7 de March de 2010 00:00

La seguridad es lo primero en la ambulancia Nº 19

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Redacción Quito

Son las 07:00 y en la avenida Gran Colombia, frente al parque La Alameda, la congestión parece estar en su punto más crítico. La vía está atestada de vehículos que circulan lentamente. En las aceras, algunos niños corren con grandes mochilas en su espalda.

En la calle Antonio Elizalde, Galo Viteri observa la escena mientras enciende el motor de la ambulancia Nº 19. El motor calienta la cabina y aleja el frío de la mañana. Viteri aún lleva la chompa azul que lo identifica como voluntario de la Cruz Roja. En la radio suena Alci Acosta.

Cada dos días, Viteri está al mando de la ambulancia Nº 19 por 24 horas. Su turno empieza a las 07:00, pero él viene al menos 20 minutos antes para relevar a su compañero. Al llegar, lo primero que hace es informar su arribo por radio a la Central Metropolitana de Atención Ciudadana (Cemac).

Los funcionarios de la institución que pasan junto al vehículo lo reconocen y Viteri les devuelve el saludo con una sonrisa. A la furgoneta blanca y roja llegan el paramédico Alfonso Ubidia y la asistente Yasmín Oscullo, que el jueves pasado estaban de turno.

La primera tarea del equipo es ir a un canal de televisión para presentar un simulacro de primeros auxilios. A las 08:48, los tres miembros del equipo y el coordinador de Gestión deRiesgos de la Cruz Roja, Henry Ochoa, esperan su turno para salir al aire. Viteri bromea con sus compañeros. No es la primera vez que aparece en televisión.

40 minutos después, Viteri conduce la ambulancia de regreso al punto de operación en la Cruz Roja. Ubidia reporta clave 1 (unidad operativa) a la Cemac. En la av. Pichincha, frente al Hospital Eugenio Espejo, una comunicación por radio alerta al equipo sobre una emergencia en la San Gregorio y Bolivia.

Como una reacción automática, Viteri enciende la sirena y empieza a acelerar. El sonido de la sirena alerta a los conductores pero pocos maniobran para dar paso a la ambulancia.

En la av. Patria, avanzar se vuelve más difícil por la gran cantidad de autos. Ubidia toma el intercomunicador y pide paso a los choferes que van delante.

El equipo confunde la dirección y pide más referencias a la central de emergencias. La ambulancia llega al accidente luego de 12 minutos.

Enseguida, Ubidia y Oscullo se acercan a un joven obrero que yace en el piso. Sus compañeros, bastante nerviosos, cuentan que Hulvio H. bajaba unos tableros del segundo piso de una construcción cuando aparentemente perdió el equilibrio y cayó.

Viteri ayuda a los paramédicos a subir al herido a la ambulancia. La sirena vuelve a resonar en la calle Bolivia y, de nuevo, pocos conductores se detienen o se orillan para dar paso.

Al tomar la calle Manuel Larrea, Viteri pisa con seguridad el acelerador. Su expresión es bastante seria. El tacómetro marca 40 km/h. “Hay que conducir lo más rápido que se pueda, pero con precaución. La gente no entiende lo importante que es llegar a tiempo con un herido”.

En la av. 10 de Agosto el número de autos en la vía aumenta y Viteri tiene que maniobrar para pasar entre el tránsito y entrar a la Guayaquil. Un automóvil no da paso. Además de la sirena, el conductor utiliza el pito para apurar al chofer. En la Guayaquil, la velocidad no sobrepasa de los 40 km/h en la vía del trole.

En el trayecto, además de la sirena, el claxon de la ambulancia suena a reclamo por la poca colaboración de otros choferes. En la plaza de Santo Domingo, la congestión vuelve a detener a la ambulancia. En 20 minutos, el paciente llega a una clínica privada en el sur. Ahí su madre y su tía lo esperan con lágrimas.

De regreso por la av. Rodrigo de Chávez, una ambulancia de los Bomberos atendía un accidente de tránsito. Ya en la Cruz Roja, el equipo limpia la ambulancia a la espera de otra alerta.

Viteri aprovecha el tiempo y prepara la comida. Por un descuido del chofer, el olor a arroz quemado invade el pequeño cuarto que utilizan los voluntarios para descansar. “En ocho años de trabajo, solo una persona ha muerto en la ambulancia”, dice Viteri, mientras pica una cebolla para sazonar el atún que alista para el almuerzo. Son las 12:30 y, afuera, el eco de otra sirena se aleja por la av. Gran Colombia.

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