Ruth Muñiz se enamoró de las aves y convive con ellas

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Evelyn Jácome. Redactora

Era apenas una adolescente cuando empezó a apasionarse por las aves. Cuando estaba en la universidad, le permitieron sostener en el brazo un águila. Por su inexperiencia no pudo detectar que el ave estaba incómoda, así que apenas la levantó, el ave se abalanzó sobre su cuello y le incrustó sus garras cerca de la yugular. “Me asusté tanto, recuerdo que hice todo lo que nunca se debe hacer: salí corriendo desesperada por la sangre y el aleteo de la enorme ave”, recuerda hoy Ruth Muñiz López, sentada junto a una de las águilas que ella adiestró.

Es la entrenadora española a cargo de programa de control de fauna en operaciones aéreas utilizando depredadores naturales que desde diciembre está en marcha en el aeropuerto de Tababela. Con la sonrisa y el buen ánimo que la caracteriza, cuenta que es bióloga y que su pasión son las aves. Llegó al país hace 14 años para participar en una investigación de este tipo de animales en el oriente. Maneja las aves con tanto cariño y naturalidad que pareciera que los halcones fuesen inofensivos. Pero no lo son.

Muñiz cuenta que los dos halcones y las cuatro águilas que participan en el programa que busca ahuyentar a las aves propias de la zona para que no causen accidentes en los aviones, fueron escogidas de entre otros especies porque son los depredadores naturales de los animales silvestres del sector. Son letales.

Recuerda que aquella vez que el ave la atacó, la herida se le infectó, pues esos animales tienen muchas bacterias en las uñas, de modo que si llegan a lastimar la piel, es muy probable que la lesión se contamine. "A pesar de eso estos animales me siguieron apasionando. Es increíble todo lo que nos enseñan", dice.

Vive rodeada de aves. Todo el día, desde el amanecer hasta que el sol vuelve a esconderse, Ruth comparte su día con halcones y águilas. Conoce su anatomía, sus necesidades, su personalidad e incluso su genio. Se levanta a las 06:30 y lo primero que hacen es sacar a las seis aves que forman parte del programa, de sus habitaciones y las lleva hasta el jardín para que reciban sol. Luego desayuna en compañía de otro de los entrenadores.

Luego hacen una inspección por la ruta perimetral del aeropuerto con una de las aves. Si encuentran en su trayecto animales silvestres que ponen en riesgo la operaciones de los aviones, hacen volar al depredador para ahuyentar a las aves a una sector alejado de la pista, la zona de embarque y las vías laterales del lugar.

Vive junto a los dos halcones y cuatro águilas en el campamento de Quiport, a unos 800 metros de la terminal aérea. En el lugar no tienen televisor, pues asegura que junto a sus aves el tiempo le queda corto y termina el día agotada, con ganas solo de descansar.

Cada una de los seis depredadores tienen si turno y su tiempo para actuar. Durante todo el día, Muñíz es quien enseña a volar a modo de cacería a las aves. La tarea no es fácil. Desde el 18 de noviembre, día en el que las aves llegaron de Alemania al país, ha trabajado con ayuda de señuelos y con diferentes ejercicios para que los animales desarrollen musculatura y técnica, y se encarguen de espantar los peligros para las aeronaves de Tababela.

La mujer además se encarga de hacer un monitoreo y seguimiento a las aves de la zona. Con libreta en mano, sale a recorrer las quebradas y las zonas aledañas para identificar las aves silvestres que existen y dentro de unos meses comprobar la efectividad del programa que están llevando a cabo.

En su cuerpo tiene un par de cicatrices, evidencia de las veces que ha sido agredida por estos animales. “Cuando empezaba fue por inexperta, luego por accidente, pero la verdad ya ni recuerdo bien cuándo me las hice”, dice la mujer.

A las 19:00, ella y su compañero adiestrador pasan a digital toda la información recolectada en el día: las actividades que realizaron, las tablas con el de peso de los animales, las llamadas que recibieron del centro de operaciones y las veces que acudieron a ahuyentar a kilicos, palomas, tórtolas, gorriones y búhos de la zona. A las 22:00 todos duermen.

Lea más sobre esta historia mañana, 15 de enero, en la edición impresa.

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