6 de January de 2010 00:00

Síndrome

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Sebastián Mantilla Baca

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El próximo 15 de enero,  Rafael Correa cumplirá tres años en el poder. Tras un período de continuas y reiteradas rupturas del sistema democrático, su permanencia en el cargo es algo inédito en el Ecuador.

Y aunque  puede considerarse como un logro para el Gobierno, esto deja un mal sabor de boca. ¿Por qué?

Porque la tarea de gobernar se ha reducido a un juego siniestro. A un juego de cómo acabar con el enemigo, mantenerse en las encuestas, manipular a la opinión pública,  bloquear toda iniciativa de fiscalización,  acumular más y más poder.

¿Cuál es el balance después de tres años? Según diario Hoy, de las 23 ofertas de campaña y mandatos de la Constitución, apenas 5 han sido cumplidas. Es un 72%  de incumplimiento.
¿Qué decir de la lucha contra la corrupción?  ¿Cómo se explica que el señor Carrión, ex ministro del Deporte, esté en libertad? ¿Realmente es el dueño del circo? ¿Qué ha pasado con las denuncias que ha hecho Fabricio acerca del círculo íntimo del Presidente? ¿Han comparado las declaratorias de emergencia y los contratos entregados en los períodos de Bucaram, Gutiérrez y de Correa como para tener una idea de qué estamos hablando? La lista es larga...

¿Qué me dicen del abuso indiscriminado en publicidad? Es  bochornoso saber que el actual Régimen no solo encabeza la lista de los 15 mayores anunciantes sino que incluso las cadenas nacionales en  2009 han llegado a niveles nunca antes vistos en el país y  la región. Son 233 cadenas nacionales de Correa frente a las 195 de Chávez. ¡ Un récord!
Parecería que el mal del Ecuador no es en sí la inestabilidad política sino la falta de madurez, prudencia y sabiduría de sus gobernantes. Como candidatos son unas santas palomas, como presidentes son  ejemplo de vanidad y prepotencia.

No sé si podría hablarse del “síndrome presidencial” en el Ecuador; de un síndrome que se convierte en enfermedad y transforma a los presidentes en seres vanidosos, ambiciosos y poco éticos. El poder pervierte, dicen.

Yo no sé si finalmente sea así o no. Lo que  tengo claro es que la política en los actuales momentos ha perdido su razón de ser.

Cuando uno analiza con detenimiento a quienes dicen representar a los ecuatorianos, lo que uno ve es simple y pura ambición. Lo que debería existir, más bien, es una profunda y sincera vocación de servicio.

Da pena observar cómo la nación va de tumbo en tumbo sin encontrar un derrotero cierto.

Me resisto a aceptar las advertencias de Marianita de Jesús. “El Ecuador no se acabará por terremotos sino por los malos gobiernos”.  Ah, este no es la excepción.

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