8 de November de 2009 00:00

La religión política

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Juan Cuvi

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En su obra ‘El culto del littorio’, el célebre historiador italiano Emilio Gentile hace un recorrido fascinante por el camino que llevó a la consolidación del fascismo en la Italia de inicios del siglo XX. 

Partiendo de la tesis de que los regímenes autoritarios requieren de una propuesta ideológica con fuerte contenido religioso, el autor desmenuza los incontables elementos simbólicos, rituales y litúrgicos con que el fascismo fue convertido en una religión secular cuyo propósito central apuntó a unificar  la conciencia del pueblo italiano alrededor de un único cuerpo doctrinario.

El mito de la resurrección y la sacralización de la patria, la glorificación del Estado, la monopolización de los símbolos y referentes históricos, la instrumentalización oficial del arte y la cultura, el culto a la personalidad… desfilan por las páginas del libro como piezas de un libreto magistralmente armado por los intelectuales y jerarcas del fascismo.  La adhesión de fe de las masas, que se logró gracias a una muy bien montada estrategia de hiperpropaganda, llegó a ser tan sólida que derivó en la canonización de Mussolini en los altares fascistas erigidos ex profeso.  Histriónico y megalómano, sumo pontífice de la nueva “religión de la patria”, el Duce arrastró a su país a la conquista de África y luego a la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial.  La reconstrucción de las glorias de la antigua Roma imperial, cuyo símbolo más representativo fue el haz lictor actualizado por el régimen fascista, cautivó a tal extremo a la sociedad italiana que no puso reparos en embarcarse en semejante delirio.

Andrea Camilleri, escritor, comunista y, por si fuera poco, siciliano, reflexiona amargamente sobre la carencia de memoria de la sociedad italiana, y encuentra en ello la explicación para el fenómeno Berlusconi. 

Como nunca lo matamos, el fascismo es como una enfermedad latente que reaparece en formas a momentos irreconocibles, sostiene.  Quizás la religiosidad con que se lo vivió dejó huellas emocionales demasiado profundas.

Gentile advierte que la sacralización de la política no está ni de lejos sepultada, porque siempre pueden salir a la superficie “antiguas corrientes, nunca agotadas, de pasiones y entusiasmos mesiánicos”, sobre todo en sociedades ávidas de protección ante la crisis y poseedoras de motivaciones culturales profundas.

Las cuentas con el pasado deben quedar bien saldadas, de manera especial en  la política, so pena de que a la vuelta de la esquina nos topemos de manos a boca con alguna factura indeseable.

Mesianismo, populismo y clientelismo son prácticas que la sociedad ecuatoriana jamás logró enterrar, y que acechan en las grietas de este largo túnel del que anhelamos salir.
Columnista invitado

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