16 de October de 2012 00:02

El principal acceso al Catequilla, es ‘la vía del polvo y del olvido’

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Es el acceso principal a siete barrios del norte de Quito y no tiene bordillos, señalización ni asfalto. Tampoco iluminación, aceras ni parterres.

La vía de tierra, conocida como el acceso al Catequilla, es transitada por unas 2 000 personas al día, según Fernando Lugmaña, dirigente del sector. Está ubicada en el extremo nororiente de San Antonio de Pichincha.

Los vecinos de Carcelén de la Mitad del Mundo, Catequilla, La Antonia, Las Violetas, Zupirrosas, El Común y Santa Rosa deben transitar la vía para salir a sus trabajos, ir al colegio, a hacer compras o para realizar algún trámite en las instituciones públicas. En el sector no hay escuelas, mercados ni entidades bancarias.

Los vecinos la llaman ‘la vía del polvo y del olvido’. El camino empieza a la altura de las piscinas municipales del sector, donde finaliza la calle Chaguar.

Desde ese lugar, hasta Carcelén de la Mitad del Mundo, el pri-mer barrio, hay aproximadamente 1 kilómetro de distancia.

No circulan buses. El transporte más cercano pasa por la av. Equinoccial y 13 de Junio, en el pueblo de San Antonio.

Caminar desde allí hasta el barrio toma unos 25 minutos, 35 si se va con niños o con personas de la tercera edad.

Pasa un carro y se levanta una cortina de polvo. El cabello se ensucia y la piel se maltrata. El martes, a las 11:30, se ve a una mujer que se abre paso entre la nube de polvo. Es María Loma, vecina del lugar. Con su poncho azul se cubre la nariz y cuenta que ni siquiera los taxis quieren subir al barrio.

Si lo hacen, cobran USD 3 por una carrera que costaría máximo USD 1,25. “Hay camionetas que realizan recorridos y cobran USD 0,50. Pero son pocas y no siempre están disponibles. A veces toca esperar hasta 20 minutos. Por eso preferimos caminar, aunque eso signifique llegar con polvo hasta en la boca”, cuenta. Parpadea seguido y tiene sus ojos irritados.

Es imposible cruzar esta vía a pie sin que los zapatos se entierren a cada paso. Hay que caminar abriendo bien los ojos (a pesar de que el polvo, en ocasiones, obliga a cerralos), pues por esa misma vía por donde cruzan peatones, pasan autos y camionetas.

Lugmaña cuenta que la condición de la vía es la misma desde que recuerda. Y si en ocasiones ha mejorado, ha sido por el trabajo en minga de los vecinos. “Hace seis meses logramos legalizarnos. Espero que ahora las autoridades nos puedan tender una mano”.

Si un vehículo se aproxima, el peatón debe detenerse, orillarse o levantar una cinta amarilla que está colocada a un extremo y que advierte que la Empresa de Agua Potable está realizando trabajos, para poder abastecer del líquido a otros barrios lejanos.

Los vecinos aseguran que esos trabajos empeoran el estado de la vía. Carolina Loja, de 13 años, camina junto a los canales que los obreros han abierto para colocar los tubos. Ella dice amar esa tierra donde nació, pero no resiste más la falta de obras y las necesidades. Se cubre el cabello con su saco, cuenta que para ir a su colegio, en el pueblo, debe llevar un par extra de zapatos. Los viejos los usa para recorrer esta vía y cuando llega a la calle Chaguar se calza los zapatos de tacos altos del uniforme.

Su piel está seca y luce partida. La vaselina que cada noche se unta en el rostro no le alcanza para combatir al polvo.

Ofelia Dávila, presidenta de la Junta Parroquial de San Antonio, admite el pésimo estado en el que se encuentra la vía. Explica que el presupuesto con el que cuenta la Junta no alcanza para las numerosas obras que aún restan por hacer en el sector.

Según la funcionaria, el Municipio entrega a la Junta USD 115 000 al año para obras de infraestructura. Además, reciben del Gobierno de la Provincia de Pichincha unos USD 94 000. Es decir, un total de USD 209 000. “Solo pavimentar esa vía costaría USD 140 000. Y hay que recordar que San Antonio es enorme y está en crecimiento. Hay miles de personas y planteles educativos que también necesitan obras”.

Dávila explica que la Junta Parroquial busca un acuerdo con la Epmaps para que, una vez finalizados los trabajos, puedan dejar la vía en mejor estado. El problema, según Dávila, es que la principal alternativa en ese camino es el asfalto. “No podemos adoquinarlo, porque por allí transitan volquetas y dañarían el adoquín en cuestión de semanas. Los vecinos deben tener paciencia. Estamos trabajando en eso”.

Mientras tanto, a los vecinos no les queda más que cubrir su nariz y su boca con su brazo y caminar entre las cortinas de polvo.

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