3 de November de 2011 00:02

Un rito que se repite cada finados

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Coronas fúnebres, rosas rojas y blancas y varios recipientes con comida y bebida preparadas se veía en las manos de las personas que, desde las 07:00 de ayer, llegaron al Cementerio Central de la parroquia de Calderón, ubicada en el norte de la ciudad.

En la estrecha puerta de entrada. Mariana Castillo, encargada de cuidar el cementerio desde hace 27 años, daba cordialmente la bienvenida a los visitantes.

“Buenos días, comadre Marianita”, le dijo Carmen Chúsig, moradora del barrio. Ella vestía una colorida falda, saco anaranjado, sombrero negro y en la espalda llevaba una canasta de carrizo con uchucuta (papas, con tostado molido, achiote y carne de res).

Junto a Chúsig estaban sus hijos José y Segundo Guano. Ellos llevaban dos jarras de lata, una que contenía colada morada y otra con chicha.

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A las 09:00 se ofreció una misa por las almas de todos los difuntos que descansan en Calderón. Delfín Tenesaca, sacerdote de la parroquia, presidió la misa.

Frente al altar se colocó un círculo con pétalos de rosas dividido en cuatro partes. En el lado superior izquierdo había dos recipientes de barro, uno con granos de maíz y otro con tierra.

Al otro lado se colocó una lata con incienso. En las dos partes inferiores la comunidad dejó varios alimentos típicos, como hornado, colada morada, entre otros.

Alrededor de 100 personas presenciaron la ceremonia. Después de la bendición del padre Delfín, las familias se dirigieron hasta las tumbas de sus parientes.

En la esquina norte del cementerio, Humberto Cruz limpiaba con una espátula la lápida de su hermano fallecido. Junto a él, sus primos pintaban el espacio de la tumba de blanco y café.

El ambiente en el cementerio no era fúnebre. Las tumbas lucían decoradas por flores naturales y pintadas de colores claros. Alrededor de ellas, las personas se reunían a conversar y compartir los alimentos con el difunto.

Cerca de ellos, la voz de Dolores Gualoto se escuchaba con insistencia. Ella repetía varios padrenuestros junto a una tumba.

Gualoto es una rezadora. Cada año, en época de Finados, ella y otras 20 mujeres de la parroquia llegan desde temprano al camposanto y rezan. A cambio, la familia comparte con ellas los alimentos que llevaron para sus muertos.

Sentadas sobre la tierra, junto al sepulcro de su abuelo estaban Juana y Elena Sigcha.

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Ellas sacaron de un balde verde un pollo frito, papas con cáscara y lo que llaman un combo (dos cervezas y una gaseosa negra). Entre risas comentaron que esa era la comida preferida de su difunto papá Ramón.

Con un delgado palo de madera hicieron un hueco en la tierra. En ese agujero depositaban los tragos que tanto gustaban al difunto. “Desde hace tres años mi mamá no está en el país, todos los años veníamos con ella a compartir la comida con papá”, dijo Juana.

A las afueras del cementerio, había siete mesas que vendían figuras de mazapán. Y disputaban el protagonismo con los puestos de comida, principalmente de hornado y tortillas de papa.

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