25 de July de 2009 00:00

Un ‘renegado’ de la arquitectura

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Dalia Montalvo

La hiperactividad es una de las características de Rafael Ruales. Le gusta tomarse la cabeza mientras habla y no le importa despeinarse. Se toma un café diario, a veces  cargado,  y juega con la taza de cerámica mientras habla de su vida, sus obras y su futuro.



30 años de carrera
 Nació en Quito  y se crió en el barrio de San Roque, en el centro de la urbe, porque su abuelo, el ‘Ñato’ Estupiñán, un conocido médico,  tenía una casa en el sector.
Durante más de 20 años  fue profesor de la Universidad Central. Dictaba la materia de expresión plástica.
Su educación profesional  la realizó en la Universidad Central. Participó en varios talleres orientados a la extensión universitaria, llamados alternativos. Entre los proyectos  que ha levantado están Santa Inés, Alicia José, La Lomita, La Esperanza, Aldea Verde, Molineros, Flor Azul, La Gran Bretaña, entre otros.
 Actualmente, además de la arquitectura, se dedica a la pintura, especialmente  al óleo. Su preferencia es  realizar retratos, que es lo que más le gusta.  Este arquitecto quiteño defiende con pasión el centro de la urbe porque  su infancia y juventud las vivió ahí, en las calles Imbabura y Alianza, frente a la muralla de San Francisco.

Decidió estudiar Arquitectura por llevar la contra a su papá,  que era ingeniero civil. Sin embargo, ahora dice que hubiese preferido tener otra profesión. Y es que últimamente se ha dedicado a la pintura al óleo. Incluso dictó clases de artes plásticas en la Universidad Central.

Hace 30 años creó una empresa llamada Selaur (Ruales al revés). Por motivos de fuerza mayor, cuenta el mismo arquitecto, hace cuatro años se le cambió el nombre por Laseur. No trabaja con socios aunque su hijo, Pedro, que por ahora busca una maestría en administración de empresas, lo ayudaba.

Sin un estilo definido, en cierta ocasión decidió, junto con sus sobrinos recién graduados de la Universidad, desarrollar un proyecto habitacional minimalista.

“Nos pegamos a la tendencia internacional de líneas rectas,  pero lo único que recibimos es rechazo. A la gente no le interesaba vivir en una casa minimalista, mientras los profesionales estaban felices por su trabajo. Pero las viviendas no se vendían”.

En Leganés, el plan minimalista, ubicado en La Armenia, se tuvo que aplicar un plan emergente para poder comercializarlo. Ruales recordó que en un viaje a Washington  apreció unas casas que tenían revestimientos plásticos de simulaciones de piedras, ladrillos, madera, cornisas, volutas (adornos en forma de espiral o caracol). Y esa fue la solución.
   
Los ornamentos fueron la salvación para las casas, dice Carlos Aveiga, quien decidió adquirir una después de ver las adecuaciones que se hicieron. “El cambio fue tan notorio que incluso algunos de  los dueños de las casas minimalistas quisieron que  sus viviendas también tengan esos adornos. El arquitecto no se hizo lío y solucionó el problema”.
  
Y es que como dice uno de sus alumnos en la universidad, Manuel Flores, el arquitecto Ruales es una persona llena de ideas. “Cuando nos daba clases, sus ojos se iluminaban al hablar de la expresión plástica porque él la entiende como la búsqueda de una identidad ecuatoriana”.
 


Aquí 2 000 viviendas
tiene en su haber el arquitecto Ruales.
La gran mayoría es  de
interés social.Uno de sus sueños es que alguien le diga esta arquitectura es ecuatoriana. “Veo como  Salmona  identifica a Colombia o Niemeyer a Brasil y tengo envidia porque aquí no hay eso”, dice.
 
Por eso, su obra se ha llenado de experimentos. En otro proyecto, ubicado también en el valle de Los Chillos, Legazpi, la idea fue otra. Aquí se aplicó una arquitectura neoclásica pero orientada a los pobres.

La vivienda de interés social es su fuerte. A eso se añade su convicción de trabajar en procesos de recuperación ecológica, para lo cual se asesora con su hermano que es ingeniero agrónomo. En Legazpi se desarrolló una propuesta de ornamentación y jardinería que busca continuar con la iniciativa de un paisajismo enfocado a la conservación de la flora nativa  de Quito. “La idea es crear un entorno agradable para vivienda, recreación y descanso”.
  
Angélica Amagua, una de sus asistentes, cuenta que Ruales es muy exigente pero a la vez es comprensivo.  Le gusta madrugar, cuenta Mery Méndez, otra de sus compañeras de trabajo. A las 05:00, el sueño se va y las ideas empiezan a correr. Una visita rápida de las obras, llegar a la oficina y entablar nuevos contactos, forman parte de la agenda de Ruales. “Es muy trabajador. En la oficina se labora de sol a sol”.

Actualmente, Ruales está embarcado en un nuevo proyecto.Se trata de 2 000 viviendas también de interés social. Aunque parezca una locura, dice el ingeniero Carlos Chicaiza, se puede lograr esto con  la industrialización de la arquitectura.

Para esta tarea, los constructores usarán un sistema que aunque no es nuevo en el país, no ha sido explotado. Se trata de los muros armados. Este método no utiliza las columnas de hormigón tradicional sino que trabaja con  paredes con hierros empotrados. Se puede levantar una casa por semana, lo que abarata los costos.

 Al arquitecto Ruales también se lo conoce por sus ‘lofts’, añade Chicaiza. Tiene un edificio llamado Carolofts, en el que se aplica un nuevo concepto de espacio orientado a gente  joven, parejas y profesionales modernos que buscan un estilo de vida diferente. “Él mismo tiene un ‘loft’ (espacio abierto)  que identifica su idea de vida. Es jovial y muy apegado a sus convicciones”.

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