3 de March de 2011 00:00

Oswaldo Vargas todavía arma las palabras con moldes de letras metálicas

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Oswaldo Vargas es uno de los pocos que en las imprentas aún arman los textos letra por letra. Tiene clientes que lo buscan para que elabore cintas con mensajes para bautizos, matrimonios y primeras comuniones. También hace tarjetas, calendarios y libros.

Este tipografista tiene 55 años. Sus manos lo delatan como artesano: están manchadas de grasa y pintura. Su anillo de oro, en su mano izquierda, apenas resalta.

Su taller está ubicado en la calle Venezuela N1-51, en el Centro. Allí comparte un patio trasero con un fotógrafo, un retocador, un restaurador y un joyero.Su taller es pequeño y allí no alcanza la máquina donde imprime los textos. Por ello, a un costado del patio adaptó un lugar para la estructura metálica. El cuartito tiene un piso de madera viejo y paredes verdes, donde se exhiben figuras del Divino Niño y calendarios. Sobre un sillón viejo, una silla oxidada y un escritorio están dispersas hojas de papel y los tarros con pintura.

Se inició en el oficio cuando tenía 10 años, por impulso de su madre. “Ella me decía que si voy a estudiar, tengo que aprender un oficio para defenderme en la vida. Antes, lo que los padres decían era una orden”.

La máquina Chandler tiene unos 150 años. Entre risas, Vargas dice que él ya se está acabando y la máquina pinta para seguir trabajando con otra generación.

El tipógrafo arma las letras, las coloca en un molde, las ajusta y las coloca en la máquina. “Después pongo la tinta en el plato, trabajada con secante, harina y gasolina, y hago la impresión. Con esta técnica se puede imprimir desde en fundas hasta en tarjetas”.

Ahora está imprimiendo bolsas plásticas. Hace 1 000 en una hora y por ellas le pagan USD 7.

De regreso a su pequeño taller, a 10 pasos de la Chandler, Vargas muestra un mueble con 10 pequeños y estrechos cajones. En ellos están distribuidas, en diferentes compartimentos, las letras. “¿Dónde está la ‘s’?”, y sin pensarlo, el tipografista mete la mano y la saca. “A ojo cerrado puedo agarrar la letra o el número que sea. Imagínese, metiendo la mano en estas cajas 45 años seguidos, cómo no voy a saber de memoria”, comenta con una sonrisa.

Sobre el escritorio están apiladas hojas de papel y pequeños libros de cubierta suave. Son de reflexión para la Semana Santa, que le pidió un cura. Todo trabajo lo hace bajo pedido.

Mientras Vargas muestra sus creaciones en impresión, saca a la luz pequeños detalles de su vida. “También dibujo, escribo acrósticos, poemas y libros cortos. Tengo un título académico en Periodismo y uno en Diseño Gráfico”.

Este tipografista sabe manejar el Adobe Illustrator y el PhotoShop. Con seguridad dice que puede combinar los dos métodos, el de la tecnología con el manual.

Confiesa que prefiere la tipografía y se queda con ella. “Es otro mundo, es pura creación. Con la computadora todo es más fácil y muy automatizado”.

Para él, la tecnología nunca podrá reemplazar a ciertas cosas de la tipografía. Por ejemplo, el repujado, esos pequeños dibujos o marcas en el papel. “Eso no lo hace ninguna computadora”.

fakeFCKRemoveSin titubeos sigue contando pasajes de su historia. Cuando tenía 30 años tuvo una imprenta en la calle Bolívar. Dice que era completa y daba empleo a 14 personas. Tenía a su disposición ocho máquinas, la voz se le quiebra y decide contar una etapa de su vida que le dejó marcado.

Se divorció, y cuando menos pensó ya estuvo transitando por los serpenteantes caminos del alcoholismo. “Tomé todos los días durante cuatro años”.

Nunca dejó de trabajar y ahora pasa pegado a la Chandler y a las letras fundidas en metal. Se muestra serio y a ratos intenta soltar una broma.

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