22 de November de 2009 00:00

Las ramblas albergan estatuas caminantes

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Jaime Plaza
Desde  Barcelona

Si en la noche se     vive un ritmo acelerado que se prolonga hasta  muy avanzada la  madrugada, ni bien empieza el día un río humano parece  fluir en busca de  las aguas del Mediterráneo.

Las Ramblas es un lugar que nunca falta en el tour de quien llega a Barcelona. Se trata de una calle emblemática y sui géneris. El esplendor del sol, aunque en estos días casi no abriga por estar a puertas del invierno del norte,  incentiva a que cientos de turistas transiten a lo largo de sus 1,2 kilómetros, desde Plaza Catalunya  hasta Port Bell. 

Sin casi darse cuenta, el transeúnte se ve inmerso entre una multitud heterogénea, mientras disfruta de un sinnúmero de llamativos detalles que dan colorido a Las Ramblas. La mirada curiosa se deja seducir por las postales, los llaveros y más objetos con motivos  de esta ciudad catalana. Claro que para quien está acostumbrado a las transacciones  en dólares, escuchar que un pequeño llavero cuesta más de 3,5 euros  frena los ánimos de adquirirlo.

Es preferible seguir caminando mientras se abre paso entre los absortos turistas asiáticos, latinos y de otras diversas latitudes.

De pronto cautivan la atención  unos personajes algo extraños, algo graciosos,  en una mezcla entre la realidad y la mitología. A eso de las 09:00, cuando el movimiento ya se ha intensificado, algunos se dan los últimos toques de maquillaje  antes  de   posarse sobre su  pedestal; otros ya se han transformado en llamativas  estatuas. De indios americanos, soldado de la I Guerra Mundial, un caballero sin cabeza, una tigresita triste, alguien parecido a una gárgola o quien simula ser el famoso futbolistas brasileño Ronaldinho. Este incluso entretiene con sus hábiles movimientos con el balón. 

Se trata de un modo de vida, ya que no paran de invitar a cada transeúnte  a depositar su contribución a cambio de una fugaz actuación o una foto de recuerdo.

A este colorido paisaje se suman aquellos hábiles dibujantes que con sus desgastados pinceles trazan retratos casi perfectos.

De tramo en tramo también hay que detenerse para  admirar la impresionante arquitectura de las casas de  dos barrios emblemáticos como el Raval y el Gótico, que resguardan a Las Ramblas.

Y si decide avanzar hasta el final, termina de impresionarse con  el mítico monumento del mirador de Colón, el descubridor de América,   imponente, junto al ingreso al puerto de Barcelona.

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