El contacto waorani

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Dimitri Barreto P.  Editor

La obligación de vengar una muerte, en el mundo waorani, es cultural. Ha sido transmitida por generaciones. Alimentada por los escasos mecanismos para la resolución pacífica de conflictos. Sustentada en la supervivencia, en un territorio donde eliminar grupos rivales supuso, por siglos, limitar el número de cazadores en la selva.

Entenderlo, desde la sociedad mestiza, es inaplazable. Esos pobladores, estigmatizados como violentos, llamados por décadas con desprecio 'aucas', son todavía indígenas en contacto inicial.

El Estado los ha marginado, siempre. Primero no detuvo las excursiones para 'civilizarlos' o aniquilarlos. Luego dejó, desde 1953, que el Instituto Lingüístico de Verano (ILV) desarraigara del cuidado de la selva y de la cerbatana a los wao, con regalos desperdigados desde avionetas y prácticas clientelares, para reubicarlos en un campamento en Tigüino, para en el nombre de Dios transformarlos de nómadas en sedentarios. Allí, es cierto, su población se duplicó hasta 1973, pero alienada.

El ILV fue expulsado en 1981. Los indígenas quedaron expuestos a similares prácticas de dependencia y manipulación, emuladas por quienes se habían abierto paso en la selva con máquinas metálicas para extraer el oro negro.

¿Cuál es la política de Estado con los waorani, cuáles son los proyectos de integración en un país plurinacional? ¿Cómo evitar otra venganza por la muerte de un wao, como la perpetrada contra los taromenane en 2013 o contra los obreros de Bataboro este abril? En tierra wao hay indígenas con traje petrolero, en lugar de gumi; más casas de cemento que onkas de palma, e infraestructura. La sociedad puede hacer más que solo obras o dar cédulas: reivindicar su rica identidad, no olvidarlos.

Sin saber quiénes son los waorani y lo que se ha hecho con ellos. Sin ese conocimiento, toda búsqueda de equilibrio entre derechos y responsabilidades, como la garantía de la vida que soporta al Estado occidental, significará imposición y mayor exclusión.

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