22 de June de 2010 00:00

Yanamarum es otra casa del refugiado

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Byron Rodríguez V.

Yanamarum es un caserío de 17 familias quichuas localizado en una ribera del río San Miguel, provincia de Sucumbíos. Es uno de los pueblitos más alejados del nororiente amazónico de Ecuador.

Decenas de familias colombianas, de la otra orilla, han convertido a Yanamarum en su hogar provisional. Vinieron al caserío en busca de paz. Dejaron sus casas por temor a los combates entre el Ejército de su país y la guerrilla, presente en el departamento de Putumayo.

Aquí, el frente 48 de las FARC tiene sus dominios.La etnia quichua, tranquila y solidaria, acoge a los vecinos aplicando una singular modalidad de convivencia: los quichuas prestan sus pequeñas chacras a las familias del norte que necesitan refugio. Las prestan, no las arriendan, y también comparten los frutos de la selva: piña espinuda, plátano, maíz, yuca, papaya, la pesca en el extenso río San Miguel –tiene al menos 250 m de ancho y en sus aguas cafés abundan el bagre, singo, bocachico y sábalo.

Lo único que piden los quichuas es que sean buenos vecinos y amen la paz. Los refugiados están de paso, pues siempre vuelven al otro lado a visitar a sus familias en el Caquetá, Puerto Colombia, La Hormiga, Pinuña Blanca y Pinuña Negra.

Esto sucede con Rebeca N. (nombre protegido), quien llegó hace dos años del cercano Puerto Colombia (un grupo de casas con techos de zinc se divisa a lo lejos, entre la bruma del correntoso río). Rebeca N. viste short, una blusa negra y calza sandalias.

Ella confirma las reglas del cabildo quichua. Y algo más: los árboles, de la reserva de 1 000 hectáreas, solo pueden ser cortados para construir casas y puentes.

Rebeca N. explica que el tiempo de permanencia de sus compatriotas es impreciso.

“Algunos se quedan tres, cuatro o cinco meses; van un tiempo al otro lado, pasan con las familias y vuelven, así es la vida aquí”.

Rebeca N., de 35 años, tiene cuatro hijos. Su esposo, Luis Santiago, fue a cazar guanta y venado.

La refugiada conversa mientras lava sus utensilios de cocina en el río. El improvisado atracadero se asienta en palos de balsa. Don José Ordóñez, el conductor de la lancha, la amarra a un poste.

El hombre, trigueño y de bigote, tiene 45 años y desde los 17 es lanchero. Vino de Loja. Conduce una lancha impulsada por un motor Yamaha de 40 caballos de fuerza. Rebeca N., quien como la mayoría de colombianos de la zona no tiene el estatus de refugiada de Acnur, invita a conocer la casa.

Desde la orilla hay que subir por una frágil escalera (a lo largo de la ribera se ven por decenas).

La cabaña se asienta en pilares. Junto al más grueso arde un cúmulo de carbones. Estoy ahumando la guanta -dice- y destapa unas hojas de bijao que cubren la carne que, una vez ahumada, durará un mes. Con satisfacción, la mujer muestra las flores silvestres que cultiva, entre las que se destacan las rojizas heliconia y la cresta de gallo; también unas rosas de un amarillo intenso. “Curan el mal viento y el mal de amores”, dice, y sonríe. “El Ejército siempre viene a realizar un censo”.

“Toman nuestros nombres y se van; eso sí, recomiendan que no les paremos bola a los muchachos (guerrilleros); eso cumplimos al pie de la letra”.

Ella confirma que los guerrilleros, de pelo corto, pantalón negro y botas del mismo color, pasan en sus veloces lanchas de motor fuera de borda. “Casi siempre circulan por el río en la tarde o al caer la noche”. Rebeca N. se queda avivando los carbones. Don José desamarra la lancha y enfila río abajo, hacia la escuela del caserío.

Sortea los troncos y no se cansa de alabar el paisaje del río, sus playas de guijarros, la selva exuberante de las riberas.

Llegar a Yanamarum es difícil. Se parte de Lago Agrio por la vía a Dureno y al cabo de tres horas, por una vía lastrada, se accede a Puerto Nuevo, hoy militarizado por el Ejército nacional. En aquel puerto circulan por igual el peso de Colombia y el dólar. Desde aquí salió la lancha, río abajo, y en dos horas accedió a Yanamarum.

Las risas de los niños alegran al caserío. En una aula sencilla, de bancas triangulares, el profesor Joselito Cerda, de 33 años, enseña en quichua y en español a 20 chicos de primero a séptimo año de básica.

Yana significa negro y amarum, boa, dice. Los pequeños, entre los que se encuentran muchos hijos de refugiados, revisan los textos de lenguaje y comunicación entregados por el Gobierno.

Cerda recibe una bonificación de USD 300 de la Fundación Amigos de la Frontera; en cambio, Vicente Jua, el otro profesor, gana USD 550, pues tiene nombramiento del Ministerio de Educación. Los dos maestros confirman la hospitalidad quichua y coinciden en que quieren por igual a los niños refugiados. Los padres trabajan en el campo.

Vicente, de 6 años, nieto del profesor, es el más inquieto. Se lleva bien con Dourney, de 7, quien vino del Caquetá. Los niños deben caminar una hora para ir a la escuela Gallo Rumi (gallo de piedra) que funciona desde 1991.

Pasado el mediodía suena una campana y todos corren a sus casas. Viene la despedida. La lancha pasa cerca de Puerto Colombia; en la orilla un hombre con machete al cinto saluda. Pasa una lancha veloz. Cuatro muchachos de pelo corto son los pasajeros.

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