Seguridad

La guerra del Cenepa los marcó tras convertirlos en héroes

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7 de October de 2012 00:02

Inclinó la cabeza hacia adelante y vio que sus piernas estaban mutiladas. La primera reacción: buscó el fusil para dispararse pero no llegó al arma.

La mina que explotó en sus piernas lo lanzó lejos de él. Era la mañana del 28 de febrero de 1995.

La guerra del Cenepa estaba en pleno auge. Nelson Castillo incursionó al conflicto al iniciar ese mes. Tenía 35 años. Era sargento segundo del Ejército y en Huaquillas comandó 30 hombres que minaban la frontera.

Ese día las tareas estaban por terminar. El sol era fuerte y los uniformes se pegaban al cuerpo.

La noche anterior había llovido y la tierra estaba inestable. Solo faltaba activar el campo, pero un soldado seguía en el terreno delimitado. Castillo pidió que saliera.

No lo escuchó y el comandante entró por él. Saltó el cerco y el explosivo estalló. Hoy tiene 52 años y no se aleja de su tarea en la frontera. Trabaja en el programa de Riesgo de minas antipersonales y asistencia a víctimas que en Quito lo maneja la Organización de Estados Americanos (OEA).

Superó su drama. Ahora baila, sube y baja gradas, viaja siempre a la frontera y cuando lo hace utiliza pantalones cortos. “La gente me mira raro, pero para mí no es problema, porque me he repuesto de todo”. Maneja un vehículo automático. “Elegí este auto, porque no necesito embragar para cambiar de marcha”.

En la guerra murieron 33 militares. Esta cifra reposa en los archivos de la Asociación de Héroes del Cenepa del Ministerio de Defensa. Otros 38 fallecieron después del conflicto armado.

Castillo vivió las secuelas en un hospital. Ocho días pasó en terapia intensiva en Guayaquil. Luego lo llevaron al Militar de Quito. Un año y seis operaciones después recibió sus prótesis en un centro médico de Miami.

Al regresar al país continuó el tratamiento en el Hospital Militar. Allí conoció a Marco Peralta, otro militar que combatió en el Cenepa y que se recuperaba de la meningitis y la lumbalgia.

Miércoles negro

Peralta ingresó a la línea de fuego en la Y de Twintza el 7 de febrero y vivió el día que los militares lo llaman “miércoles negro”.

Un ataque sorpresivo de las tropas peruanas mató a 14 soldados en el sector donde él estaba. Solo recuerda los gritos de sus compañeros, el sonar de los disparos y los cadáveres sobre el piso.

Tenía 33 años. Su grado: cabo segundo. No fue su primera guerra. A los 21 años abastecía de comida a los militares que peleaban en el conflicto de Paquisha.

Relato tras relato en la sala de su casa. De pronto se levanta del gran sillón anaranjado y regresa con un álbum de tapa blanca donde atesora las fotos de los cumpleaños de sus hijas, del día de su boda y de sus compañeros durante la guerra de Paquisha en 1981.

En una aparece con cabello largo. No había peluquería. En otra está en una trinchera, abrazado con sus amigos. En la última jugando fútbol con los peruanos.

Junto a él está Pilar, su hija, y Elsa, su esposa. Ellas recuerdan que él y sus compañeros regresaron del Cenepa en un bus. “Soy soldado y de la guerra vengo”. Esta era una consigna que cantaban.

Las dos no lo reconocieron. Estaba pálido, flaco, demacrado. En la selva apenas comía atún y galletas cada dos días.

Tres meses después su actitud cambió. Por las noches gritaba. En casa nadie entendían lo que sucedía, hasta que llegó el diagnóstico: psicosis de guerra.

Pilar tenía 12 años y recuerda que sus padres siempre discutían. “Él pasaba malgenio, se encerraba; vivía en su mundo”. Pero jamás abandonaron a su padre.

Cuando las ve, Peralta dice que ellas son las verdaderas heroínas de su historia. Su tratamiento sigue y cada día toma medicamentos contra la depresión. Las 14 pastillas cuestan USD 107 y al mes necesita 30. En el 2002 se jubiló del Ejército y ahora pasa su tiempo entre la casa y la Asociación de Héroes del Cenepa.

Una asociación los unió

Allí es compañero de Castillo y de Jorge Bolaños. Los dos fundaron la Asociación. En Bolaños también hay huellas de la guerra, pues perdió su pierna izquierda.

Ocurrió en 1996, cuando aún era cabo primero. El conflicto había terminado, pero le asignaron el mando de 25 hombres para desminar Twintza. Cuatro meses rastrearon los campos y el 11 de noviembre, cuando estaba por regresar a su destacamento en Esmeraldas, sintió que la pentolita (explosivo) estallaba bajo su pie.

Cuatro soldados cargaron a su comandante. Improvisaron una camilla y caminaron tres horas montaña arriba. Estas escenas quedaron atrás. Hoy da charlas de motivación en empresas y universidades. Maneja una camioneta doble cabina que no es automática y así ha llegado hasta Loja.

Hace dos semanas, los tres vieron en sus casas cómo la televisión transmitía la protesta de militares en servicio pasivo. Pedían ser incluidos en la Ley de Héroes. Castillo sí lo es y su mensaje final: nunca más el horror de la guerra.

Una Ley de Veteranos

El grupo de combatientes  del Cenepa, que reclama  ser incluidos en la Ley de Héroes y Heroínas, recolecta firmas para entregar en la Asamblea  un proyecto de Ley de Veteranos de Guerra. Recorren el país.  

El proyecto propone  que  sean beneficiados todos los que hayan combatido y no únicamente quienes sufrieron accidentes físicos y psicológicos y que son considerados héroes.

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