó el jueves pasado el ascenso al cerro, ubicado en el barrio San José. “Este es  el bautizo, cada vez que viene alguien nuevo no se deja ver, llueve”, alerta Mery Pilco, moradora del sector. En minutos, el sol se oculta y una tenue neblina esconde al cerro. Hace dos meses, ella llegó a la cúspide. Lo hizo en seis horas. 

El ascenso se puede realizar hasta las faldas del cerro en una camioneta o en un auto 4 x 4. En el trayecto hay plantas endémicas de la zona como la chuquiragua, el taxo y las moras silvestres. 30 minutos en carro toma el recorrido hasta las faldas de la colina. De allí son seis horas más de caminata hasta la cúspide. 

Enrique Pallo vive en el sector. Ha subido más de 15 veces. “Hace frío. Arriba  hay una laguna, es hermosa”. Pallo se refiere a la laguna  Angascocha, que está  dentro del cerro. Esta -según Nicolás Pineida, presidente de la Junta Parroquial de El Quinche- abastece de agua al 80% de la población de la comunidad.
La Junta Parroquial todavía no tiene  un plan para potenciar a la reserva.

En las faldas del cerro hace frío. El jueves, a las 12:00, empezó a lloviznar. El camino de ascenso es  enlodado, lleno de pastizal. Lisandro Pinto, morador de San José, cuenta que arriba hay zonas para acampar. Pero sugiere llevar ropa térmica, porque la temperatura, en la altitud, no supera los cinco grados.

La comida y el  agua son aliados indispensables antes de viajar. Allí no hay refugios. Los moradores rentan caballos. Cuestan USD 5. En la cúspide -dice  Pilco-  se observa a la parroquia de El Quinche y a Quito, en la parte nororiental.

Pineida manifiesta  que El Tablón  fue uno de los centros de adoración al Sol de la comunidad indígena de los quinches. Esto perduró hasta 1604, cuando llegó la imagen de la Virgen  y se creó la iglesia. 

Para tomar fuerzas luego de la caminata puede parar en el barrio La Esperanza. Allí, Rosa Tayupanta elabora arepas de maíz con dulce de panela. Este es uno de los platos típicos de la zona. El olor a miel  llama la atención en el horno de leña, en donde Tayupanpa prepara las arepas. Cada una cuesta USD 0,20. Es como un pan, envuelto en hoja de maíz.  

Pero este no es el único atractivo. En el barrio El Mirador, que está  justo en la bajada del cerro El Tablón, hay varios senderos naturales. Hierbas medicinales como el eucalipto, el matico y la menta se pueden observar. También hay algas con las cuales los moradores de El Quinche tejen floreros naturales. En este sector se practica  la pesca deportiva. Cada trucha cuesta USD 1,50 cruda y 3,50 ya preparada.

Los baños de cajón del barrio La Victoria no pueden quedar por fuera de esta ruta. Carlos Medrano los abrió hace un año. El espacio fue diseñado con madera, carrizo y paja. La terapia dura una hora, combina vapor y agua helada. Al final, el visitante se hidrata con agua de clorofila. Esta actividad no es muy conocida, “porque  los turistas no piensan que aparte del santuario hay otros atractivos aquí”.

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