16 de febrero de 2017 10:55

Refugiados sirven café y dan lecciones de vida en California

Todo el personal de la cafetería 1951, en California, son refugiados de distintos países, incluidos Siria. Foto: AFP

Todo el personal de la cafetería 1951, en California, son refugiados de distintos países, incluidos Siria. Foto: AFP

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Agencia AFP

En una cafetería de California que abrió recientemente, con cada taza de café a los clientes también se les sirve una verdadera lección de vida sobre un tema que agita Estados Unidos: los refugiados.

Todo el personal de la cafetería 1951 son refugiados de distintos países, incluidos Siria, Bután, Afganistán, Uganda y Eritrea, que están tratando de construir una nueva vida después de escapar de la guerra y persecución.

El establecimiento, fundado por Rachel Taber y Doug Hewitt y ubicado en la universidad de Berkeley, fue fundado apenas dos días después de que el presidente Donald Trump emitiera una orden que suspendía la entrada de refugiados y ciudadanos de siete países de mayoría musulmana.

Y en esa coyuntura, más clientes llegaron a prestar su apoyo y probar el café.

“No planeamos el momento en lo más mínimo, pero desde que abrimos estamos llenos”, dijo Taber, de 34 años, temprano en la mañana, un momento de mucho movimiento. “Normalmente las cafeterías sufren económicamente cuando abren, pero ha sido genial ver la respuesta de los clientes”, añadió.

Taber y Hewitt, miembros del Comité Internacional de Rescate que ayuda a re-asentar refugiados, dijeron que la cafetería es una vía excelente para crear consciencia y educar al público sobre un tema que está en el foco.

Desde el nombre, que rinde tributo al año 1951 cuando la ONU firmó la convención relativa al estatus de refugiado, a la pared de madera con un gran mosaico que ilustra el típico camino de un refugiado, pasando por los baristas detrás del mostrador, la cafetería ofrece importantes lecciones a sus clientes.

Esta foto muestra a una empleada siria que sólo da su nombre como 'Rama' trabajando en 1951 Coffee Company en Berkeley, California. Foto: AFP

Esta foto muestra a una empleada siria que sólo da su nombre como 'Rama' trabajando en 1951 Coffee Company en Berkeley, California. Foto: AFP

Humanización

“Creo que el concepto es genial”, dijo Susan Yeazel, de 57 años, mientras esperaba en la fila en su segunda visita a 1951, esta vez con un amigo.

“Hay tantas políticas negativas que esto es algo pequeño, productivo y positivo que puedo hacer”, añadió.

Muriam Choudhery, de 21 años y estudiante de una licenciatura en biología, viene casi todos los días con compañeros de estudios en una especie de declaración política con cada sorbo de café.

“Como musulmanes tenemos que ayudarnos los unos a los otros, especialmente hoy en día”, indicó la chica, cuyo rostro estaba enmarcado por un velo. “Muchas personas no tienen educación sobre los refugiados, no los ven como personas, los ven como terroristas, pero cuando tienes un ambiente como éste los humanizas”.

Cada empleado de 1951 -una decena por ahora- pasa dos semanas de entrenamiento para aprender los fundamentos de la elaboración del café, las variedades y sobre el servicio al cliente.

La idea es ofrecer a los refugiados la posibilidad de una carrera en la industria del café para ayudarlos a ser autosuficientes en su nuevo país.

“Cada gran productor, distribuidor, empacador tiene una oficina en el área de la Bahía y es una industria que normalmente no requiere una certificación costosa o educación para entrar”, explicó Taber.

Y a eso se le suma la posibilidad de ser contratados por otra cafetería en esta región dado que ya están entrenados.

Como un refugiado


Muchos de los empleados dijeron que 1951 les ofreció una esperanza en un momento en que su nuevo comienzo coincide con un acalorado debate en el que son el centro de la discusión.

“Este es como un refugio para mi”, expresó Nicolas Webaza, de 23 años, un refugiado de Uganda que llegó a Berkeley hace tres meses. “Me siento cómodo aquí, es más que un lugar que me da paz, son mi familia. Todos nos entendemos aquí”.

Rana, quien llegó a Estados Unidos hace dos años tras huir de Siria con sus padres y tres hermanos, dijo que le desconcertaba la posición del gobierno de Trump contra los refugiados.

“Después que fue emitida la orden ejecutiva, me dio mucho miedo. Si Estados Unidos no nos quiere, entonces ¿adónde podríamos ir?”, se preguntó esta joven de 18 años que aspira ser médico y pidió que se la identificara con un nombre ficticio.

La joven, cuyo padre era dueño de una fábrica de ropa que empleaba a 50 personas antes de que estallara la guerra en Siria, dijo sentirse reconfortada con el flujo de clientes en esta ciudad bastión de los liberales.

“La comunidad es muy tolerante”, dijo. “Y entienden que somos personas, como ellos”.

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