1 de November de 2009 00:00

Salander espera por su destino

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Edwin Alcarás
Redactor de Cultura

La historia que hará que este libro resista el paso del tiempo,  si es que lo hace, hunde sus raíces en el misterio,  en una infancia remota y terrible y, aunque parezca tópico, en la muerte.

‘Los hombres que no amaban a las mujeres’ es la primera de las tres novelas (agrupadas bajo el nombre de Millenium)  que escribió Stieg Larsson, un periodista de investigación que se dedicó a perseguir  fanáticos neonazis suecos  durante la mayor parte de los 50  años que tenía cuando  un paro cardíaco terminó con él.

Además de ser  un apabullante fenómeno  de ventas (más de 10 millones de copias vendidas en Europa y América) es una buena novela.  Suele pasar. No es muy común, pero a veces pasa. 

Es una historia policial que reproduce el formato clásico del crimen cometido en un cuarto cerrado. Un investigador destrazado, idealista y carismático. Un escenario nevado y  tétrico de 40 grados  bajo cero... Buenos insumos para  urdir una interesante novela negra.

Pero hay algo que  hace que esta novela sea realmente excepcional. Más bien, hay alguien:  Lisbeth Salander. Es una mujer de 24 años,  delgada como un adolescente (como un, no como una,  en razón de sus escasos atributos anatómicos), carente de todo sentido  social, inteligentísima y consumida por un resentimiento contra el mundo que parece venir de un episodio infantil que  se resume  como ‘Todo lo malo’.

Más allá  de la anécdota narrativa que sostiene la trama policial (una chica desaparecida desde hace 40 años sin dejar ningún rastro), el clima emocional de la historia, la verdadera historia de este libro,  está cifrada en la personalidad de Lisbeth Salander.  El fenómeno comercial, más tarde o más temprano,  pasará.

Algún rato las librerías de todo el mundo sacarán de sus vitrinas  la trilogía Millenium y solo entonces empezará a verse el destino de Salander, es decir el de  Larsson.

Algo de ese  futuro se puede atisbar ya en los comentarios encendidos que la trilogía ha arrancado  a  patriarcas literarios como  Vargas Llosa quien,  en un artículo titulado ‘¡Lisbeth Salander debe vivir!’  compara el aliento de Larsson con el de  Dickens o Víctor Hugo.

La estructura, el tono (si es que eso se puede percibir bien en una traducción demasiado teñida de español peninsular),  el punto de vista del narrador... todos esos elementos fundamentales corresponden a una  novela tradicional, sencilla y bien contada, que llega al final sin tropiezos.

Sin embargo, luego de concluir las 665 páginas  de esta primera parte de la trilogía, algo queda latiendo en lo oscuro de uno mismo, un  vacío inquietante, una sed imprecisa. Solamente luego uno se da cuenta de que esa inquietud  es más grave de lo que parece: es una especie de cariño que, contra todo pronóstico,  uno ha empezado a sentir por ese ser lejano y hostil que se llama Lisbeth  Salander.

Tras el desfile trepidante de  personajes (empresarios corruptos, asesinos en serie, tutores depravados, periodistas en la cuerda floja, aristócratas misteriosos) y de un ‘happy ending’  bastante hollywoodesco, Salander permanece  incólume, perfecta en su mutismo,  sola y quieta, esperando...

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