28 de October de 2012 00:03

Su causa es la vida del secuestrado

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Le llaman la Casa de Seguridad. Está en las afueras de Quito y parece ser una vivienda más de la zona, pero ahí operan los agentes encubiertos de la Unidad Antisecuestro y Extorsión de la Policía (Unase), un cuerpo élite de la Policía.

Un auto llega y la puerta automática se abre lentamente. El primer escenario: un parqueadero con 15 vehículos. Unos son viejos y destartalados. Otros son de último modelo. También hay autos similares a los taxis, pero sin placas.

Todos sirven para el seguimiento de las investigaciones. Su tarea principal: rescatar a los plagiados y evitar extorsiones. En el país son 120 uniformados (12 mujeres).

Las indicaciones antes de entrar son claras: el rostro de ninguna persona que esté adentro puede salir en fotos y sus nombres serán protegidos.

En las paredes cuelgan 19 placas de agradecimiento y fotos de hombres con pasamontañas negros y fusiles en sus manos. “Bienvenidos a nuestro centro de operaciones”, dice un policía y empuja una puerta.

En una oficina aparecen ocho agentes de la Unase. El pasado 20 de octubre, dos de ellos liberaron a Gustavo Villareal, un hacendado ecuatoriano que pasó 36 días secuestrado por desconocidos.

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Estaba en una covacha

Dos agentes pasaron 36 días en la frontera tras la pista del hacendado Gustavo Villareal. Cambiaron las chaquetas de cuero que visten en la ciudad por ponchos y sombreros. Se hicieron pasar por vecinos de la zona y se cuidaban cuando hablaban, pues el acento podía delatarlos. Los resultados llegaron: hallaron pistas de los lugares a donde fue trasladado el secuestrado y establecieron conexiones telefónicas de los números que utilizaban los sospechosos.

Cuando tuvieron la seguridad de haberlo hallado, junto a la Policía de Colombia, trazaron la ruta del rescate en Nuevo Mundo, al otro lado de la frontera.

Hace nueve días, los rescatistas caminaron 19 horas y bordearon el volcán colombiano Cumbal.

Cargaban equipo de supervivencia para montaña y armamento para un posible enfrentamiento. La noche llegó cuando estaban en el páramo y se refugiaron entre frailejones. Sus hojas, cubiertas por una especie de felpa, evitaron el frío.

En la tarde del sábado pasado, 25 agentes llegaron armados y un captor, que hacía de vigilante, huyó por una quebrada. Otro fue detenido. Villareal estaba adentro, sentado a un costado y encadenado. Lo ayudaron a levantarse y regresaron en un helicóptero.

En lo que va del año, 22 personas han sido liberadas por esta unidad élite. En el 2011, 32 operativos resultaron exitosos y 34 sospechosos fueron detenidos.

Cifras de la Policía Nacional revelan que en el 2011 se evitó el pago de USD 5 543 500 exigidos a las familias de los plagiados.

En el 2010, la entidad resolvió 32 casos de plagio en el país. 28 denuncias hubo en el 2009.

La muerte de los agentes

No todas las operaciones resultan positivas. Desde que en 1994 fue creada la Unase, cuatro agentes han fallecido en servicio: Diego Ruano, Johnn Vela, Wilson de la Cruz y Hugo Mosquera. Este último murió en diciembre del 2010, cuando en Guayaquil perseguía a un vehículo sospechoso de llevar en su interior a una mujer. Los desconocidos golpearon el carro en el que iba el policía, perdió el control y se golpeó contra las barandas. Cuando la ambulancia llegó, el uniformado estaba sin vida.

Las fotografías de los cuatro gendarmes están colgadas en las paredes de la casa de seguridad.

Las operaciones también dejan otras secuelas. Desde febrero del 2011 Juan Carlos Iza es comandante de la Unase. Pero en el 2003 era un agente más y estuvo en el rescate de un empresario quiteño, quien pasó cinco meses oculto en el bosque de Mindo, en el noroccidente de Quito.

El día de la liberación, Iza estaba dentro del escuadrón y cuando los secuestradores los vieron lanzaron dos granadas. Un uniformado perdió el ojo derecho y el empresario gritaba “soy el secuestrado, soy el secuestrado”.

Comenzó el tiroteo y cinco sospechosos del hecho murieron.

Los restos de las esquirlas provocaron perforaciones en la garganta de Iza. No podía beber líquidos y lo hospitalizaron.

Tratan de no dejar huellas

Los investigadores encubiertos visten de civil. Tratan de no llevar nada que los delate como policías: placas, armas o gorras con logotipos oficiales de la institución.

Están entrenados para camuflarse entre la gente. Hacen de choferes, parejas de enamorados, estudiantes y profesionales. Según Iza, los uniformados reciben capacitaciones internacionales para actualizarse en técnicas de rescate y perfeccionamiento en el manejo de armas de fuego.

En el 2007, la Unase buscaba a un niño de seis años que desapareció en Quito. Los plagiadores exigían USD 500 000 a cambio de no hacerle daño. La familia no descartaba que alguien de confianza se lo había llevado.

Por dos semanas, un investigador siguió su rastro. Horas enteras vigilaba a quienes conocían a los padres del menor.

Los policías detectaron que todas las mañanas, un sospechoso sacaba al niño de una casa y lo llevaba a un local de juegos en el norte de la capital. Ahí lo dejaba mientras llamaba a la madre para exigir el rescate. Por las tardes lo buscaba y lo cargaba simulando ser su padre. 16 días después, el menor fue rescatado mientras era llevado por un parque. El oficial a cargo del caso reveló que el niño se rehusaba a tomar la mano del hombre y trataba de escapar.

Resolver un caso -dicen los investigadores- es como armar un rompecabezas. En sus oficinas, ellos analizan las pruebas que les llegan: documentos, grabaciones de llamadas y fotografías.

Todo se hace en la Casa de Seguridad. Un altar con la Virgen del Quinche se levantó en la puerta principal. Los policías son sus devotos y cada mes van hasta su santuario, ubicado al este de Quito, para pedirle protección y hacen que sus armas sean bendecidas.

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