24 de abril de 2016 00:00

Sismo del 2016, ¿la mayor tragedia desde 1949?

Pedernales prácticamente quedó en ruinas tras el terremoto del 16 de abril. La Costa ha sufrido seis sismos superiores a 6.0 grados de Richter en los siglos XX y XXI. Foto: Enrique Pesantez / EL COMERCIO

Pedernales prácticamente quedó en ruinas tras el terremoto del 16 de abril. La Costa ha sufrido seis sismos superiores a 6.0 grados de Richter en los siglos XX y XXI. Foto: Enrique Pesantez / EL COMERCIO

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Alejandro Ribadeneira
Alejandro Ribadeneira y Erika Guarachi  (I)

Varias personas y autoridades lo repiten: el terremoto que destrozó a Manabí hace una semana es la tragedia “más grande” que ha sufrido el Ecuador desde el terremoto de 1949. Pero, como todo en la vida, aludir a lo “más grande” es cuestión del punto de vista.

El problema empieza por definir qué es una tragedia. “Situación o suceso luctuoso y lamentable que afecta a personas o sociedades humanas”, dice la Real Academia. Una sola persona puede sufrir una tragedia, por lo que se podría pensar que la catástrofe es más grande mientras más la sufran.


El sufrimiento, sin embargo, es un término relativo. Es común que una tragedia sea medida por el número de muertes o afectados, aunque no es la única consideración. 
Gabriel Cortez, doctor en Gestión de Riesgos y docente de la Universidad de las Américas, explica que existen siete parámetros que se toman en cuenta para definir una catástrofe.

Uno es la magnitud del evento natural. En el caso de un terremoto se lo hace mediante dos escalas: la de Richter y la de Mercalli. Bajo la primera, la más habitual, se considera ‘alto’ a un sismo que supere los 6.5 grados. 
El terremoto del sábado alcanzó los 7.8 grados.

En efecto, es el más alto desde 1949, cuando un terremoto de 6.8 dejó en ruinas a Ambato, Pelileo, Guano y Patate, entre otros puntos, y mató a 5 050 personas (aunque las crónicas de la época hablaban de 6 000). Por su enorme mortandad, se considera al terremoto de 1949 como la gran tragedia del siglo XX.


Un detalle está en que en la primera mitad del siglo XX hubo terremotos de 7.8 grados (14 de mayo de 1942, que aterró a Manabí) y otro de 8.8 grados (31 de enero de 1906, que asoló Esmeraldas). Pero, desde 1949, nunca hubo un temblor tan potente. El de 1987, o mejor dicho los dos sismos del 5 de marzo, fueron de 6.1 y 6.9., en Napo.


El daño en las construcciones es otro factor que enumera Cortez. Si el 60% o más de las edificaciones del sitio donde ocurrió el evento natural fueron afectadas se lo cataloga como ‘alto’. El estado de la infraestructura estatal y la provisión de servicios básicos en los sitios en donde se registró el evento natural es otro factor que se evalúa.

Dependerá del daño de afectación y la rapidez para restablecer los servicios básicos para calificarla como alto, moderado o leve.
Aquí entra en juego el factor de los servicios de salud. En estos casos se mide la calidad y el acceso de las personas afectadas por un fenómeno natural a los servicios de salud: doctores, hospitales, medicinas...


Cortez explica que una catástrofe suele producir consecuencias anexas como epidemias, violencia civil y el colapso de atención gubernamental y no gubernamental, lo cual puede generar saqueos y otros fenómenos de orden público.
Las condiciones de las vías permiten también conocer si se trata o no de una catástrofe.

Para estar dentro de los niveles altos no debería existir ningún tipo de conexión terrestre tras el evento natural por daños en las carreteras.
En este rubro, se puede considerar que el fenómeno de El Niño de 1997 compite en devastación con el último terremoto, pues destruyó más de 
4 000 kilómetros de vías (la mitad de primer orden), derribó 31 puentes y de paso acabó con más de 300 000 hectáreas de cultivos en la Costa.


El número de víctimas fallecidas es uno de los ítems que más impacta en la opinión pública para determinar si el suceso se convirtió en una tragedia; en el caso de que superen las 1 000 se lo considera ‘alto’. 
El terremoto de este año no es el evento con más muertes desde 1949.

Aún se impone el que ocurrió en 1987, que en realidad fueron dos temblores que mataron a 1 000 personas (cifra que nunca pudo definirse), pero no tanto por la caída de casas sino por los deslaves que generó el sismo, cuyo epicentro fue el Reventador y que también causó fuertes estragos en la economía.
El factor económico no está en los parámetros que enumera Cortez pero sí en los estudios de la Cepal, la ONU, el BID y diversas entidades, las cuales han agregado ese tema en los análisis de las tragedias.


¿El terremoto de 2016 es el más devastador económicamente desde 1949? Hay bemoles pues los ambientes no siempre son los mismos. El analista Vicente Albornoz repasa lo ocurrido en 1987 y fija el costo de pérdidas en USD 
1 000 millones. No hay que olvidar que quedaron destruidos 70 km del único oleoducto que tenía el país, lo que provocó la suspensión de la venta del petróleo por cinco meses. 


En ese año, el precio del barril se vendía entre USD 20 y 40. El ambiente no era bueno para Ecuador, pues estaba en moratoria con los organismos internacionales (no se pagaba la deuda externa) y tampoco existían fondos en la Reserva Monetaria. El Producto Interno Bruto per cápita cayó a 
1 281, cuando en 1985 logró colocarse en 2052, la mejor cifra de la historia hasta entonces.


El fenómeno de El Niño de 1997 también representó un desastre mayúsculo, que generó más de USD 2 600 millones en pérdidas, la desorganización del campo y la desarticulación de las vías. La destrucción de las cosechas contribuyó a la crisis bancaria de 1999 por los créditos no honrados.


¿Cómo pagar si no se podía sembrar, o no había la posibilidad de recoger la cosecha o simplemente no había manera de transportarla? Los cultivos de ciclo corto como arroz fueron los más perjudicados.
 Todavía es pronto para fijar una cifra de pérdidas en este pavoroso terremoto.

El Presidente habló de USD 3 000 millones pero aclaró que faltan muchas cuantificaciones. 
Un factor nuevo para el análisis es el turístico. José Ochoa, presidente de la Federación Hotelera de Ecuador, fijó en 40 los hoteles destruidos, un golpe mortal para una zona que apostaba por esta actividad.


Más allá de si es la tragedia “más grande”, este último terremoto es un nuevo eslabón de la cadena de dolor que carga el país, la confirmación de la necesidad de sistemas de gestión más eficientes y, también, la dolorosa posibilidad de reconstruirnos.

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