Los referentes de la prensa sobreviven

Un crimen múltiple en Holcomb, Kansas, llevó a Truman Capote a ­escribir ‘A sngre fría’.
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Santiago Estrella G. Editor (E)

politica@elcomercio.com (I)

Espionaje, fusilamientos, corrupción, venta de armas son fuentes de investigación. El actor Jason Robards, quien interpretara a Ben Bradlee, el histórico editor del The Wa­shington Post recientemente fallecido, en la película ‘Todos los hombres del Presidente’, estuvo cerca de negarse al trabajo.

Luego de leer el guión, dijo a los productores Robert Redford y Alan Pakula que se sentía incapaz. “Lo único que tengo que decir es: ‘Where is the fucking story’ (¿dónde está la (...) historia?).“Es que eso es precisamente lo que hace un editor”, le dijeron. Tu trabajo consiste en que debes encontrar 15 maneras diferentes de decirlo.

“La genialidad de Bradlee es que tenía más de 15 maneras de decirlo -dirá años después Carl Bernstein, quien junto a Bob Woodward revelaron el caso de espionaje, corrupción de la administración de Richard Nixon, en 1972”.

El trabajo de ‘Woodstein’, como se los llamó a estos dos reporteros, fue seguramente el mayor legado del periodismo investigativo ante el poder. No tenían pasión alguna en contra de Nixon, quien debió renunciar a su cargo cuando se supo que él estuvo al frente de todo el aparato corrupto de los republicanos en la Casa Blanca. De hecho, cuando se dieron cuenta de que se le venía un ‘juicio político’ al Mandatario, prometieron no usar esas palabras para que no se creyera que tenían una agenda.

Pero el caso Watergate no se pudo dar si es por el principio constitucional de la libertad de prensa y una jurisprudencia: ‘los papeles del Pentágono’. Primero el New York Times y luego el Washington Post publicaron, en 1971, notas sobre la intervención militar de Estados Unidos en Vietnam.

Nixon, iracundo -era un enemigo declarado de la prensa-, dispuso toda la maquinaria gubernamental para que la Justicia impidiera su publicación. Si lo logró, fue algo momentáneo. El 30 de junio de 1972, la Corte Suprema de Justicia -por seis votos a tres- sentenció que esas órdenes que impidieron la publicación en los dos rotativos más importantes del país eran inconstitucionales.

Fue una victoria de la primera enmienda, la primera derrota de Nixon ante los medios, aunque dos años después, exactamente hace cuatro décadas, debió renunciar porque con Watergate había llegado demasiado lejos en el abuso del poder.

La corrupción en el poder siempre es atractiva para los periodistas. E investigarla se convierte en su misión. Aunque no tuvo el mismo efecto que Watergate, un periodista del diario argentino Clarín comenzó a trabajar sobre la venta de armas a Ecuador durante la administración de Carlos Menem. Se llama Daniel Santoro.

No solo se trataba de una triangulación de armas , inservibles además, que supuestamente estuvieron destinadas a Panamá y Venezuela, sino que el país vivía el conflicto bélico del Cenepa con el Perú, en 1995. Argentina, además, era garante del Protocolo de Río de Janeiro.

La investigación judicial en Argentina no tuvo la misma repercusión política. Menem fue electo para un segundo mandato (1995-1999) y recién en el 2011 la justicia argentina pronunció sentencia: fue absuelto de todo cargo en su contra, a pesar del escándalo que se vivió en el país cuando los artículos comenzaron a publicarse.

Periodismo y literatura

Estas historias, Watergate y la venta de armas, fueron fruto de la pausa. Poco a poco se iban publicando reportes en los diarios y luego se consolidaron en libros. Pero el periodismo estadounidense y latinoamericano vivieron también un fenómeno: las obras de no-ficción. Con las técnicas periodísticas y literarias, se escribieron obras de largo aliento y con rigor, con datos y tenían la virtud de apelar a la experiencia estética de los lectores.

Aunque la fama mundial la tiene Truman Capote, con ‘A Sangre Fría’, una novela que narra el asesinato a una familia en Holcom, Kansas, el padre de la literatura de no-ficción es el argentino Rodolfo Walsh.

“Hay un fusilado que vive”, escuchó Walsh decir a alguien. Eso le bastó para comenzar a usar la técnicas de investigación (ya era un autor conocido de literatura policial) que terminó en una de las obras mayores de la Argentina: ‘Operación Masacre’.

El libro trata sobre el fusilamiento, en 1956, de cinco civiles en un descampado de José León Suárez, una localidad del Gran Buenos Aires. Argentina vivía una dictadura militar. Reconstruye la historia en forma clandestina. Pero descubre que son siete los que sobreviven a la masacre.

El libro tiene la misma capacidad de detalle y la misma intensidad narrativa de Capote. La diferencia radica en que se descubre la descomposición político-judicial que vivía el país y que permitió que se fusilara sin proceso alguno.

Si Capote no pudo volver a escribir luego de ‘A sangre fría’, y sucumbiera al alcoholismo y la depresión, Walsh, en cambio, adquirió un compromiso político. Se unió al peronismo, combatió contra la dictadura militar de 1976. Cuando esta cumplía un año, el 24 de marzo, escribió una carta abierta a los militares condenando su modelo político y económico. A Rodolfo Walsh lo asesinaron al día siguiente.

Estos periodistas buscaron una sola cosa: contar la verdad. No escribieron fundamentados en consignas ideológicas. No escribieron pensando en los lectores. Y esa es la lección que dejó, por cierto, Bradlee. Cuando decía que no había una historia es porque faltaban hechos que contaran la verdad con la mayor objetividad posible.

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