8 de June de 2010 00:00

Su vida se mueve sobre una moto

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Fernando Criollo.

El secretario ejecutivo de la Asociación Ecuatoriana de Motociclismo, es alto y robusto. Mide 1,95 metros. Su aspecto físico y su carácter impaciente e impulsivo, intimidan. Desde joven hizo sentir su fuerza: defendía a sus amigos y se involucraba en broncas ajenas.

Su voz es grave y pausada. Las marcadas líneas en su frente delatan sus 51 años. Desde su infancia, su vida ha girado sobre dos ruedas. Primero fue su bicicleta montañera, en la cual solía escabullirse y descender a gran velocidad por las pendientes del antiguo campo de golf del Quito Tenis, en el noroccidente de la ciudad. Le acompañaba su amigo ‘Tito’ Sánchez.

Cuando tenía 12 años, su padre, Mario Rocco, le regaló una Honda 250, nombrada El Sinore (nombre de un río de EE.UU.). Se irrita fácilmente y con frecuencia levanta la voz para hacer prevalecer sus argumentos.

Su padre era un inmigrante italiano que llegó luego de la Segunda Guerra Mundial. En el Ecuador formó una familia con la ecuatoriana Gladys Paz, hermana de Rodrigo Paz, a finales de los cincuenta. La pareja crió cuatro hijos varones en Quito. Ricardo es el primogénito.

Es rebelde. En contra de la voluntad de su madre, le regaló una moto a su hermano menor Christian. Ella nunca estuvo de acuerdo con las competencias y con el uso de esos vehículos, porque son inseguros y representan riesgo.

Al mando de El Sinore, conoció el vértigo de las competencias de enduro y cross country, que se corrían en pistas improvisadas en los alrededores de Quito.

Su primera competencia la disputó en ‘El Hueco’, una antigua pista de enduro, trazada en un terreno baldío entre las avs. República y Eloy Alfaro, en el norte. Hoy es una zona poblada.

El último puesto obtenido en esa carrera, más bien, fue un resorte que le impulsó a mejorar su técnica y a seguir escalando puestos en los siguientes circuitos.

La quincena de trofeos, que exhibe en un anaquel de su oficina, es evidencia de aquello. Su pasión por el motociclismo la compartió con los estudios en varios colegios conocidos de la capital: Alemán, Einstein, Academia del Valle, Indoamericano, Academia Nocturna Quito...

Fue expulsado del colegio Alemán. Él asegura que fue por revoltoso. Esa actitud hizo que no pudiera estabilizarse en un centro de estudios secundario.

A los 16 años fue a estudiar en Argentina, donde vivió el mundial de 1978. Esos fueron los pocos partidos de fútbol a los que asistió. Aunque su tío, Rodrigo Paz, dirige uno de los equipos de la capital, confiesa que no es hincha de ningún equipo.

A los 20 años viajó a Estados Unidos. Allí completó su Tecnología en Mecánica y luego regresó al Ecuador para dedicarse a forjar empresas y negocios. Aquí conoció a su primera esposa ‘Nonoy’, con quien tuvo tres hijos.

Ellos siguen los pasos de su padre. También son aficionados a las motos. La noche cae sobre la ciudad y Rocco, en su oficina localizada frente al estadio Olímpico, apaga el último Marlboro antes de salir a su casa. Casi siempre se lo encuentra con un cigarrillo entre los dedos.

Esa noche viste una chompa roja y negra, que incluye bandas reflectivas. Antes de encender su poderosa KTM V-Strom negra, ajusta su casco y se pone un par de guantes de dedo largo.

A pocas cuadras, hacia la av. Eloy Alfaro, el ladrido de tres perros, en la terraza, lo recibe. Es dueño de una amplia y confortable casa en el barrio El Batán.

Estaciona la KTM junto a una Suzuki, una BMW y otras dos motos de enduro. Pero como la mayoría de motociclistas, él sueña con una Harley Davidson.

Del balcón del segundo piso cuelgan cuatro cascos viejos, que ahora sirven de macetas. En el pasillo que da a la sala, James Dean y Marilyn Monroe sonríen en una fotografía, sobre una Harley Davidson. En el librero, los trofeos de sus hijos empiezan a ganar espacio. Ellos también empezaron a competir muy jóvenes.

Ahora es el deporte familiar. Cuando asistió como espectador a las primeras carreras de sus hijos, le ganaron los nervios. Tal vez por eso, sus padres nunca asistieron a ninguna de sus competencias. Su madre se mantenía en que sus hijos no debían conducir motocicletas, pero él nunca la escuchó. Siguió con su sueño.

La mayoría de sus triunfos y derrotas las compartió con Sánchez, su compinche y rival en las pistas. Los dos se han subido varias veces al podio. Su amigo es ex campeón de motociclismo y rally.

“Hasta ahora me tiene pica porque no ha podido ganarme”, bromea Sánchez. Rocco simplemente sonríe, porque sabe que hasta el pasado sábado, en que se lanzaron juntos a la pista, su amigo llegó a la meta antes que él.

En el 2000, cambió el ímpetu de las carreras por la aventura en las carreteras. En ese año emprendió su primer recorrido alrededor de América Latina. Su familia se quedó en Quito.

Luego de seis meses de viaje y de recorrer ocho países fue secuestrado cerca de Cali, por un frente del Ejército de Liberación Nacional de Colombia (ELN).

“Luego supe que negoció su liberación”, recuerda Miguel Dumet, quien se comunicaba diariamente por correo electrónico.

La experiencia del secuestro fue dura, a pesar de que duró un día. Les contó a sus captores el motivo de su travesía: conocer América Latina, fomentar la paz y luchar contra las drogas. Logró persuadirlos y recobró su libertad.

“Para ganarse su confianza, solo hay que hablarle de motos”, confirma su hermano menor, Christian. Esas conversaciones -dice- le permitieron conocer más de cerca la situación del mensajero, del cobrador y del repartidor de comida, quienes utilizan su motocicleta para trabajar.

En la Escuela de Conducción, que creó hace dos años y medio, formó su trinchera desde la cual defiende el interés de los motociclistas urbanos.

En el 2009 logró detener el último intento de la Comisión Nacional de Tránsito por regular el uso obligatorio del chaleco.

Cuando el alcalde quiteño Augusto Barrera anunció la inclusión de los motociclistas en el pico y placa, él y otros miembros de la Asociación de Motociclismo no dudaron en organizar una caravana de protesta hacia la Alcaldía.

Sus propuestas no fueron aceptadas y ahora las motos también deben regirse a la zona y horarios de restricción. Fue la expresión de que se oponía a ese tipo de controles. Como lo hace ahora frente a la obligatoriedad de utilizar cintas fluorescentes en la indumentaria con el número de placa.

Insiste en que las motos no contaminan y las bandas reflectivas del chaleco estigmatizarían a los conductores.

Cuando oye hablar de la nueva campaña para el uso obligatorio de las bandas con la serie de la placa, otra vez las líneas de su frente se acentúan y su expresión se vuelve seria.

No puede ocultar su molestia. Incomodarse por las opiniones contrarias a las suyas, es un distintivo de su forma de ser, aunque ahora domina más su carácter.

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