21 de December de 2010 00:00

Los que se opusieron al 6 de Diciembre

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 Hugo Burgos/ Antropólogo

Todavía suenan los gritos en el recorrido de las chivas o en las plazas, ¡Que Viva Quito!, festejando su fundación española. Taconeos y contorsiones de las bailadoras que recuerdan al conglomerado que es hora de bailar. Será tan cierta la simpleza que hasta las autoridades no se pierden un baile.

Las clases dominantes han sembrado el ensueño del regocijo con la nostalgia de una ciudad provinciana y enclaustrada, que ha desembocado ahora en una identidad cultural híbrida, acudiendo al “concepto de hibridación cultural”, de García Canclini. Allí, la banda de pueblo con su sonsonete quichua se entremezcla con el pop y con los ritmos colombianos y puertorriqueños. Se brinda programaciones donde ya no cabe la algarabía, y la farra se convierte en mascarada del olvido.

Algo emocionante, la esbeltez de desfiles estudiantiles, a la par de conjuntos tradicionales y modernos, hacen palpitar a una ciudad que, volviendo de la entelequia, se bate la inseguridad más insólita. Se festeja con orgullo su identidad cultural mestiza indoiberoamericana, a través de una estructura mental engañosa, internalizada desde hace medio siglo. Ser español y ser indio, pero no ser mestizo.

El prestigio está en la Plaza de Toros de Iñaquito, exhibición de la ecuatoriana con alienación postmoderna. Un mentís a la tradición quiteña, que olvida su procedencia colonial, “la llapanga”, adorable mujer mestiza que usaba “faldellín bordado, afollonado de damasco morado, guarnecido con una sevillaneta”.

Piernas expuestas, pero descalza. Juego de sombreros y muchachas hermosas, taurómanos, ganaderos y ejecutivos, apelando a la herencia que dejara España en la Plaza Mayor de la urbe.

Las fiestas de Quito nos han conducido a menospreciar las necrópolis de las civilizaciones indias que se opusieron al 6 de la fundación. Pues, nadie quiere recordar a los guerreros incas y nativos que defendieron su tierra y cayeron ante la invasión de soldados venidos de ultramar.

Si se festeja la invasión hispana, debe también festejarse la resistencia india. Para el 6 de diciembre de 1534, el asiento Quitu se había convertido en una ciudad inca que se esperaba ser ‘Otro Cusco’. A 11 meses del asesinato de Atahualpa, la desolación cundía y había llevado a los generales a buscar refugio en los montes del pueblo Yumbo, occidente de Pichincha.

Con cientos de mujeres, Tucumango, Quimbalenbo, Zopezopagua, Pinta, el Hatun Apu: Ruminavi y otros, activaban las alianzas que sabiamente habían formalizado antes, con curacas del señorío Yumbo del norte, Cocaniguas, Bolaniguas, Cachillacta, Mindo, Nono, Gualea, espesa montaña de bosque nublado. Este camino fue pre-inca, pero se acomodó a las necesidades de la guerra, de modo que se pusieron nombres incas, Ingachaca (puente del inga), Tambillos.

También los Yumbos del Sur tenían sus secretos, disponían de las minas de oro del volcán Ninahuilca y las de plata de Sarapullo. Todos traían a Quito coca, algodón, sal y nada menos que el oro. Aparentemente, este serviría para la ornamentación de algunos aposentos de Quito. Días antes de la muerte de Atahualpa en 1533, comenzaron a replegarse y esconder las piezas, que volvían a su lugar de origen. Este sería parte del tesoro que buscaba Benalcázar.

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