2 de September de 2012 00:01

‘Desde la frontera renuncié al servicio secreto’

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Su español no es perfecto. Cuando algo no entiende pide que su pareja lo traduzca. Así, el bielorruso Aliaksandr Barankov habló con este Diario el pasado viernes.

Lo hizo minutos después de que Ecuador le ratificara el refugio por dos años. Tres días antes, la Corte Nacional de Justicia negó el pedido de extradición planteado por el Gobierno de Bielorrusia, en donde es buscado por supuesto delito de fraude.

En 45 minutos recordó lo que él considera persecución de los agentes de la KGB (Policía de su país) y la llegada a Quito el 27 de octubre del 2009. Su condición de refugiado frenó relatos de presunta corrupción en el gobierno de Aleksandr Lukashenko. Pero el 1 de julio del 2010, cuando se entrevistó con funcionarios de la Cancillería para que le otorgaran refugio, dijo que la familia del Presidente de su nación supuestamente estaba involucrada en casos de lavado de activos, mercado negro de armas, petróleo, gas...

Otras revelaciones: mencionó que en una discoteca que pertenecía al hijo del Presidente se expendían drogas y que había una orden de no hacer controles en ese lugar. Por denuncias como estas dice ser perseguido políticamente. Aquí su relato:

“Los policías de la KGB estaban a punto de arrestarme. Horas antes me enteré que eso iba a suceder. Era el 16 de julio del 2009, cuando un microbús y otros carros quisieron pararme en una esquina. Estaba en el centro de Bielorrusia (en su capital, Minsk) y al ver eso pasé cinco semáforos en rojo y escapé en mi vehículo. Al llegar a la carretera más policías paraban a los conductores. Controlaban todo. Por eso me fui por unos caminos que había en el bosque hasta salir a una ciudad en la frontera con Rusia.

Quería saber por qué exactamente me perseguían, porque como trabajaba en el servicio secreto adscrito a la Presidencia de la República investigábamos casos de narcotráfico, lavado de activos, contrabando, corrupción y otros delitos. Fueron horas muy difíciles. Como ya estaba en la frontera me pasé a Rusia.

En aduanas me revisaron el vehículo, pero pensé que desde allí fácilmente me podían extraditar, sin hacer mayores trámites. Por eso permanecí apenas siete o 10 días en la casa de una prima.

Antes de salir revisé en Internet a qué países podría entrar sin visa y encontré a Venezuela, Cuba, Ecuador y Egipto. A Cuba no me podía ir porque la extradición era 100% segura. Opté por Egipto, en donde permanecí un mes.

Para que no me encontraran me iba de hotel en hotel, de ciudad en ciudad. Allí no dan (otorgan) refugio y decidí venirme a Ecuador. Pero antes vendí mi carro. Era un seat Toledo del 2001.

Para comprar el carro me hice un crédito en el banco y aunque me costó USD 8 000, en ese momento solo me dieron USD 3 000. Como lo necesitaba cogí esa plata, compré los boletos y me vine (un hombre con quien se contactó por Internet lo esperó en el aeropuerto).

Acá llegué casi sin dinero y mi familia me mandó USD 2 000 que lo juntaron (entre) toda la familia. Unos pusieron 200, otros 300 y así completaron esa cantidad. Cuando estuve en Quito me hospedé en una hostal -ubicada en la zona céntrica- de La Mariscal (su pareja cuenta que vivía en una habitación pequeña, junto a la que usaba el conserje, sin televisión y que en el clóset apenas tenía dos pares de zapatos, dos pantalones y una camisa).

Encomendado a cuatro santos

El día en que me enteré que me iban a detener no saqué nada de mi casa, solo mis santos: Santa Ana, San Jorge, que es el patrono de todos los militares; San Lucas y San Nicolás. Soy ortodoxo y siempre me encomiendo a ellos.

No pude volver a casa y con un amigo montamos un operativo para que él entrara y sacara todos mis documentos. Cuando estuve listo para dejar mi país, desde la frontera escribí una carta en donde renuncié al cargo que tenía y dije que no quería trabajar más allí. Eso lo mandé en un bus con mi amigo. Mi madre fue a presentar en el servicio secreto y no le quisieron firmar las copias.

Ahora, mi mamá, una tía y un amigo tienen juicios abiertos allá y los acusan solo por ayudarme. Claro que han hecho transferencias de USD 200 o 300, no más y por eso pueden ir a la cárcel.

¿Por qué yo llego al servicio secreto? Porque hacía buen trabajo. Soy economista y entre el 2004 y el 2007 trabajé en la Policía financiera. Por los buenos resultados en operaciones antilavado, por ejemplo, me pasaron a la oficina general. Por todo lo que hice llegué a esa unidad especial donde estaban únicamente agentes de Inteligencia.

Pero no se podía hacer investigaciones contra cualquier persona. Íbamos a la Fiscalía General y decíamos: dentro de la KGB hay un jefe corrupto que ayuda a lavar dinero, pero no decían nada. Ahora resulta que soy yo quien ha cometido fraude y que vine con mucho dinero a Ecuador, pero nada de eso es verdad. Todo es falso.

La gente de Bielorrusia vino a Quito a decir que me iban a llevar (el 20 de junio pasado, tres funcionarios acudieron a una audiencia en la Corte Nacional y solicitaron la extradición). También dijeron que no pertenecí al servicio secreto, pero el Gobierno me condecoró por mi trabajo. Tengo unos cinco reconocimientos. En una de esas me dicen muchas gracias por las tareas realizadas. Creo que nada de eso ha servido.

Cuando me detuvieron el 7 de junio pensé que me iban a enviar a Bielorrusia. Sentí miedo, pero por lo que pueda pasar con mi madre (56 años) y mi padre (57). Ella trabaja en una oficina del Estado, verificando la calidad de productos que van a ser exportados y él es entrenador de hockey. Pensé, cómo ellos iban a vivir cuando yo me regrese. No tenía chance de vivir. Cuando me maten en la cárcel, los próximos serán mis padres.

En este momento, allá todo está restringido para nosotros. Presionan a mi familia, tienen los teléfonos intervenidos. Se meten a la casa de mis papás, pero solo se llevan diarios, memorias, CD. Por eso me vine a Quito.

El hornado y la fritada

Los primeros días aquí no podía comunicarme con nadie. No hablaba español y la persona que me trajo me dejó en el hostal y dijo que por seguridad me cambiara de nombre. Me hice llamar Andrei Yenaki y así conocí a mi pareja. Ingresé a una escuela de español y trabajé en una comercializadora de flores. Fue un poco difícil acoplarme a Quito.

Primero porque está a 2 850 metros. En cambio, donde yo vivía (Minsk) está apenas a 500. Tenía dificultad para respirar. Otra cosa que me llamó la atención es que aquí la comida es barata y en el mercado puedes comprar todo fresco. Me gustan mucho los mariscos, el hornado, la fritada, el plátano. Allá todo es muy caro. Solo el 10% de bielorrusos puede comprar todas las semanas piña o papaya. Lo que sí extraño es la comida que hace mi mamá.

También se me hace difícil porque no hay una iglesia ortodoxa. Eso me preocupa. Otra cosa: allá jugaba hockey y eso me hace falta mucho. Algunas veces llego al CCI (norte de Quito) para patinar, pero el campo es muy chiquito. Me gusta mucho hacer deporte. En el policlínico del ex penal García Moreno, entre mi ventana y la puerta, tenía 17 metros. Allí caminaba tres kilómetros diarios. Así pasé 83 días hasta que salí, pero siempre permanecía con los cuatro santos junto a mí.

Ahora que estoy afuera y tengo refugio por dos años voy a reiniciar mi vida. Necesito trabajar. Puedo hacer lo que sea. Como guardaespaldas porque sé de tácticas de seguridad y sistemas de defensa. Mi diploma de economista no lo encuentro. Mi madre fue a pedir una copia, pero le dijeron que yo debía presentarme personalmente. Pero sabemos por dónde van las cosas…”.

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