10 de January de 2011 00:00

La valentía ayuda a vivir con VIH

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Las uñas largas y pintadas con esmalte rojo, el cabello castaño muy cepillado. Sus ojos maquillados con sombras cafés, que combinaban con el pantalón. Así lucía Rosa, de 46 años, quien desde hace ocho años vive con VIH.Su apariencia impecable contrasta con el imaginario de las personas respecto de quienes son portadores del virus. “No somos personas moribundas, pálidas o con manchas en la piel, como todos creen”.

Esta imagen le permite a Rosa ocultar su dolor. “El sida no tiene rostro, no podemos salir a la calle diciendo que somos portadores, no sabemos cómo reaccionarán los otros. Tememos por la actitud con nuestras familias”.Una experiencia vivida acentuó los temores en esta mujer de estatura baja y tez trigueña. Debía realizarse un examen de laboratorio en el Instituto Izquieta Pérez, en Quito. Padecía una anemia crónica. A pesar de que tenía el segundo turno, una pasante del lugar no la atendía. Cuando preguntó la causa de la demora, recibió una respuesta que la estremeció: “Usted al último, es paciente con sida”.En ese momento, Rosa se retiró a su casa. “Me sentí tan mal y muy decepcionada”.

Según una encuesta realizada por Corpovisionarios, una fundación liderada por el ex alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, el quiteño es intolerante a la diversidad. Los resultados del estudio revelaron que las personas más discriminadas son las prostitutas, homosexuales, quienes tienen VIH-sida y los extranjeros. Cuatro de cada 10 quiteños no desearían vivir cerca de ellos.

Con el apoyo de una amiga de la Fundación Vivir Vivir, Rosa presentó la queja al Director del Instituto. Él le ofreció disculpas y llamó la atención a la pasante, pero ella no volvió a hacerse atender en ese lugar. Por miedo a ser discriminada, ahora acude a un centro privado.Pablo, de 27 años, coincide en que el quiteño es intolerante.

Hace 10 años, cuando supo que tenía VIH, la recepcionista del laboratorio donde se hizo la prueba no le entregó los resultados en la mano. Se los arrojó en el escritorio y le dijo, sin reservas: “Usted tiene sida”.

Para Pablo fue la peor humillación, porque no se respetó la confidencialidad y no hubo un trato humano. Se enteró de que tenía sida y sintió morirse.

Este joven, de 1,72 metros de estatura, delgado y de cabello largo, no sospechaba que tenía VIH. Se hizo la prueba para ingresar a la universidad, era un requisito. A él le tomó un año asimilar su nueva condición y retomar su vida normal. Hoy, Pablo estudia Psicología en la Universidad Central. “Mi profesor de Psicoanálisis me ayudó a abordar el tema con mis padres. Recién hace tres años pude contarles”.

Gracias a su preparación, Pablo habla del tema con naturalidad, aprendió a aceptar su realidad. Pero solo sus mejores amigos y su novia conocen su situación. “Es preferible que nadie más sepa, no por miedo, sino porque es algo privado”.

Otro caso es el de Rubén, de 55 años, desde hace 20 vive con VIH. Al inicio se le hizo difícil afrontarlo. Recordó que en su trabajo de relacionador público se regó el rumor de que tenía VIH y en las reuniones nadie se sentaba cerca de él.

Además, cuando iba a recibir su salario, la persona de caja cerraba la ventanilla y le pasaba el sobre o cheque por una rendija.

A pesar de la adversidad, Rubén, de estatura media, cabello cano y de lentes, es una persona jovial y sonriente. Le gusta trabajar por los demás, es voluntario en una organización que ayuda a personas con VIH.

“Ahora todos somos vulnerables al virus, ya no solo los homosexuales, prostitutas o reclusos. Todos debemos trabajar en campañas de prevención”.

Una opinión similar tiene Rosa, a ella la infectó su esposo Luis, quien era profesor en Esmeraldas. “Él fue mi primer y único hombre”. La pareja tiene 13 años de matrimonio y un hijo.

Hace ocho años se enteraron que los dos tenían VIH, porque Luis enfermó. “Fue terrible, uno piensa que se está libre porque se lleva una vida ordenada, yo me infecté en mi casa”.

Para Rosa, su mayor preocupación es su hijo, él desconoce la situación de sus padres. Sus ojos se humedecen cuando habla de él. Pero el niño sospecha que algo pasa. “Él no se explica por qué mi familia no acepta a su papá. Ahora está con psicóloga”.

Rosa perdonó a su esposo, entre los dos han afrontado experiencias duras. A Luis le despidieron de su empleo por tener VIH. Ahora trabajan en la casa, abrieron un cibercafé y ella prepara almuerzos, sus clientes desconocen esa realidad.

También es activista a favor de las mujeres con VIH, en el Hospital del Sur, donde también se siente que hay discriminación. La gente dice: “No te apegues a esa puerta, allí entran los que tienen sida”.

Rosa pide respeto, oportunidades de trabajo y facilidad para estudiar. “Yo no me voy a morir, voy a vivir y a luchar por mi hijo”.

Pablo no está afligido y es prudente al hablar de él. Su aspiración es graduarse de psicólogo para ayudar a personas que atraviesan situaciones difíciles por el sida. Rubén, en cambio, está empeñado en evitar la discriminación, pero legalmente.

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