10 de September de 2012 00:01

Militares y policías atacan al fuego sin equipos

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‘A los bosques me interno yo, a llorar mi soledad y los bosques me contestan, lo que has hecho estás pagando…”, era la canción de Azucena Aymara, que sonaba a presagio en el radio de la bombero Soraya Maldonado. Lo tenía guardado en uno de los bolsillos de su traje.

Dice –medio en broma, medio en serio– que es “para animar la mañana que estaba prendida en las alturas del cerro Auqui”.

Con manguera en mano trataba de sofocar, junto con 30 compañeros más y 50 policías metropolitanos, el primer incendio forestal del día.

Por el estado de emergencia declarado por el Comité de Operaciones de Emergencia (COE) a los 450 socorristas del Cuerpo de Bomberos se sumaron 150 efectivos de las Fuerzas Armadas, 100 de la Policía Nacional, 100 de la Metropolitana y 50 bomberos de otras ciudades.

La alerta de que el siniestro de este sector se había reactivado, los puso a trabajar desde las 06:00.

Mientras se sirve su rancho (desayuno) Maldonado no esconde su rostro ‘maquillado’ por el humo y cuenta que es necesario el apoyo de policías metropolitanos y nacionales. “Nosotros no podemos solos, no nos abastecemos con todos los incendios, cualquier ayuda es buena”.

A pocos metros estaba Tomás Zambrano, miembro de la Policía Metropolitana. Internado dentro de la montaña, su uniforme ya no era azul marino, se había manchado con el polvo que levantaba el viento mañanero y sus botas negras estaban cubiertas de tierra.

Cuando veía salir humo de algún lugar del monte, en seguida lo combatía con palazos.

Con una camiseta improvisó una mascarilla, él y sus compañeros no tenían equipos contra incendios que los protegieran.

Aun así, tomó una porción de maguera y ayudaba a los bomberos a llevarla a otro sitio.

Ahí gritaba: “Mira por abajo del cerro, se está prendiendo”. Y fue verdad. Eran las 10:05 y el viento conspiraba en contra de todos lo que trataban de controlar el fuego. La alerta corrió por las radiofrecuencias y los presentes pasaron la voz. A lo lejos se escuchó: “¡Ya suben los militares! Esto era una guerra declarada”.

El sol imponente del mediodía bañaba al cerro Auqui, acompañado del viento que, sin misericordia con los bomberos, policías, metropolitanos y militares, despertaba a las cenizas para iniciar otra vez el incendio.

Al pie de la montaña, limitando la av. Simón Bolívar, 35 policías nacionales armaban una piscina de 2 metros cúbicos, para que desde ahí los bomberos, con 200 metros de manguera, llevaran 10 000 galones de agua y así combatir las llamas.

Ellos usaban solo camisetas de camuflaje, no tenían overoles ni cascos. En esas condiciones cada uniformado iba al encuentro del humo y el calor del siniestro. Era una batalla sin cuartel, que nadie quería perder.

En 10 minutos, 53 militares de la Primera División del Ejército Shyris, llegaron como refuerzos.

“Cuidado pisan en algún pastizal prendido”, fue la primera advertencia que le dieron al capitán Galo Mosquera, pues las botas de caucho y tela que utilizaban él y su tropa no resistirían el intenso calor en el suelo. Ninguno de ellos contaba con equipo especial contra incendios. Solo tenían machetes y ramas de los mismos árboles para combatir el fuego.

Cada soldado se confundía en medio de la humareda. Veinte minutos más tarde, varias ampollas en los dedos de las manos fueron el primer resultado de la ofensiva militar.

El policía William Arroyo también fue otro afectado. A pesar de las quemaduras continuó con su trabajo en la montaña.

Un cordial apretón de manos entre bomberos, militares y policías parecía el símbolo del triunfo. La alegría duró poco.

Pasaron cinco minutos y un ventarrón corrió sobre los residuos de las llamas y otra vez empezó de cero la contienda.

La preocupación de cada una de las Fuerzas del Orden no se pudo disimular, más aún cuando por radio avisaban que El Panecillo se estaba quemando. Eran las 13:00 y el fuego continuaba.

Las gotas de sudor del sargento Abelardo López caían sobre su frente. Les decía a sus compañeros que habría que rodear al fuego. “A los flancos, soldado, a los flancos”, gritaba. Mientras tanto, el sargento Édison Feijó daba el aviso a los bomberos para que lanzaran agua al centro de las llamas. “Con fe, con fe”, decía. L a lluvia artificial caía sobre los árboles y cabezas rasuradas. De policías y militares no hay cifras sobre heridos. Ellos se integraron desde el viernes pasado. Por los incendios forestales 25 bomberos han presentado fracturas, contusiones y uno resultó electrocutado.



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