13 de May de 2012 00:00

‘Mamás’ de bebés que no nacieron en su vientre

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Son las 11:30 del pasado jueves. Un nuevo recién nacido ingresó a la sala de Neonatología de la Maternidad Isidro Ayora. “Código ocho, confirmado”, gritaron las enfermeras. El personal se dirigió rápidamente a la habitación 204, adonde fue trasladado el niño.

Allí permanecían otros siete bebés, a cargo de Adriana Sinchiguano, enfermera de cuidado directo de la maternidad.

Sinchiguano entró a la habitación y observó al nuevo bebé. “Chiquito, no tiene la culpa”. Lo tomó en sus manos y le acarició. Con cuidado le retiró su ropa, le cambió el pañal y lo envolvió en una manta de algodón blanca, para acomodarle en una cuna.

El niño, de cabello oscuro, cerró sus ojos. Él ignora su situación. Ella tenía la esperanza de que los resultados de un nuevo examen arrojasen un diagnóstico contrario. Le detectaron sida.

La enfermera que estuvo a cargo del niño lleva siete años realizando este trabajo. Se encarga de cuidar a los bebés que ingresan a la sala de Neonatología. Ella cuida niños ajenos, mientras los suyos (Sebastián y Valentina, de 6 años y 1 año y 10 meses, respectivamente), se quedan bajo la tutela de Susana, su madre.

Ya en la casa aprovecha el tiempo libre para ayudarles a hacer los deberes, jugar y compartir.

Las mamás de los niños que están en esa sala no pueden permanecer allí. Ellas deben ir cada tres horas para alimentarlos. Las enfermeras de cuidado directo, como Sinchiguano, suplen a las madres y durante seis horas, tiempo promedio de un turno, se dedican a los bebés que nacen con bajo peso, son prematuros, tienen problemas respiratorios, malformaciones, etc. “A mis pequeños pacientes les trato como si fueran mis hijos. Por el contacto permanente me encariño con ellos”.

En la sala de Neonatología hay seis habitaciones. Lesly Cuascota, compañera de Sinchiguano, celebrará el Día de la Madre velando en la maternidad. Lleva seis meses en esta área y tiene mucha destreza para cuidar a los niños. Comentó que la experiencia la adquirió con su hija Keyla, de 3 años. La niña se quedará con su abuela este domingo, mientras su madre cuidará a otros bebés.

“Es un esfuerzo que vale, porque es por el bien de mi hija”.

El jueves pasado tuvo que atender a ocho menores en la habitación 1. Confesó que al inicio sentía temor por las responsabilidades que implica. Ahora se siente tranquila. Ni los llantos de sus pacientes alteran su ánimo.

Durante el tiempo que lleva en esta sala ha aprendido a identificar cinco tipos de llantos. “Los bebés se lamentan porque tienen hambre, calor, dolor, están incómodos o quieren que se les cambie el pañal”.

El niño Valdivieso comió hace pocos minutos. Su madre, Lidia, subió a alimentarlo, pero el infante parecía no estar satisfecho. “Seguro se quedó con hambre”, comentó Cuascota. Tomó al menor en sus brazos y levantó la cabeza del bebé para darle el biberón. “Coma mi amorcito, para que se recupere pronto”. Cuando terminó, lo cargó y con mucho tino le dio unos golpes suaves en la espalda, para sacarle los gases.

Más al fondo, en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), había ocho bebés. Seis eran prematuros. Estaban en incubadoras o conectados a ventiladores mecánicos, sueros y otros equipos.

En este lugar, que tiene capacidad para 12 pacientes, casi no se escucha el llanto de los menores, solo el sonido de los aparatos.

Angélica Veloz, de 33 años, aún no es madre, pero tiene siete años de experiencia en el cuidado de los niños de esta área, considerada crítica. Cada hora debe vigilar los signos vitales de sus pacientes. El jueves estaba a cargo de dos: la niña Durán y el niño Salvador.

La primera en recibir atención fue la niña. Ella nació a las 28 semanas. Tenía problemas respiratorios y la sometieron a fototerapia. La pequeña tiene una venda negra en los ojos. La usa como protección. A diferencia de los niños de las otras habitaciones, los bebés de la UCI solo usan pañal. La cuna donde descansan tiene calefacción todo el tiempo.

Veloz levantó suavemente el brazo de la pequeña para tomarle la temperatura. Revisó sus signos vitales. Le cambió las vendas, que estaban alrededor de la boca, sujetando una sonda gastrointestinal (para recibir alimentación).

Le puso tintura de benjuí en la zona donde tenía los esparadrapos, para proteger la piel. Después, con los dedos de su mano derecha masajeó el tórax de la pequeña, para estimular sus pulmones. “Ya mi corazón. Todo va a estar bien”, susurró.

En cinco meses, Veloz será mamá por primera vez. Sabe que cuando nazca su hijo se enfrentará a algo nuevo, a pesar de la experiencia que tiene en el cuidado de bebés. Para ella está claro lo que es ser segunda madre, pero no lo que es ser madre.

En estas salas de la maternidad, los niños dependen todo el tiempo de ‘madres sustitutas’. Ellas controlan el pulso de sus vidas.

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