6 de December de 2011 00:04

El Quito que no queremos

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Susana Cordero de Espinosa / Catedrática universitaria

Que se nos permita, en estas fiestas, una reflexión a contracorriente, pues solo así se construye el pensamiento que no concede. La reflexión, la creación sirven si las impulsa la crítica; pero entre nosotros, el arte plástico, la literatura, la creación están de ella, por desgracia, completamente ayunos…

“La política urbanística de deterioro ambiental está sembrada en el alma de gobernantes y subalternos”, me dice Dolores, con la misma pena con que vemos perderse el paisaje de Quito entre inmensos carteles para consumo sin discrimen; perderse las montañas, los árboles, el silencio, el espacio invadido por la vanidad inútil del carro nuevo; Dolores Andrade, mi amiga escultora que nos da ejemplo de un arte sin concesiones, sin entrega a los facilistas -y horribles- halagos del ‘arte efímero’

Porque si todo es arte, nada es arte… Si todo es belleza, hemos perdido la belleza. ¿Quién, como en el juego infantil, la recuperará? Dolores recuerda el árbol de Navidad “más grande del mundo, por supuesto de hierro, para que dure”; grabado en su memoria, no solo deforma el entorno, para quien sabe verlo: lenta, quedamente, va deformando nuestra propia capacidad de percepción.

¡Pobre país plagado de “monumentos durables”: cemento, plástico, basura, que no solo deforman el entorno: lenta, quedamente, van trastornando nuestra capacidad de percepción.

Los monumentos de nuestras ciudades de antaño se construían de material noble: piedra, metal, exigencia hoy perdida. Sembramos de espantajos los ámbitos visibles de nuestras ciudades. ¡En Quito exhibimos sesenta y cinco quindes a escala mayor, decorados por distintos artistas!

Entre bombos, platillos y engaños de las fiestas se destacan colibríes de plástico ¡inmensos, inmóviles!, sobre una enorme base del mismo material; representan la nada que nos abruma; quitan, en el espacio que crean, el de las plantas y las aves reales.

Irán a engrosar el imparable cementerio de desechos en que convertimos, a precios inauditos, cada espacio nuestro…

Ante este proyecto, dice la artista, “me sobrecoge el recorrido mental por mi ciudad: su realidad árida, ni una flor en aceras intransitables, peor aún, en ventanas o balcones; árboles de 40, 100 años, remplazados sin piedad por el lúgubre tramado de los cables”. La antigüedad de casonas emblemáticas como el Palacio Arzobispal, (viejas piedras para el paso recogido de monjes que buscaban la conexión con lo divino) hoy solo ostenta un bellísimo patio y la capilla de la curia, pues otra de sus inmensas alas es lugar promiscuo de comidas rápidas, cafés net, estruendo de la mal llamada música, desacralización de todo pasado...

La Plaza Grande está colmada de torpes afiches políglotas, que interrumpen la mirada para anunciar que somos Capital Iberoamericana de la Cultura. Fachadas de casas pintadas de colores violentos, feos… Despojos…

“Todos somos responsables de estas rupturas; ¿por qué destruir la poesía silenciosa y permanente? El colibrí a escala gigante, ¿servirá para que apreciemos esa ave diminuta en su ínfima-inmensa magnitud?”. El de Dolores, desnudo de color, ve interrumpido su vuelo por un entramado de alambres de luz. Lo tituló“El vuelo del inocente”.

Así vuelan nuestros propios inocentes con sus alas atadas o cortadas: nuestros niños sin maestros críticos, de vocación profunda; así volamos hoy, instalados en el desperdicio presente y futuro, ¡creyéndolo bello!…¿Hasta cuándo, Padre Almeida?... ¡Y ojalá hubiera vuelta, regreso, retorno!

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