11 de July de 2010 00:00

La Mariscal es un abanico abierto de opciones para los cubanos

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Edwin Alcarás

Desde hace varios meses, en La Mariscal, el epicentro bohemio de la ciudad, se habla con acento cubano. Decenas de foráneos han encontrado trabajo en los bares de ‘la zona’.

Cada uno tiene su historia. Cada historia es una pieza de un rompecabezas complejo y doloroso: el del exilio de un pueblo.

Economía doméstica

Cuando Magdalena habla de La Habana, la ciudad donde nació hace 26 años, su rostro se ensombrece. Allá se quedaron su hermana y su sobrino recién nacido, allá se quedó su pasado, su memoria y sus amigos. Allá se quedó un pedazo de ella, que ahora le duele recordar.Lleva siete meses en Quito. La mejor manera de resumir su experiencia en esta ciudad es la sonrisa triste que pone cuando se le pregunta qué le parece el país. Suspira y luego contesta: “Aquí los cubanos no somos bien vistos. Cuando te tratan bien, te tratan muy bien; y cuando te tratan mal, te tratan muy mal”.

Magdalena, por supuesto, no se llama así. Casi ninguno de los cubanos que trabajan en el sector de La Mariscal quiere identificarse con su propio nombre.

Magdalena ni siquiera quiere proponer un seudónimo. “Ponle el nombre que tú quieras, pero no digas dónde trabajo”, dice con su sonoro acento tropical.Es joven y morena. Tiene unos grandes ojos color miel. Hace poco menos de un año se graduó de Economista por la Universidad de La Habana. En Quito trabaja en un local de sánduches. Atiende de 10:00 a 22:00. El salario, dice, es mejor de lo que ganaría allá como profesional.

A diferencia de muchos de sus compatriotas, Magdalena es tímida. Habla en voz baja y casi nunca sonríe. Declina con cortesía todo intento de conversación. Ha aprendido a desconfiar de los ecuatorianos. Del mismo modo como los ecuatorianos desconfían de ella.

Pasó tres meses sin conseguir trabajo. “Me miraban con suspicacia y me hacían preguntas. Cuando hablaba, me interrumpían y decían que si era cubana el puesto no estaba disponible”.

Lo mismo le pasó en su búsqueda de departamento. Fue una romería larga y penosa que duró cerca de un mes. Apenas escuchaban su acento, las dueñas, en su mayoría señoras mayores, ponían precios exorbitantes, o le decían que ya estaba arrendado. O, simplemente, que preferían inquilinos ecuatorianos.Por un giro del azar, Magdalena logró contactar a un antiguo amigo de su familia, un ingeniero que había sido becario en la isla. Él había abierto hacía poco un pequeño local de comida rápida. Ahora ese local está decorado con fotografías en blanco y negro del centro de La Habana.

Carnicero a la puerta

Omar es el niño de los ojos de su madre. Tiene 22 años y lleva un mes como portero sin sueldo en un bar recién inaugurado. Le gusta vestir deportivo, con diseños vistosos. Es risueño, extrovertido y ve el futuro con confianza.

Sus opiniones corresponden a la fortaleza y confianza de su edad: “Los cubanos somos gente fuerte, acostumbrada a sobrevivir en las peores condiciones. Muchos han intentado eliminarnos. Y, mira, seguimos aquí, o allá, o en cualquier parte”, dice con una sonrisa que dibuja dos agujeros en sus mejillas.

Se vino de un día para el otro, sin anunciárselo a su familia, para buscar dos sueños: el del amor (es novio de Magdalena, quien trabaja cerca de él) y el del progreso económico. “En Cuba no hay futuro. No hay libertades como las de aquí, no hay nada”.

Está tranquilo, por ahora. No le importa trabajar ‘ad honórem’, pues así demuestra su seriedad y sus ganas de superarse.

En Cuba, Omar era carnicero. Allá ese es un oficio complicado. En la isla, la carne de res es una especie de mito burgués, porque está prohibida su tenencia. “Si eres carnicero en Cuba, te dedicas básicamente a las aves. Si es que alguien es encontrado con un filete, lo meten preso”.

Omar soñaba con otras condiciones de vida cuando leía en su correo electrónico las cartas en las cuales Magdalena le describía al Ecuador. Cuando finalmente pudo ver la realidad de este país solo tuvo dos palabras para describirlo: “un paraíso”.

Esa descripción, que a un ecuatoriano le puede parecer excesiva, Omar la ha extraído de los centros comerciales. “Esas tiendas gigantescas con esa cantidad y variedad de productos... Ustedes tienen un gran país. Apenas se llega, uno siente que aquí hay posibilidades”.

Maestro de seguridad

A pocos pasos de la Plaza Foch hay una cervecería que es una sucursal del trópico cubano en medio de los Andes.

Apenas se ingresa, sale al paso un hombre fornido, de 1,85 m, que lleva una camiseta negra estampada, con letras blancas que dicen “Seguridad”. Roberto trabaja como jefe de seguridad desde hace cerca de un año.

En Cuba se graduó de la carrera de Cultura Física. Durante 10 años fue profesor en un instituto para niños y adolescentes. El trato con los alumnos le dio desenvoltura léxica y una inconmovible confianza en sí mismo.

Los principios de psicología y pedagogía que aprendió en la universidad le han ayudado en su nuevo trabajo. “La herramienta más poderosa del ser humano es la palabra. Y es la primera que aplico cuando se suscita alguna situación. Si es que no funciona, hay autoridades locales a las que hay que acudir. Hasta ahora no ha habido problemas”.

Su posición frente a la vida sintetiza un poco el espíritu ilustrado cubano. “Cuando vas a un país, tú tienes que adaptarte a las costumbres, a la ideología, al pensamiento, en una palabra, a la cultura política de ese país”.

La cultura política del Ecuador le produce una impresión ambigua. Para un maestro cubano, dice, siempre será triste constatar que la educación no sea un derecho universal, sino que dependa del tamaño de una billetera. “O que la salud de la gente esté a merced de los caprichos de una tarjeta de crédito”.

“Pero no me malinterpretes, yo vivo aquí porque quiero. Yo debo adecuarme a este sistema y no al revés”. Antes de salir de Cuba, Roberto también participó en las misiones de ayuda que su Gobierno envía a varios países.

Conoce las debilidades de ambos sistemas. Pero prefirió instalarse en Ecuador porque, pese a todo, aquí encontró una opción de vida que le gusta por ahora, “después ya se verá”.

En esa misma situación, en esa misma espera, viven decenas de cubanos que encontraron en La Mariscal, su opción de vida.

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