10 de July de 2011 00:01

Zarsocita, Don Evaristo y la soledad

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El álbum de los recuerdos está impecable, bien cuidado. Zarsocita aparece, bien peinado y sonriente, con Pedro Infante, con Antonio Aguilar, con el Dúo Águila y Son.

Al pasar las páginas, sus ojos claros se humedecen y se escucha su aguda voz. Tiene mucho que contar. A sus 86 años (los cumplió el 30 de junio), su lucidez es sorprendente y revive cada detalle de aquellos momentos, cuando se codeaba con los famosos y recorría los escenarios del mundo haciendo teatro.

A Pedro Infante lo conoció en Radio Caracas TV, cantó con él rancheras tras bastidores y compartió más de una anécdota de viajes y profesión. Lo recuerda como un hombre de inmensa calidad humana, de un afinado sentido del humor y de una incomparable facilidad de palabra para conquistar amigos. A Zarsocita le salta la nostalgia, hace una pausa corta y la felicidad que expresa su rostro se desluce.

“Se murió Ernesto Albán y ya no pude sostener la estampa quiteña, me quedé sin trabajo”. Don Evaristo falleció el 22 de julio de 1984 y Zarsocita empezó su retiro del mundo de la fama y del espectáculo. Ahora, vive solo, en un departamento en el sector El Tejar, en el centro. Los diplomas de reconocimiento a su carrera artística cuelgan de las paredes color pastel y las medallas se exhiben en un mostrador.

Entre tantos recuerdos traídos de los países donde tuvo un escenario, resalta una figura en cerámica de Don Evaristo. Está con un pantalón a rayas, chaqueta negra, corbata roja y un sombrero redondo. Tiene un abultado bigote blanco. Es una réplica de la imagen creada en 1990 para difundir campañas ciudadanas.

-¿Qué le parece el nuevo Evaristo, que apareció hace pocos días en la televisión?

Está mal representado, me da la impresión de que no tiene nada de Don Evaristo, no es tan real como el de Édgar Cevallos.

Hace otra pausa verbal y se detiene en una página del álbum donde guarda unas fotos de los homenajes que recibió, allá por la década de los setenta, en las radios Atahualpa, Tarqui y Gran Colombia. Levanta la mirada y su labio inferior tiembla. “Posiblemente estuviéramos presos, si seguiríamos haciendo las inolvidables estampas quiteñas”.

-¿Por qué?

Éramos muy críticos con el poder y en los últimos 27 años, la política ecuatoriana ha tenido hechos sensacionales y únicos. Cómo no hubiera querido satirizar sobre eso en los escenarios. Ernesto Albán era genial para improvisar, para armar el guión y para interpretar los acontecimientos de la vida nacional. Por eso fue irreemplazable.

Para Zarsocita, la cárcel no es ajena. Estuvo 10 veces tras las rejas. Lo detuvieron junto con Don Evaristo luego de las funciones, al salir de los teatros. En una ocasión lo apresaron mientras se desmaquillaba. Fue durante una de las presidencias de Velasco Ibarra, pero se niega a creer que fue él quien dio la disposición.

Lo curioso fue que les dejaban libres antes de las 06:00. “Era solo para amedrentarnos, pero nosotros más inteligentes nunca avisamos que estuvimos presos”.

Los muebles de la sala son sencillos. Sobre la mesa de centro no hay adornos. Son las 10:00 del miércoles y Zarsocita viste un pantalón de pijama azul, una camisa oscura con rayas claras y su cabello plateado está bien acomodado. Sus manos no dejan de temblar y cuando se levanta para indicar la foto enmarcada de sus cuatro hijos, arrastra sus pies. Su caminar es lento.

Sus tres hijas viven en Estados Unidos y su único hijo, en Colombia. Le han ofrecido llevarle, pero él no acepta. Es de los convencidos de que Quito es la mejor ciudad para vivir. Paga USD 120 al mes por la renta del departamento. La dueña del inmueble es su hermana Zoila.

A Zarsocita no le gusta estar encerrado. Luego de que se despierta, se asea, viste ropa cómoda y sale a caminar por las calles del Centro Histórico, hasta que se encuentra con un conocido. Ya con la compañía se dirige al café La Fornace, en la Guayaquil y Olmedo. No tiene reparos en pagar la cuenta. Para él, lo más importante es tener con quién conversar.

“La soledad es dura, pero hay que acostumbrarse. Yo me refugié en Dios, quien se ha vuelto mi amigo íntimo. Él me tiene con buena salud”.

Con sus manos temblorosas cierra la pasta del álbum y lo coloca sobre el sillón. Sin preguntarle, responde que es un tic nervioso, la secuela de haber sido un fumador empedernido. En sus tiempos de actor consumía hasta tres cajetillas al día de Lucky. Eran sus preferidos porque dejaban un sabor agradable en la boca. Lo dice en tono irónico, porque eran cigarrillos sin filtro y muy fuertes.

El último se fumó el 27 de octubre de 1980 (recuerda con facilidad la fecha), sentía que ya empezaba a perder el control de sus manos. “Fui un torpe, es uno de los errores que he cometido en mi vida. No debí caer en ese vicio”.

Zarsocita recibe dos pensiones cada mes. La una del IESS y la otra del Estado, reúne alrededor de USD 700. Todos los domingos pasa en un sauna, ubicado en la avenida Napo, en el sur. Allí hizo un club de amigos. El domingo pasado se llevó una sorpresa: le brindaron torta y le cantaron el cumpleaños feliz. Su voz se quebranta. “Estuvo muy lindo, me sentí muy bien. Un homenaje inolvidable”.

También le festejaron en el café de la Guayaquil y Olmedo. Le obsequiaron el libro ‘Una pausa en tu vida, reflexiones para cada día’. Con una indiscutible muestra de humildad, dice que se han olvidado de él, que los representantes de los canales de televisión ya no le buscan para las producciones y que sus posibilidades de subir otra vez a las tablas se esfumaron hace muchos años.

En el departamento 31B de los Multifamiliares El Tejar no se escucha el ruido del intenso trajinar de la calle Mejía.

El tic tac de un reloj de pared anuncia que ya es el mediodía. Zarsocita se muestra muy cordial y amable. En la última página hay una foto grande, en blanco y negro, de María Moncayo Guerra, la primera actriz del teatro ecuatoriano, una de las tías de su padre. Es una reliquia, que en la parte posterior tiene inscrito el 1920, posiblemente es el año.

Cierra el álbum, lo pone bajo su brazo y pone punto final a la conversación con un comentario que llama a la reflexión. “Algún día, alguien mostrará las fotos de mi trayectoria artística, porque estoy convencido de que hice mucho por Quito y por el país”.

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