16 de November de 2009 00:00

¿Cuál revocatoria?

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Carlos Larreátegui

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Hace más de quince años, el célebre politólogo argentino Guillermo O´Donnell expuso su teoría de la “democracia delegativa” para tipificar e ilustrar  ciertos regímenes latinoamericanos que se apartan de los esquemas de la democracia representativa. Sus argumentos, más vigentes que nunca, describen a ciertos gobernantes surgidos de la crisis de representación que asumen el poder convencidos de su derecho absoluto a definir de manera personal el interés de la Nación. Esta perspectiva lleva forzosamente al desprecio absoluto de las instituciones y controles, y al sometimiento del poder Legislativo que pasa a constituirse en una suerte de notaría. Sin mediaciones institucionales, las relaciones del Gobierno se manejan de manera informal y poco transparente, lo que nutre las sospechas de corrupción. El corolario final es el fracaso económico y social.

El personalismo exultante que caracteriza a estos gobiernos impide el surgimiento de figuras al interior de la Administración. La omnipresencia presidencial convierte a sus ministros y colaboradores en figuras grises despojadas de autonomía y sin posibilidad alguna de brillar con luz propia. La estabilidad política depende exclusivamente de la opinión pública que en los estadios iníciales muestra un apoyo rotundo hacia su líder. Y así como su ascenso es súbito y vertiginoso, su caída es veloz y dramática. Cuando esto ocurre, el país corre el riesgo de enfilarse nuevamente hacia la búsqueda de un nuevo Mesías y reforzar el círculo vicioso de la democracia delegativa. La maldición solo puede ser conjurada con la reconstrucción de las instituciones, una tarea casi imposible cuando las reglas de juego han sido puestas al servicio del caudillo y su destino superior.

Por ello resulta equivocada e ilusoria la propuesta de Carlos Vera de promover la revocatoria del mandato del Presidente de la República que encarna esta democracia delegativa. Un camino semejante nos condenaría al nefasto círculo de los Mesías y agudizaría nuestra debilidad institucional. La mejor forma de recuperar las instituciones de la democracia representativa es a través de la revocatoria del mandato de la Asamblea Nacional y la convocatoria a nuevas elecciones que permitan estructurar poderes independientes en la Función Legislativa, en la Corte Constitucional, en el CNE y en la Corte Suprema.

Considerando los pobrísimos niveles de popularidad de la Asamblea, no hay duda de que el electorado terminaría clausurando esta Notaría y abriendo la posibilidad de edificar un verdadero poder independiente y fiscalizador. Restituido el equilibrio de poderes y el control institucional, el Gobierno o el Presidente, que son lo mismo, deberá someterse a las reglas de la democracia representativa o ir a una muerte cruzada de difícil pronóstico para el Ejecutivo. 

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