27 de November de 2011 00:01

Una pareja que tiene como pasión la reparación de pianos antiguos

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‘Huber, ¿Le ayudo con el piano?”. Esa fue la frase con la que Patricia Álvarez se inició en el oficio de la restauración de esos instrumentos. Casi se podría decir que fue un capricho del destino. Recuerda que fue hace siete años y medio cuando insistió en acompañarle a su esposo, el ‘médico cirujano de pianos’, Huberto Santacruz, a reparar uno de cola, en el convento de San Diego.

Santacruz desarmaba el piano de 2,5 m de largo, cuando ella le ofreció su ayuda. Y empezó desde lo más básico, limpiando las piezas del teclado. Hoy es la única mujer en el país, y quizá en Latinoamérica, que se dedica a la restauración de pianos.

Cuando solicitan su intervención, ambos acuden al barrio o ciudad donde se encuentre el instrumento. Cuando la reparación requiere de un trabajo más minucioso, lo desarman y se lo llevan al taller. Este funciona en el número Oe3-89 de la calle Morales, conocida como La Ronda, en el fondo de un patio con piso de piedra.

En la puerta de vidrio se lee: Escuela Taller Huberto Santacruz. Las paredes están llenas de fotografías. Son turistas y amigos que han visitado el taller. A través de la ventana, el Panecillo resalta en cielo despejado de Quito.

Álvarez asegura que la técnica y los secretos del oficio los fue aprendiendo en el camino. El pasado viernes terminaba de reparar el primer órgano que llegó al Teatro Sucre. Un mandil cubría una blusa y un jean. Sus labios bien pronunciados sobresalen entre su tez blanca y su cabello rubio y largo. Tiene la voz clara y la mirada directa.

Con una lija de agua pulía cada una de las teclas blancas y negras. Sobre una mesa se veían pinzas, alambres, destornilladores, tijeras y otras herramientas. Cada tecla, en promedio, se compone de 15 piezas. Cada vez necesita menos asesoría del ‘maestro’ como ella le dice a Santacruz.

Él es parte de la cuarta generación de músicos en su familia. Nieto del músico Carlos Alberto Santacruz y bisnieto de Camilo Santacruz, también músico. Lleva el nombre homónimo de su padre, de quien recibió sus primeras lecciones de música y con quien aprendió a reparar pianos.

Lo recuerda como un caballero contento. A los ocho años, conoció su primera pianola. Fue en una hacienda en Latacunga. Él también empezó con lo más básico. “Mi papá me dio una brocha y me puso a recoger y a limpiar las piezas”. Así fue conociendo cada detalle sobre el funcionamiento de estas cajas musicales.

Su talento era innato. Lo desarrolló sin haber pasado por un conservatorio de música. Es por eso que confiesa que no sabe leer partituras. “La música no es una teoría, es una pasión”.

Al sentarse frente a una pianola negra de marca Playotone, el ‘fonsi’, sus largos brazos se estiran y sus dedos empiezan a bailar sobre el teclado que marca una romántica melodía. Ángel de luz suena en el patio de la vieja casa. Desde que terminó de repararlo, lo ha tocado a diario durante un año, dos meses y tres semanas. “Este guagua tiene apenas 102 años”, bromea cuando termina.

Lo acaricia con su mano derecha. La sonrisa se le marca con facilidad. Santacruz es alto y delgado. Una bufanda cubre su cuello y un sombrero su cabeza.

En la parte de abajo, en otra habitación, Álvarez le dedica unos minutos al ‘cuico’. Lo mira y le habla como si fuera un familiar enfermo. Se trata de un piano de cinco octavas y 180 años que perteneció a Huberto Santacruz padre. “Es que nos gusta ponerles nombre a todos los pianos”.

El ‘cuico’ lleva siete meses en ‘terapia intensiva’. Santacruz lo encontró en el gallinero de una casa. Lo reconoció por el labrado de los pedales. Cada día, los macillos, cuerdas, teclas y demás piezas vuelven a su lugar. Es una empresa compartida y un homenaje al padre de Santacruz. Cambia su tono de voz cuando responde que ninguno de sus tres hijos se dedicó a la música. Pero está convencido que entre sus cuatro sobrinos permanecerá el legado familiar.

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