4 de April de 2010 00:00

El sistema

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Diego Pérez Ordóñez

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Con  cada día que pasa, a medida que transcurren las semanas y los meses, nos vamos acostumbrando al sistema. Sí, nos vamos acostumbrando. Lo que quiero decir es que va creciendo el callo, va ganando la batalla la indiferencia, procuramos incluso  adaptarnos a las nuevas circunstancias, a las múltiples y novedosas exigencias del sistema político en auge.

El sistema funciona al revés de la lógica común. Normalmente el Estado debe ser el servidor del ciudadano y no al contrario. La razón de ser del Estado es justamente proteger al ciudadano, tutelar sus derechos fundamentales.

En Ecuador, el Estado vigila todo, lo copa todo, lo controla todo y termina, así, por asfixiar. Bajo las reglas del nuevo sistema el Estado es rey y el ciudadano súbdito, el Estado es el señor feudal y el ciudadano siervo de la gleba.

Que no me digan que “los ciudadanos” cándidamente van a pedirles a los medios de comunicación que rindan cuentas. El poder se relame los bigotes y se frota las manos ante la posibilidad, hoy más cierta que nunca, de meterle mano a los periódicos, de controlar todavía más a los canales de televisión, de silenciar a las estaciones de radio.

Así solamente brillará la verdad oficial, valdrá apenas el pensamiento único. Las reglas de la democracia dicen todo lo contrario: la prensa debe ser un dique para el poder, una barrera natural para que los poderosos (de cualquier cuño) no acumulen más poder del necesario para gobernar en democracia.

¿Se  imaginan cuánto le habría gustado al Presidente Richard Nixon que el Washington Post no abriera la boca? ¿Se han puesto a pensar cómo habría gozado Silvio Berlusconi ordenando la clausura de los periódicos que publicaron las fotos de sus libidinosas fiestas?

¿Por  qué creen que el sistema implantado por el Generalísimo de los Ejércitos Españoles y Caudillo por la gracia de Dios Francisco Franco se basaba en la censura?

Es el ciudadano quien debe vigilar y fiscalizar al Estado y no de otra forma. El poder debe decirnos e informarnos en qué gasta o invierte el dinero, cuáles son las razones por las que hace tal cosa y no tal otra.

Bajo nuestro sistema, este método funciona también al revés:  el  poder puede prodigar dinero a manos llenas y negarse a justificar el gasto. Bajo nuestro sistema, el Estado es una voraz máquina de gastar los dineros públicos.

¿Quién nos va a decir qué ha pasado con los dineros que ha percibido el país por los altos precios del petróleo? Mientras el Estado sea todo y el ciudadano nada, no podrá haber democracia y habrá todo lo contrario: autoritarismo y abuso. Mientras el Estado lo controle todo y el ciudadano sea un simple accesorio, viviremos en tiempos nublados, de celaje negro.

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