14 de March de 2010 00:00

Las tiendas añejas del Centro Histórico todavía sobreviven

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Nancy Rodríguez.

Una angosta calle empedrada conduce hasta la mama cuchara de la calle Buga, en San Juan. Ahí, donde termina la calzada, la vida aparenta ir más lento que el ritmo de la metrópoli. Algunas cosas, incluso, parece que se estacionaron en otros tiempos.

Un letrero de madera sobre una puerta dice: Víveres Familiar. Y ahí empieza el recorrido por las tiendas de antes.

El negocio, que tiene más de 60 años, es conocido como la tienda de don Murillo. Así lo bautizaron los moradores.

Ludgardo Murillo, de 83 años, no ha dejado de atender a sus clientes.“Una vecina nos vendió la tienda y no cambiamos nada. Antes venían los de los impuestos y evaluaban. Si las vitrinas eran nuevas y de metal cobraban más, por eso conservamos todo”, relata María Olimpia González, de 80 años y esposa de Murillo.

Entre los frascos de caramelos, con tapa metálica, pasa Murillo. Viste un delantal, que hasta hace años usaban los tenderos para proteger su ropa. También hay una balanza que necesita pesas para señalar las cantidades.

Hace las cuentas en un cuaderno. “Abrimos de 06:00 a 20:00”, dice don Murillo, quien con una sonrisa reemplaza las frases largas. No puede hablar mucho porque le falta la respiración debido a una enfermedad.

En este añejo lugar se ofrece manteca de chancho o el trago el gallito (creído extinto) “Cuando empezamos, éramos la única tienda del sector. Vendíamos desde leña, a medio céntimo (de sucre) el atado, leche, pan, velas... La gente venía a realizar las compras y pagaba al mes”, recuerda González.

Esta no es el única tienda que no va a la velocidad de la modernidad quiteña. Así lo confirma, con mucho orgullo, don Gabriel Núñez, de 77 años. Él tiene su negocio en la calle Mercadillo, por el sector del Mercado Santa Clara. “La tengo desde hace 30 años y no le he cambiado nada. Soy el tercer dueño”.

El secreto de Núñez es vender leche y un buen pan, “que es lo que más busca la gente”.

Eso también ha descubierto Eulalia Guevara, dueña de El Pretil Confitería, en la Plaza Grande. Este fue el primer local de dulces tradicionales quiteño. Tiene 58 años y lo empezó la tía de Guevara. “Siempre ofrecemos lo mejor al cliente. Lo tradicional son las quesadillas, los chimborazos, los turrones y los sánduches de pernil”.

Este negocio, además, ofrece jugos, humitas y quimbolitos y es visitado por sus vecinos, principalmente, los empleados de la Presidencia, así como del Municipio. “Paco Moncayo era cliente frecuente. A él le gusta el sánduche de pernil”, cuenta Guevara.

A unas cuadras, en la plaza de San Francisco, está la tienda de abastos de Marcelo Zapata. Él tiene el local desde hace tres años, pero la tradición de ofrecer los productos al por mayor la heredó de su madre.

En este sitio se puede hallar especias como el clavo de olor, la canela, el anís y más. Hay sahumerio, brillantinas para el cabello, velas de cebo para el dolor de estómago y ají peruano. “Tuvimos que quitar las pesas antiguas porque la Intendencia nos obligó a cambiarlas por las nuevas”, dice Zapata. Él guarda sus productos en sacos y en tarros metálicos con tapa que tienen más de tres décadas.

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