18 de January de 2010 00:00

Saqueadores se adueñan del centro de Puerto Príncipe

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Puerto Príncipe, AFP

Las tareas de socorro se intensificaron hoy en un Haití acechado por la violencia a medida que la ONU y varios países dan los primeros pasos para planear su reconstrucción tras el terremoto de hace seis días que dejó unos 70 000 muertos.

Brigadas de todo el mundo luchan para atender a cientos de miles sin techo, heridos y desesperados por comida, agua y medicina. La situación es caótica por cuenta de los saqueos y brotes de violencia, ante lo cual el gobierno haitiano decretó el estado de emergencia.

“Los precios de la comida y los transportes se dispararon desde el martes pasado y los incidentes violentos y los saqueos están en aumento, al tiempo que la desesperación crece”, advirtió el Comité Internacional de la Cruz Roja en un comunicado.

La violencia alcanzó a los socorristas. Este lunes, un estadounidense murió durante una operación de ayuda internacional, en circunstancias aún no aclaradas, mientras que otros tres fueron tratados por heridas menores.

Saqueadores se adueñan del centro

El barrio comercial del centro de Puerto Príncipe estaba prácticamente en poder de los saqueadores, que escarbaban entre ruinas a veces arriesgando hasta sus vidas, observó un periodista de la AFP.

En “Rue du centre” los saqueadores encuentran una perla rara: una tienda de telas que aún no ha sido robada. Una docena de hombres enmascarados escala las ruinas para entrar en el comercio. Los grandes rollos de tela son lanzados a sus compinches desde la cima de una montaña de escombros.

A diez metros del lugar, tres vigilantes privados apuntan con sus escopetas a los ladrones, para disuadirlos de atacar el almacén de ropa que protegen, uno de los pocos que aún quedan en pie.

 Los saqueadores se van tranquilamente con los rollos de tela al hombro. En una calle adyacente suena un disparo. Corren. Y vuelven, con calma, a terminar el trabajo con total impunidad. Un segundo disparo tampoco los disuade en su delito.

Las telas robadas están estampadas con la bandera estadounidense, dólares o dibujos rosas.

En los alrededores de los ministerios y el palacio presidencial -ubicados en este barrio comercial que resultó dañado por el terremoto-, no se ve a ningún policía, rescatistas o soldado estadounidense de los que patrullan en vehículos Hummer la periferia de la capital.

A unos cientos de metros del Champs-de-Mars, donde miles de haitianos han encontrado refugio y el olor de muerte en la ruinas humeantes se hace insoportable, otros saqueadores, esta vez más jóvenes, se cuelan por las grietas de un edifico derruido.

Un hombre se arrastra entre los escombros de dos losas de hormigón fuertemente inclinadas. Con una de las manos llega a extraer, de una en una, hasta tres cajas de cartón que saca a la calle.

Sus amigos se lanzan sobre el nuevo tesoro: zapatos nuevos todavía envueltos en sus fundas de plástico. Hay sandalias y copias de zapatillas de fútbol de la marca Nike. Cinco hombres se pelean por recuperar el paquete, que quedó vacío en pocos segundos.

En el cruce de las calles “rue du centre” y “rue du miracle”, otro hombre se aleja con un equipo de música nuevo, todavía empaquetado, frente a una pareja que saca botellas de champú de entre las ruinas de un local de estética.

Un hombre mayor asiste a la escena asqueado. “Quiero recuperar mis bienes en mi casa pero los ladrones me lo impiden. Ya me han robado casi todo: mi arroz, mis espaguetis, mi leche. Voy a hacer todo por salvar algo si es que aún es posible”, cuenta desanimado.

Otro habitante del barrio se ha armado con una tabla de madera. Ordena a los saqueadores que dejen el lugar, sin éxito. “Es muy peligroso entrar en las ruinas de las tiendas que pueden derrumbarse. Y no hay que robar los bienes de los propietarios”, explica Cheneil Basile, de 24 años.

Ante él, un joven revende uno de los dos pares de zapatillas Nike que acaba de robar. Pide 100 gourdes, el equivalente de tres dólares estadounidenses.

“Toda mi familia ha muerto. Ya no tengo nada para vivir”, dice Donald, vestido con una camiseta azul, vaqueros negros y sandalias blancas. “No puedo comer nada. Es por lo que vendo las zapatillas”.

Un país en caos

La ayuda sigue obstaculizada por dificultades logísticas. El aeropuerto está congestionado y su torre de control inutilizable, el puerto quedó destruido y las de por sí precarias carreteras están cortadas por montañas de escombros.

Y cada día siguen llegando nuevos heridos a los hospitales instalados en la ciudad. Piernas y brazos aplastados por paredes y vigas de cemento, heridas infectadas o gangrenas hacen inevitable la amputación de los miembros, explican los médicos.

“Nunca vi nada igual, heridas infectadas y llenas de larvas”, afirma el médico francés Jacques Lorblanches, de la organización humanitaria Médicos del Mundo, que perdió la cuenta de las amputaciones que realizó en las últimas 48 horas en Puerto Príncipe.

A pocos metros, Marie-Françoise lanza aullidos de dolor tras la amputación de su brazo izquierdo. Sus padres fallecieron sepultados en la casa familiar y ella permaneció horas atrapada antes de que los vecinos la rescataran, provocándole una amputación natural de la extremidad.

“Me siento feliz porque estoy viva pero no quiero pensar en mi futuro. He perdido todo y no podré trabajar”, afirma entre sollozos.

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