San Roque ya extraña al ex Penal García Moreno

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Byron Rodríguez Vásconez/ Editor

3000 comerciantes del Mercado San Roque, frente al ex Penal, se quejaron por el traslado de los detenidos a una sitio cercano a Latacunga. Eran sus clientes fijos. Los vendedores coincidieron en que han bajado las ventas entre un 20 y un 30%. Se declararon deudos por la medida gubernamental.

La relación siempre había sido buena. Se consolidó con los años, fueron tantos que ya ni me acuerdo. Los dos nos necesitábamos, mucho más nosotros. Había cordialidad y nos sacábamos el aire con tal de servirles bien. No importaba madrugar a las 04:00 o a las 0:500. Fuimos como un matrimonio con pesares y alegrías, más con buenos tiempos. Pero el uno se fue y le extrañamos. Perdimos nosotros. Así es la vida. Hay que seguir.

Son frases que se oían a cada paso en el laberíntico e inmenso Mercado Metropolitano San Roque, vecino del ex Penal García Moreno. Las pronunciaban decenas de comerciantes, en tono lastimero, evocando al ingrato que partió hacia Latacunga, Cotopaxi, a estrenar casa nueva: el ex Penal de la empinada calle Rocafuerte, en el Centro de Quito.

Tres días antes de las elecciones del pasado 23 de febrero, en las que el Gobierno tuvo un fuerte remezón en Quito por la pérdida de la Alcaldía, los presidiarios fueron trasladados en buses a una cárcel cercana a Latacunga. Hoy, se siente el vacío en los puestos del mercado, el cual, desde que se edificó, en 1981, fue la gran tienda para los detenidos y para los familiares que adquirían desde comida, ropa, útiles de aseo, frutas, hasta muebles y mariscos (camarón, concha y pescado en los frigoríficos de la vecina calle Cumandá).

Ayer, sábado 3 de mayo, día de feria, desde la madrugada 3000 vendedores se afanaban por dejar a punto los puestos en las casi tres hectáreas, destinadas para los negocios. Conforme avanzaba la mañana, los olores se mezclaban: entre los fragantes melones y la hierba buena venía una ráfaga de pescado frito que borraba el olor aromático de café pasado que una señora de mandil celeste bebía a las 06:00.

Colores y sabores. Gente que entraba y salía del edificio amarillo de columnas verdes y techo de eternit. Gritos destemplados de las doñas que ofrecían frutas, papas, maíz, arroz, mediante el consabido, “lleve caserita, solo aquí encontrará las cosas más baratas”. Una despensa gigante. Eso es San Roque.

A unos pasos de la entrada principal, Blanca Torres vendía frutas: duraznos traídos de Perú (una caja de 94 los adquiere en USD 31). “Gano poco, apenas USD 1.50 por caja; ocho manzanas chilenas -que compro en el Mayorista del sur-, las vendo en USD 1. Todos perdimos con el cierre del ex Penal, creo que las ventas han bajado entre un 20 y 30%, los días de visitas a los detenidos (miércoles y domingos) ganábamos mucho con las frutas, pollo, carne y pescado. Les extrañamos”.

Torres, de ojos verdes y pelo castaño, ha pasado los últimos 16 de sus 65 años aquí. Heredó el puesto de su madre, María Lucrecia de La Cruz, quien trabajó 60 años; primero en el mercado de San Francisco, tres cuadras más abajo, y luego en el de San Roque.

“Ella se fue al más allá a los 80 años. Mis tres hijos partieron a España hace 12 años. Trabajan en supermercados. Les va bien. Quise visitarles, me negaron la visa a pesar de que tenía la carta de invitación”. Acomodó los babacos que trae de Ambato. “Cada uno lo vendo a USD 1; a veces, de chiripa, a un poquito más, USD 1.70”.

Torres vive en ciudadela Santiago, sur de Quito. Se levanta –como la mayoría- a las 03:00 para alistar el puesto desde las 05:00. Sale a las 16:00 y tapa las frutas con una carpa de plástico.

“Un grupo de ocho guardias se encarga de cuidar todo”. Ella se quedó esperando clientes. “Aquí seguiré hasta cuando Dios disponga”.

Torres dijo que al ex Penal llevaban toda clase de frutas, “menos uvas y naranjas, porque los internos las fermentaban y hacían vinos rancios; las uvas siempre fueron prohibidas”.

La vecina, Zoila Chicaiza, ya lleva 22 años en el mercado. Nació en Ambato. Ofrecía plátanos de seda y verdes, “para encebollados y sancochos”. Calificó de gran pérdida la salida de los presidiarios. “No ve que ellos y sus familias eran buenos clientes; cuando no venían los compradores de los barrios La Libertad, San Roque, Villa Flora, San Carlos y de otros sitios, los vecinos del ex Penal siempre compraban, de gana les llevaron”.

Pensaba retirarse a la casa a las 13:00. “Ya ajusté 74 años y el frío muerde, poca gente llega en la tarde. Sin el ex Penal, creo que las ventas bajaron al menos un 30%; si les ubicaban en otro sitio de Quito yo me iba con los presos”.

  • Comida para todo gusto

Subiendo unas gradas de cemento, recién lavadas, se accedía a la plataforma del patio de comidas. En el local Galo´s, de mariscos, Galo Guachamín, el dueño, ha pasado 23 de los 48 años que tiene en el comercio; primero de pollo asado, luego de mariscos. Es el presidente de los comerciantes, agrupados en 23 asociaciones reconocidas por el Municipio de Quito.

Le va bien. Las ocho mesas de plástico estaban repletas. En un rótulo anunciaba los productos: cebiches de concha, camarón, mixtos, encebollados, a un costo de USD 4 cada uno. Cien conchas grandes las adquiere en los puestos de la calle Cumandá a USD 18. Vive en el barrio Argelia. Tiene cuatro hijos y dos les ayudan: Romel y Pamela. También la esposa, María Muñoz.

Guachamín calculó en un 30% menos en ventas la pérdida por la salida del ex Penal. “Vienen clientes de barrios del norte y del sur de Quito, aquí las cosas son más baratas”.

Reconoció que los familiares de los detenidos adquirían zapatos, ropa y muebles en el llamado callejón La Ecuatoriana del mismo mercado.

“Sabemos que van a remodelar el ex Penal, sería bueno que construyeran un museo, no le veo como hotel de lujo, este es un barrio popular”. Guachamín recordó que San Roque se abrió el 10 de Agosto de 1981. “Antes funcionaba en San Francisco, cerca de la iglesia del barrio”.

Dio los nombres de las calles aledañas, las cuales están repletas de comerciantes: Loja, Cumandá y Rocafuerte. “Hay muchos vendedores ambulantes, ojalá la Policía Metropolitana les organice un poco”. Don Galo vestía una camisa celeste con rayas azules y usaba un gorro blanco. Parecía un marinero. Despachaba más de 150 cebiches y sopas por día. El plato más apetecido: sopa de mariscos a USD 4.50. Imposible escapar a la tentación de las conchas frescas, el cangrejo de pata gruesa, los camarones rosados. Delicioso.

Guachamín explicó que el 80% de los 3000 vendedores son mujeres.

Cerca del local de mariscos, Rosa Collahuazo preparaba hornado. El costo: USD 2.50 el plato.

Dijo que compró el chancho asado a USD 200 a “doña Nicolasa, de Sangolquí”. Usaba un mandil rosado. Ya lleva 32 años en San Roque. Hortensia Pilalungo, de Zumbahua, Cotopaxi, le ayudaba. Cerca de las 11:00 ya vendió la mitad del chancho. “Compro uno o dos chanchos listos para la semana; el quintal del maíz delgado, parejito, compro a USD 40 en Sangolquí”. Collahuazo manifestó que vendía muy bien a los internos. “Su salida fue una pérdida”.

Atrás quedaron los pollos asados, los caldos de gallina y de patas, servidos en mesas con manteles de plástico y flores de colores vivos. Otras gradas conducían a la plataforma de abastos:

Avena, aceite, azúcar, arroz, lentejas. Rocío Guilcatoma, una latacungueña de 42 años, mostraba en su puesto arroz varias marcas: Gallito, Silvia María, Rico, Osito, de Durán. “Una arroba de Osito (25 libras) adquiero en USD 11.25 en El Mayorista; la libra sale a 0.45 centavos; en esta plataforma hay 50 puestos de abastos; en el ex Penal había al menos diez tiendas que adquirían nuestros productos para preparar comida, pero ya no están”.

Rocío miró con ternura la estatua de madera de un Jesús del Gran Poder fijada en una urna de cristal; ocho floreros dorados destellaban alrededor de la urna, donada por las priostes Gladys Masapanta y Guadalupe Guanoquita. 18 de XI de 1988 se leía en una placa.

  • En la calle de los mariscos

La calla Cumandá, paralela al mercado, es de los pescados, cangrejos, concha y camarón, productos exhibidos debajo de multicolores parasoles playeros. John Peña, de 42 años, oriundo de Puerto Jelí, El Oro, vendía una sarta de cangrejos de pata gruesa (16 en total) a USD 18. “Son de pata gruesa; lo mejor de Jelí, la tierra de los mariscos”.

De piel tostada y ojos claros, John pertenece a la Asociación 8 de Marzo (seis socios), que aspiraba a ingresar al Mercado San Roque cuando lo reparen. “Sé que lo arreglarán, pues en la calle llevo 20 años y quiero adquirir un puesto en el interior”. Paga USD 150 de arriendo en La Libertad Baja. “Es un departamento pequeño, el costo del alquiler es alto, no queda más, ya que está cerca de mi negocio”. Los fines de semana vende hasta 40 sartas. Conocía que se quedó en el ex Penal, el Centro de Detención Provisional –CDP- (alrededor de 1500 detenidos). “Escuchamos que los llevarán a El Inca”.

Junto a los cangrejos, la pescadería Mar Azul estaba llena de clientes. En limpias bandejas se exhibían grandes albacoras, atunes, pampanitos y bagres. El jefe del local era Cristian Guamzaro, de 23 años, y recién graduado en Marketing por la UDLA. “La albacora es el mejor pez para el encebollado; el picudo, para el cebiche; una libra de atún cuesta USD 2; y una de picudo, USD 6, el producto nos traen de Manta y de Esmeraldas, en esta calle hay cinco pescaderías”.

El hermano de Cristian, Edwin, también ayudaba en la venta, al igual que los padres, Edwin y Maritza. Siete empleados fileteaban los pescados. Un gran cuadro, de acrílico, con tres barcos alegraba el local.

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Erika Tandazo en las afueras del ex Penal García Moreno. Foto: Galo Paguay/EL COMERCIO

  • Las ventas frente al ex Penal

En las calles Cumandá y Rocafuerte, frente al ex Penal, se levantan 12 locales que venden de todo: yogur, frutas, colas, caramelos… Erika Tandazo y su hija, Sabrina Paredes, atendían en uno. Tandazo cumplió 10 años en el sitio y se quejó por la salida de los internos del ex Penal. Siempre escuchaba historias duras de la gente que venía a comprar para llevar al interior de la cárcel. “Hoy solo están los del CDP, ojalá se queden más tiempo”. Al mediodía apareció M. Quiñónez, de Esmeraldas. Compró alimentos (USD 15) para su yerno, Jairo, quien está detenido desde hace tres meses. “Le acusó un señor ‘encorbatado’. Él intentó robar el celular a mi yerno, pero como no tuvo chance le acusó ante la Policía. Fue en La Marín; el juicio va lento”.

Quiñónez se perdió entre la multitud que esperaba la hora de visitas: las 11:00 de ayer.

Gloria Zurita, dueña de otro kiosko, ha pasado desde que tenía ocho años en el negocio callejero. Ya cumplió 36. “Somos de la Asociación Rocafuerte. Cuando había el ex Penal trabajábamos hasta las 19:00, hoy solo hasta las 16:00. Perdimos todos sin el ex Penal”.

La estridente música chicha salía de una tienda cercana. Lema dijo que los presos del CDP son contraventores y la mayoría detenida por juicio de alimentos. Sus padres, Miguel Lema y Victoria, le apoyaban en las ventas.

Las tiendas del barrio también han sido afectadas. Por ejemplo, la de la familia Gómez Minango, abierta hace más de 50 años en las calles Rocafuerte y Rodríguez Quiroga. Uno de los dueños, que pidió no mencionar el nombre, dijo que “ojalá construyeran un museo, no sería bonito tener un hotel de lujo en este barrio muy popular; con la salida del ex Penal perdimos los comerciantes; vendemos de todo, desde golosinas hasta papel higiénico; en verdad los extrañamos”.

En la otra vereda, Kléber Martínez, quien llegó hace siete años del cantón Zumba, en la Amazonía, calculó que las ventas de su micro comisariato bajaron en un 20%. “Esperamos que el CDP se quede un tiempo más”.

La gente de Runa Fashion, un local de bellas blusas bordadas de Chimborazo, es una de las pocas que está de acuerdo con el cierre del ex Penal. Pacha Atupeña, de la comuna Flores, cantón Colta, dijo que estaban más seguros y tranquilos. Las blusas varían entre USD 25 y 40. Las fajas multicolores: USD 10.

Muchos vecinos, como José Jiménez, igual sentían más tranquilidad por la ausencia del ex Penal. Pero los deudos, los comerciantes, lamentaban su cierre.

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Gloria Zurita en las afueras del ex Penal García Moreno. Foto: Galo Paguay/EL COMERCIO

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