24 de mayo de 2017   00:00

Rafael Correa encarnó un gobierno patriarcal

La última sabatina de Rafael Correa fue el 20 de mayo, en Guayaquil. Se despidió atacando a la prensa. Foto: Joffre Flores / EL COMERCIO

La última sabatina de Rafael Correa fue el 20 de mayo, en Guayaquil. Se despidió atacando a la prensa. Foto: Joffre Flores / EL COMERCIO

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Andrés Jaramillo

Desde 1830, ningún presidente gobernó tanto de forma continua como Rafael Correa. Estuvo 3 782 días. Ganó tres gestas presidenciales.

Alianza País, con Correa a la cabeza, sumó 14 victorias electorales en más de diez años, entre comicios y consultas, que permitieron consolidar su revolución ciudadana.

Con su liderazgo dominante y su forma de ser -carácter fuerte, decidido, determinado, como lo describe su amigo desde la infancia Juan Carlos Cassinelli- se convirtió en la figura medular del Régimen.

Con Correa hubo una década de estabilidad, no exenta de tensiones, ataques y movilizaciones. Representó un giro con relación a los años anteriores (1997-2005), donde hubo tres presidentes derrocados. “Que se vayan todos”. Esa fue la consigna en las protestas ciudadanas. El sistema de partidos entró en crisis y se gestó una demanda social por refundar las instituciones.

Esas condiciones permitieron la irrupción de Correa en el escenario político, lo cual confluyó con su figura carismática, “bonapartista y clientelar”, según lo describe Francisco Muñoz en el libro Balance Crítico del gobierno de Rafael Correa (2014). Entonces se convirtió en “un caudillo” convencido de su misión: “rescatar la patria”.

El oficialismo ha construido una mitología de Correa con la producción de canciones, libros y propaganda que engrandecen y ayudan a mantener el ideario colectivo de un presidente patriarcal. Con autoridad vehemente. Al estilo del padre estricto, que define el lingüista George Lacoff.

Para Pilar Pérez, socióloga e historiadora, él logró establecer un vínculo con su comunidad -sus hijos- a través de sus enlaces ciudadanos. Ella escribió el ensayo: ‘El presidente Rafael Correa y su política de redención’, donde se analiza sus discursos entre el 2008 y el 2009. “En la estructura del Presidente, él es el padre redentor. El que da sermón y tiene la última palabra”.

Seguido por sus militantes y rechazado por la oposición, fue capaz de convocar a miles en actos públicos con su personalidad extrovertida . El discurso emotivo, sencillo y directo, caló.Su popularidad nunca bajó del 50%.

En su despedida, el 20 de mayo del 2017, algunos incluso lloraron al escucharlo en su último Enlace. En la tarima, o frente a las cámaras de TV, Correa también mostró su otro lado: intolerante y autoritario, de verbo beligerante. Desacreditó a quienes encasilló como sus enemigos de ocasión.

Para defender su honra no dudó en acudir a los tribunales. Aparece como ofendido en 83 juicios contra periodistas, políticos, activistas...

Consideró a la prensa su adversario desde el inicio hasta el fin de su mandato. “Molesta ver cómo se quiere legislar desde los titulares; poder fáctico sin legitimidad democrática. Se creen dueños del país”. Lo repitió en su última sabatina.

Incansable y tenaz. Sus ministros y excolaboradores coinciden en que es de los que pide soluciones rápidas y efectivas a los problemas. Se orienta a los resultados. Tiene capacidad para actuar con velocidad, tomar decisiones complicadas, asumir desafíos...

Exige y se exige. Su jornada comenzaba a las 05:00 y se prolongaba fácilmente hasta las 23:00. Tiene ojos de libélula; supervigila todo. Aprendió a ser un político hábil sobre la marcha y como académico utilizó estudios para medir el impacto de sus decisiones importantes.

En el 2007, Alfredo Palacio entregó el mando a Rafael Correa, tras un período de inestabilidad política. Foto: EL COMERCIO

Un puntal de su gestión fue el uso de la tecnología para seguir los avances de sus colaboradores. Con ese fin creó la plataforma digital del Sigob.

Se encolerizaba cuando no se cumplían las metas fijadas o las órdenes dispuestas.

Pablo Dávalos, quien trabajó con él cuando Correa fue ministro de Finanzas en el 2005, recuerda que a dos semanas de posesionarse Correa le pidió renunciar en público, en el comedor de la institución, cuando Dávalos se negó a cumplir con una disposición.

También es intolerante cuando se cuestiona su autoridad. El 30 de septiembre del 2010 (30-S) mostró su temperamento volátil. Incluso puso en riesgo su vida al tratar de tomar el control de una situación que desembocó en una revuelta policial. Y terminó con su rescate en medio de una balacera entre policías y militares.

Pero el Mandatario saliente tiene otra faceta, más tierna y sensible. Una muestra se vio en la inauguración de la universidad pública Yachay. Lloró durante el discurso de la estudiante de 17 años, Daniela Armijos. Ella resaltó, ese 31 de marzo del 2014, la importancia de los cambios en la educación, como el acceso gratuito.

Para Correa, la educación es un valor trascendente. Desde el colegio particular y religioso San José de la Salle despuntó como alumno y dirigente.

Dividía su tiempo entre los estudios y los scouts, que fue su otro derrotero y le ayudó a encauzar su liderazgo innato.

Se define como cristiano de izquierda. Es conservador a la hora de abordar temas como el matrimonio gay o el aborto. Su hermano, Fabricio, recuerda que de joven tuvo la influencia de la doctrina social de la Iglesia. Leía la ‘Teoría de la Liberación’.

El padre italiano Graziano Masón mira a Correa más allá del personaje público. En la intimidad, dice, es un “hombre muy sencillo, humano”. Recuerda cuando en 2015 fue a visitarlo en casa, para tomar un café. Al terminar, el Presidente se levantó de la mesa y lavó la vajilla.

Antes de dejar el Palacio, Correa inauguró un Museo en Carondelet. Los 16 títulos honoris causa que ha recibido de varias universidades resaltan en una pared iluminada; sobre estantes de vidrio junto a parte de los 11 533 regalos (relojes, espadas, vasijas, esferos) recibidos. Se quedarán en la sala Fondo Rafael Correa. En los recorridos, los guías turísticos enfatizan que es el único que se ha desprendido de esos artículos.

En el primer período ganó USD 4 000 al mes; la mitad de sus antecesores. Él dispuso la reducción del salario. En 2007 su patrimonio fue de USD 84 216. Un año después ganó un juicio a un banco por cerca de USD 600 000. En la última declaración de bienes (2015) su patrimonio llegó a 568 744.

El historiador Juan Paz y Miño considera que Correa representa un ciclo histórico del siglo XXI. “Económicamente superó el modelo empresarial neoliberal”. Reinstitucionalizó al Estado con una nueva Constitución (2008).

En su régimen priorizó la inversión social, sobre todo en su primer período. Dos millones de personas salieron de la pobreza. No obstante, gastó los recursos públicos sin reparar en los ingresos del Estado. Deja un déficit de USD 8 000 millones y una deuda agregada de 40 000 millones.

Correa, a diferencia de los anteriores presidentes, inauguró un gobierno móvil, de contacto permanente con la gente. Cada martes gobernaba desde Guayaquil.

Los viernes institucionalizó los gabinetes itinerantes. Se reunía en diferentes rincones del país. Oficializó las noches culturales para presentar las expresiones artísticas y culturales de cada sitio al que iba. Pocos domingos descansaba.

La psicóloga y docente de la Universidad Católica Mery France Merlyn, explica que cuando las personas dejan un trabajo -que ha sido su forma de vida- experimentan crisis emocionales complicadas. Y para superarlas tienen dos salidas: enfrentar un luto por esa crisis o mantener su incidencia en ese trabajo.

Desde 1830, solo José María Velasco Ibarra supera a Rafael Correa en el número de veces en que fue presidente. Cinco en total, aunque solamente terminó una. Velasco Ibarra gravitó en el escenario político por 39 años con sus opiniones, acciones, decisiones... Rafael Correa lleva 10.

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