23 de January de 2011 00:00

Los habitantes de los barrios invadidos se sienten engañados por los políticos

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Las endebles casas de guadúa y techo de zinc reverberan bajo un sol asfixiante. Es un paisaje agreste, salpicado con pocos espacios verdes. Un ambiente de desolación y euforia envuelve a los improvisados barrios del noreste de Guayaquil, el territorio de las recientes invasiones, situado a una hora y media de la urbe.

Un paisaje que a ratos se vuelve surrealista, porque las casas caen una tras otra por la embestida de las palas Liugong-H-602, del Ministerio de Obras Públicas.Son operadas por militares, en medio del griterío de niños, ancianos, mujeres y hombres que ven sus sueños en escombros.

Decenas de casas fueron levantadas aprisa, en un santiamén, a raíz del anuncio del presidente Rafael Correa, quien, el pasado 28 de diciembre, dijo que las familias que levantaron sus casas serán reubicadas –en un espacio por definir- en bloques multifamiliares. Dijo que dejarán de pagar a los traficantes de tierras.

Pronto se desató una fiebre sin precedentes en los últimos años: decenas de familias, a contrarreloj, llevaban palos, tablas y planchas de zinc para edificar las covachas. Solo así serían censadas por los militares, para acceder a la anhelada reubicación.

Fiebre y delirio. Parecían las interminables caravanas de diligencias que partían por las vastas estepas de California persiguiendo el sueño del oro, a mediados del siglo 19. Solo que en estos tiempos por los polvorientos caminos del noreste de Guayaquil, una incesante marcha de peregrinos buscaba la quimera de una casa propia. La gente cargaba sus cuatro cañas y enseres –ollas, colchones, ventiladores y cocinas- en motos, tricimotos, destartalados buses urbanos, en camionetas de alquiler Ford 350, modelo setenta, devoradas por la herrumbre, y que ruedan por un milagro divino, tan invocado en estas tierras.

No en vano, hasta los templos evangélicos están en el suelo. Porque la mayoría de las 5 000 familias, asentadas en 440 hectáreas, fueron seducidas por estos pastores y pastoras que ofrecían su reino de paz, rezos y canto en sencillas iglesias de caña y zinc.

Por eso nombraron así a los frágiles barrios de la nueva zona invadida de Guayaquil: Ciudad de Dios, Monte Sinaí, Tierra Prometida, Fortaleza, Ciudad de Israel, Trinidad de Dios...

Si la religión ha caminado a sus anchas por las callejuelas de tierra, la política ha sido una invitada de honor no solo aquí, desde hace más medio siglo, cuando las invasiones ocuparon El Guasmo (una antigua hacienda de la familia Marcos). O la Chala, otra hacienda, hoy, Suburbio Oeste.

El olfato de los políticos, en especial de los populistas –CFP, PRE, hoy del gobernante Alianza País- lanzó sus redes para captar votos a cambio de tierras.

Aparecieron los recientes profetas de ilusiones, como Balerio Estacio, Sergio Toral y Marco Solís. Estacio, hoy preso en Guayaquil, apoyó al candidato Rafael Correa. Incluso llegó a la Asamblea de Montecristi, auspiciado por Alianza País, y ayudó a la ex candidata a la Alcaldía del Puerto, María de los Ángeles Duarte.

Estacio cosechó el respaldo electoral: en el 2007, el Congreso oficialista expidió una ley por la que Flor de Bastión, Monte Sinaí, Balerio Estacio y Sergio Toral se volvieron asentamientos legales.

En las fotos de la campaña del 2006, el candidato Correa y Estacio, subidos en la tarima, se muestran elegantes y sonrientes ante la agitada multitud en el barrio Balerio Estacio. Por ello, la imagen del presidente Correa es familiar aquí, en especial en la precooperativa Sergio Toral III, asentada en una planicie, cercana a una ceja de bosque, una sombra de ceibos de copas frondosas, mangos, papayas y samanes.

En la Precooperativa Tierra Prometida. La escuela fiscal funciona en carpas donadas por Unicef.

Como un anillo verdeazulado, el bosque primario Cerro Blanco rodea a los territorios invadidos.

Corta un horizonte cobrizo, cercano al mar. A un paso del cerro están las vertientes del embalse de Chongón, fuente de agua para la provincia de Santa Elena.

Un embalse vital y estratégico que obligó al Gobierno a declarar al espacio invadido como zona de seguridad.

La semana reciente fue una de las más críticas en estos barrios marginales que carecen de todo: luz, alcantarillado, salud, seguridad y educación; hay tres escuelas privadas y una fiscal.

Los vecinos, como Fanny Jurado, del barrio Tierra Prometida, aseguran que el dueño de la escuela Una Vida con Propósito, a la entrada de la cooperativa Marcos Moroni, es Sergio Toral.

“Allí -dice la profesora Katiuska Muñoz, de la única escuela fiscal en Tierra Prometida- se educan 200 niños”. La pensión mensual es de USD 12.

Los dos restantes centros escolares se levantan en la precooperativa Tony Estacio (nombre del hermano de Balerio), que se halla frente a la Sergio Toral III.

En esta semana. Luego de los desalojos se montaron  una Comisaría y una unidad médica en Monte Sinaí.

En la mañana del pasado martes, Jurado y Muñoz ingresaban a una de las ocho carpas de lona, donadas por Unicef, que conforman la escuela fiscal de Tierra Prometida. 30 niños caben en una carpa cuyo interior sofoca.

Mientras las ‘payloader’ del Ejército siguen arrasando las casas de la Sergio Toral III, Fanny Aguas no quita la vista de un afiche a color, en el cual se ve a Rafael Correa sonriente, luciendo la banda presidencial.

El afiche lleva una leyenda: “Tú decides entre el oscuro pasado. O esta hermosa revolución ciudadana”. Aguas, asustada porque acaso su casa será la próxima en caer, dice: “Mire al Presidente, qué guapo es, tiene una pintura de artista, con sus ojos gatos se parece al Luis Miguel (sonríe para espantar al miedo, dice); no es justo que tumbe nuestras casitas, nosotros le dimos el voto”.



Roxane Soledispa, la hija de tres años, se acerca a la madre, atemorizada por el ruido de las dos ‘payloader’.

Al igual que miles de pobladores, Aguas muestra un arrugado recibo, el único título de propiedad del solar de 8x6 que compró en USD 600. Lleva la rúbrica de Angélica López, la posible secretaria de Sergio Toral.

Aguas alza su mano izquierda y señala la única casa de bloque. “Esa era la oficina de López, hoy está cerrada”. Aguas se aferra al afiche, entregado en la campaña política del 2 008. “Si tumban la casa, la foto de Rafael Correa también caerá”. Como evangélica ferviente, Aguas dice que pide a Jehová que “ilumine a Correa, que le dé entendimiento para que no castigue a los pobres”.

Al otro lado de la calle, Manuel Suárez, artesano de joyas de plata, se muestra desafiante. “Los políticos nos visitan solo en elecciones, ahora nos tratan como a delincuentes, pero aquí está la gente que mueve a Guayaquil: pintureros (pintores), carpinteros, jardineros y domésticas”.

Suárez, gordito, moreno y locuaz, califica a la zona como un Ecuador chiquito. “Aquí hay gente de Chimborazo, Cotopaxi, Tungurahua, son paisanos (serranos), Manabí, El Oro, que vienen a educar a sus hijos”. María Andagana, de Tungurahua, vende frituras a USD 0,50. Viste un anaco y una blusa colorida.

Entrega la funda al sargento Marcalla. Deja el canasto. Coincide con Fanny Aguas y Manuel Suárez: dudan si votarán por Rafael Correa en otra elección.

Entre los moradores de estas zonas marginales, hoy vigiladas por decenas de militares, se escucha una frase recurrente. Carmen Chenche Vizueta asegura que en tiempos de campaña, el entonces candidato Rafael Correa les ofreció que no iba a tumbar sus casas. Sin embargo -agrega- “nos dio una patada en el trasero”.

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