5 de December de 2014 17:20

Los sobrevivientes de Ayotzinapa narran una noche de muerte

La desaparición de los 43 estudiantes en Ayotzinapa agudiza las protestas en México. Foto: AFP

La desaparición de los 43 estudiantes en Ayotzinapa agudiza las protestas en México. Foto: AFP

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Diario El Universal de México
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Cristina Pérez-Stadelmann. Enviada a Iguala

Valentín, Antonio y Adrián, tres jóvenes mexicanos del primer grado de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, que sobrevivieron a los ataques armados de los policías municipales de Iguala, el 26 de septiembre pasado, narran cómo tuvieron que ocultarse mientras oían los gritos de sus compañeros al ser baleados, sin poder auxiliarlos.

“Nos trataron de matar a todos... a unos los vimos caer”

“¡Nosotros somos Ayotzinapa y queremos justicia para nuestros compañeros caídos!”, dice Valentín. Su nombre está ligado al de una comunidad, porque este joven de 20 años no se describe como un individuo sino como parte de una gran familia de estudiantes de la normal. Y es desde ahí, desde la solidaridad y el terror de lo vivido, que decide hablar por primera vez con un medio de comunicación.

A ratos tiembla al recordar y pide que su identidad sea protegida durante la entrevista con diario EL UNIVERSAL, porque si bien no tiene miedo por él, sí por lo que pudiera ocurrirle a su familia y a sus compañeros de la normal. Valentín asegura que las heridas, los moretones y raspones en su cuerpo están curados (han pasado 63 días), no así las marcas que no son visibles pero que lleva por dentro, esas que no lo dejan dormir aún, porque en el silencio de la noche invariablemente regresa aquella “noche terrible”, según describe.

“Nos trataron de matar a todos. Algunos tuvimos suerte y no nos mataron, pero vimos a nuestros compañeros caer. Estoy esperando a que lleguen nuestros compañeros desaparecidos; mientras ellos no lleguen yo voy a seguir apoyando y luchando en la normal”.

Valentín espera por cada uno de los 43 normalistas y en especial a Jonathan, el amigo al que conoció desde que entró a la preparatoria y con el que más convivía en la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, en Ayotzinapa. Le ha hablado a su celular, le ha enviado mensajes de texto, “pero Jonathan no responde”, dice sentado en una colchoneta en su cuarto.

En la normal los cuartos son austeros, apenas una colchoneta en el suelo para que descansen.

Valentín narra lo ocurrido: “Éramos todos de primer año, íbamos como 70 alumnos juntos, la mayoría se subió al último autobús, eran cinco unidades. Yo iba corriendo por la calle, abriéndole paso a los autobuses, cuando vi que en la calle Juan N. Álvarez se atravesaba una patrulla. Nos bajamos, tratamos de moverla, empezaron a disparar y ahí le dieron al primer compañero que ahora está en el hospital en estado vegetativo. Nos alejamos un poco porque si nos acercábamos al compañero caído nos seguían disparando más. No dejaban que lo levantáramos ni nada”.

Valentín decidió esconderse adentro de uno de los autobuses; de pronto se levantaba un poco y se asomaba por la ventana solo para ver cómo su compañero caído se movía y levantaba su mano pidiendo ayuda. “No nos dejaban acercarnos a él, los policías seguían disparando. Yo vi cómo mi compañero agonizaba sin ayuda. Me traté de bajar varias veces del autobús, pero las balas no me dejaban, y yo tenía miedo de que me balearan. Varias balas pegaron cerca de mí, en los sillones del autobús. Me escondí debajo de los asientos con otros compañeros”.

Acompaña su relato con los trazos que va haciendo en la hoja de un cuaderno. Dibuja cinco camiones, señala en cuál iba él. Las balas las traza como rayas pequeñas e inclinadas. No las dibuja. Las traza en el aire.

Ya escondido, Valentín comenzó a enviar mensajes a otros compañeros de la normal para decirles que los estaban atacando. Estos le indicaban que aguantara, que ya iban en camino para ayudarlos. Envió mensajes de texto también a su hermana, “le dije que nos estaban baleando, ella me pedía que corriera para que no me pasara nada. Luego se me comenzó a apagar la pila del celular. Pensé mucho en mis padres, pero no les quise marcar para que no se preocuparan. Fue una noche terrible, una noche de muerte, y la mañana fue peor, porque supimos de todos los compañeros muertos y desaparecidos”.

"Me escondí durante siete horas en un terreno baldío”

Antonio, de 19 años, ingresó a la Normal Rural de Ayotzinapa en agosto pasado, también cursa el primer año. Habla de los terrenos donde todos sembraban sus cultivos de ejotes, flores de cempasúchil, maíz.

“Las flores se están secando porque faltan nuestros compañeros para recoger la cosecha, y esto es también una grave situación para la sobrevivencia financiera de la escuela”, explica.

Agrega: “Entré a la normal porque mi objetivo era superarme, ser alguien en la vida. No quería quedarme solo con mis estudios de bachillerato, y todavía no entiendo por qué nos pasó esto si somos estudiantes. No estábamos haciendo nada malo, simplemente íbamos a traer autobuses y botear, había un convenio con los choferes. No comprendo por qué los policías municipales nos atacaron de esa manera violenta y a balazos.

“Yo iba por la calle abriendo paso a los camiones, atravesaron una patrulla para que no avanzáramos, luego llegaron dos camionetas municipales y comenzaron a dispararnos a todos los que estábamos ahí. Yo me metí debajo del autobús, esperé y luego en cuanto pude me subí al autobús y estuve un rato ahí hasta que pasó todo. Éramos como 15 los que estábamos en ese autobús de Costa Line.

“No hacíamos un solo ruido porque los municipales tenían el arma apuntada. Estaba nervioso, tenso, solo escuchaba que los compañeros estaban llorando y estaban desesperados. Pedí que todo eso solo fuera un sueño, que todo pasara rápido, pero no sabíamos qué hacer. Yo no lloraba. Estaba nervioso, me dio mucho miedo. Los municipales corrían, se escuchaban sus botas”.

Rememora que “algunos en el camión le llamaron a otros compañeros de la normal para decirles que los municipales nos estaban atacando. Después se fueron. Nos bajamos del autobús y comenzamos a tomar fotografías para dejar evidencia de que ellos nos habían atacado; llegaron periodistas y comenzaron a entrevistar”.

Nunca pensó que el ataque fuera a repetirse aquella misma noche; “yo estaba de espaldas; llegó una camioneta y comenzó a disparar y todos corrimos hacia donde pudimos. Yo corrí dos calles abajo y me escondí de 11 de la noche a las 6 de la mañana. Estuve en un terreno baldío, llovía. Después de muchas horas comenzaron a localizarnos. Fueron por mí para llevarme a la Procuraduría de Iguala”.

Fue en este sitio donde Antonio supo de la desaparición de más de 43 compañeros.

Cuando se le pregunta qué sigue para él después de esa noche del 26 de septiembre asegura: “Seguiré en la normal, seguiré aquí mientras ellos no aparezcan. Yo sigo en la lucha y tengo temor, es cierto, pero pienso que si ellos estuvieran en mi lugar también harían lo mismo por mí. Ellos estarían aquí, como estoy yo apoyando al movimiento.

“Fue una noche muy triste, nunca pensé que nos atacarían de ese modo y la mañana del 27 de septiembre fue peor, por saber de nuestros compañeros caídos, muertos, y los desaparecidos. Me pregunto: ‘¿Por qué pasó todo esto. Todavía no encuentro las respuestas. ¿Por qué nos atacaron de esta manera? Lo que quiero es que aparezcan los compañeros, que se haga justicia para los compañeros caídos. Que su muerte no quede así nomás”, concluye Antonio mientras va levantando poco a poco la mirada del suelo y de la hebilla de su sandalia.

“Se oían muchos gritos y llanto”

Adrián pide justicia y repite esta palabra reiteradamente a lo largo de su testimonio. Él está en la banda de guerra y la noche del 26 de septiembre lo que más le preocupaba era saber de su primo que también iba en los camiones que fueron atacados.

Después del primer enfrentamiento, Adrián comenzó a rodear los casquillos con piedras, “porque ya estaban por llegar los peritos. Como a las 11 de la noche comencé a escuchar cómo pasaban motos y patrullas. Me pareció raro; y luego a las 12 comenzaron otra vez a disparar”.

Al escuchar los disparos todos comenzaron a dispersarse y a correr hacia donde pudieron. Adrián corrió a tres cuadras de ahí, se escondió en un baldío. Estuvo ahí desde las 12 de la noche a las 6 de la mañana [Adrián es preciso con las horas y los minutos]. 

“Lo primero que hice, después del primer ataque, fue marcarle a mi hermana, a mi mamá no le quise avisar porque se pone muy mal. En cuanto colgué con mi hermana escuché de nuevo cómo empezaron a tirar a matar. Cinco compañeros corrimos hacia el mismo terreno baldío. Ahí estuvimos. Tenía mucho miedo de que nos llegaran a matar si nos encontraban.

Adrián, de 18 años, narra cómo afuera, en medio de la madrugada, en la calle se escuchaban muchos gritos y llanto. Él agudizó sus sentidos, todo lo escuchaba y lo sentía. La lluvia, el frío, el terror de que lo fueran a encontrar para matarlo. Alguien dijo que no eran policías los que los estaban atacando, “sino la maña y por eso sentimos más miedo. Dieron las cinco de la mañana. Unos compañeros nos encontraron, estaba ahí el secretario de la normal. Me llevaron a la Procuraduría de Iguala. Ahí supe de nuestros compañeros desaparecidos. No quería declarar, temí que nos fueran a meter presos”.

Para Adrián esta fue una experiencia que “te ayuda a valorar la vida, ya que en cualquier momento te puedes ir. No sé si fue Dios el que quiso que no fuera yo, pero se siente feo por los compañeros que cayeron. Si yo estuviera en su lugar me gustaría pensar que están luchando por mí, que lucharán por encontrarnos. Eso es lo que yo hago al estar aquí en la normal, ayudando en las actividades que sean para ellos.

“Uno sí tiene miedo, pero ellos más. Imagínese, no comerán, no tomarán agua. Nada más pienso en lo que deben estar pasando. No quiero ni pensarlo.

“Dicen que nosotros fuimos a interrumpir a la esposa del presidente municipal de Iguala, no es así. A Iguala nunca vamos. No sé por qué dijeron que íbamos para allá”.

Sobre los desaparecidos asegura que “los padres de familia y nosotros no nos damos por vencidos hasta que nos devuelvan a todos. Siempre andábamos juntos. Echábamos relajo... Estamos tristes. Yo estoy seguro de que van a regresar.

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