16 de septiembre de 2015 17:28

San Francisco de Miravalle sigue en alerta después del incendio

Amplias áreas de terreno fueron consumidas por el fuego, en San Francisco de Miravalle, cerca de Guápulo. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

Amplias áreas de terreno fueron consumidas por el fuego, en San Francisco de Miravalle, cerca de Guápulo. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

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Betty Beltrán
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No pegaron los ojos en toda la noche. Los vecinos de San Francisco de Miravalle temían que el fuerte viento que suele soplar por las noches avivara, nuevamente, las llamas que en algunos sectores del cerro Unguí estaban presentes entre los troncos.

En este sitio, ubicado frente a Guápulo y a cinco minutos de Quito, ocurrió uno de los incendios forestales más grandes que ayer (15 de septiembre del 2015) se reportó en el Distrito Metropolitano. Las brasas también afectaron a La Floresta y La Vicentina.

En todos esos lugares no hubo daños materiales, aseguró Juan Zapata, secretario de Seguridad y Gobernabilidad del Distrito de Quito. Tampoco evacuados, ni siquiera en San Francisco de Miravalle donde el fuego creció hasta más de 20 metros.

Allí, en esta zona el miedo persiste y alrededor de las 10:00, de hoy 16 de septiembre, los moradores se reunieron en plena vía de acceso y sin empedrar para trazar alguna estrategia y evitar que las llamas nuevamente quemen sus terrenos y el bosque que, por años, los tutela.

Elvira Pérez, una de las más antiguas moradoras de la zona, recuerda que el fuego comenzó alrededor de las 09:35 de ayer. “Un hilo de fuego se divisaba bajo una casa de la av. De los Conquistadores y con el viento esa candela saltó hasta la urbanización Nueva Floresta y de ahí bajó al río Machángara para cruzar hasta San Francisco de Miravalle”.

Los moradores de Miravalle ayudaron a los bomberos para apagar el incendio forestal. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

Ya eran las 11:00 y la mayoría de los vecinos estaba en alerta máxima y tratando de evacuar a los animales (más fueron vacas) hasta el sector de la cancha (a 500 metros de sus casas). Inmediatamente intentaron apagar las llamas para que no “se peguen a las casas”. Esas eran las prioridades de todos los vecinos que recibieron la ayuda de otros moradores de la zona. También sacaron a tres personas (entre ellos un niño de un año y medio) hacia las casas de sus familiares, ubicado en el sector del puente (salida del barrio). El humo cubría todo el sector.

Pasaban las horas y eso era “un infierno, una pesadilla, como si estuviéramos viendo por la televisión esos incendios gigantescos que ocurren en otros países. Nos ahogábamos con el humo, pero nuestra angustia por salvar nuestras casas hizo que permanezcamos aquí”, comenta doña Elvira.

Los vecinos ayudaron a sofocar el incendio de Miravalle. Foto: Diego Pallero/El Comercio

La gente trataba de apagar las brasas con la poca agua que, en ese momento, tenían. También usaron ramas verdes, palas, palos, rastrillos… Con lo que más se podía.

Los vecinos sienten un agradecimiento especial por los trabajadores de la fábrica que colinda con San Francisco de Miravalle. Los directivos prestaron cinco extintores y varios tanques para llenarlos de agua y apagar el fuego. También enviaron a sus trabajadores para que ayuden en la labores.

Pasado el mediodía, cuentan los vecinos de San Francisco de Miravalle, aparecieron los policías nacionales y metropolitanos. Los uniformados ayudaron a cargar y botar agua. La desesperación era enorme, “una cosa es conversar y otra, muy distinta, pasar”, subraya doña Elvira.

A las 14:00 “la candela era más fuerte, colorada y alta; el viento la llevaba de un lado a otro, como molino. Con esfuerzo apagábamos en un lado y medio nos dábamos la vuelta, se prendía en el otro”, agrega Elvira. Todo era desesperante, los gritos por todo lado: “Más agua por acá. Ya no hay agua, allá”.

La angustia fue mayor cuando se percataron que uno de los moradores de la zona, José Jerez, había bajado a la playa del río Machángara a ver a sus animales (una vaca y dos terneros) que allí pastaban. Tras una larga espera, un bombero -envuelto en una cobija completamente mojada con agua- lo ayudó a salir de la humareda.

Las llamas se iban calmando, pero con un ventarrón nuevamente se prendían. Así duró algunas horas. Solo a las 16:30 pudieron respirar un poco y los vecinos se sentaron un rato para beber unas gaseosas que amigos y conocidos de la parte baja de San Francisco de Miravalle y de Guápulo les obsequiaron.

Durante toda la mañana de hoy, seis bomberos seguían patrullando la parte superior e inferior del Auqui. Ellos sofocaban los pequeños focos (troncos que aún están quemándose); se ayudaban con una camioneta y una autobomba. “Estamos constantemente monitoreando por si acaso el fuego (en el Auqui) se reinicie por efectos de los vientos que asolan en este lugar”, comenta el bombero Carlos Taype.

Pese a que las llamas ya se han extinguido, los vecinos del sector no se fían y cada rato inspeccionan a cualquier humareda que observan a lo lejos. La preocupación es que no tienen agua, pues las mangueras que conducían el líquido desde unos pozos de la quebrada se quemaron.

Esa es la razón por la cual Armando Jerez, otro vecino, pide ayuda urgente del Municipio. “Vivimos en un barrio consolidado y lastimosamente en todas las administraciones nunca nos han brindado la atención que merecemos, no tenemos vías de acceso, tampoco agua potable”. No son invasores, dicen en coro los vecinos, tienen escrituras desde el año de 1950.

Rafael Taype vive en la zona más de 60 años y pide que “a este diamante (el bosque Auqui) se lo cuide, se lo proteja, es un imán para los turistas y se quema cada año”. Ha apagado cuatro incendios a lo largo del tiempo, pero este incendio gigante nadie lo podía apagar, agrega. Por eso sugiere que haya unos guardabosques para prevenir futuros incendios.

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