Quito

Leer, terapia para el adulto mayor

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17 de July de 2011 00:02

La puerta verde de hierro forjado del parque de Chillogallo, en el sur, es el punto de encuentro de un grupo de 30 adultos mayores.

Los miércoles, desde las 09:00, se reúnen en este sitio para participar de los talleres de lectura, del programa municipal Quito Lee.

El estrechón de manos y unos cálidos buenos días van y vienen.

Son puntuales. Algunos, como Lucrecia Imbago, llegan hasta con media hora de anticipación.

Mientras esperan que se abra la puerta de la capilla antigua de Chillogallo, lugar en el que se congregan, conversan.

Otros -como Rosa Suárez- tejen con croché un pequeño bolso.

Como niños que van a la escuela se emocionan cuando la clase va a empezar. En sus rostros hay sonrisas. No llevan libros ni cuadernos, porque muchos ya no ven bien. Pero tienen interés en escuchar lo que les van a leer.

Cada mes revisan un libro nuevo. Desde agosto pasado -que se inició el proyecto- han leído 8; entre ellos, ‘Infantasía’ ,cuentos para niños y jóvenes, y ‘Las Cruces sobre el Agua’, de Joaquín Gallegos L.

Al ingresar a la capilla dejan sus bolsos a un lado. A pesar del frío mañanero, como el que hizo el miércoles pasado, se quitan sus chompas. La jornada empieza con la bailoterapia, una dinámica para entrar en calor.

Durante 30 minutos, el instructor, Holger Nieto, danzante profesional e integrante del grupo Samay, les hace bailar con ritmos andinos y nacionales. El grupo se mueve en círculo.

Aunque Amalia Gamboa, de 79 años, solo arrastra los pies no deja de mover las manos. “Los ejercicios me hacen bien, porque en la casa no hago nada”.

Luego del baile entran en escena los capacitadores, Winy Flores y Fernando Andrade, quienes cargan dos libros: ‘Palabra Mágica- Narraciones de la Amazonía’ y el otro, ‘Mitología Griega’. Antes de empezar la lectura, Flores les pregunta sobre qué libro recuerdan y por qué.

¡El de coplas! responden en coro. A Anita Vizcaíno, la líder del grupo, le recuerdan los carnavales en Guaranda. “Allí los hombres cantan coplas a las mujeres. Recuerdo mi juventud”. Este libro lo leyeron en marzo pasado y aún está presente en sus memorias.

A Carmen Sánchez, de 49 años, le gustó este mismo libro porque también contenía ejemplo de arrullos. Le sirvió para cantarles a sus nietos.

Fernando Andrade les lee una fábula de un Cofán que no podía cazar y pidió ayuda a un pájaro de la selva. Mientras la lectura avanza, los adultos mayores se quedan quietos y en silencio. En la capilla se escucha solo la voz de Andrade, quien camina de un lado a otro.

Todos lo miran con atención. La fábula termina cuando el cofán aprendió a cazar y se hizo un guerrero. Al final ellos aplauden.

Norma Vega, de 50 años, asiste a los talleres por terapia. Hace tres años le dio parálisis y quedó inmovilizada de la cintura para abajo. El médico le recomendó mantenerse activa. “La lectura mantiene mi cerebro ocupado, además nos ayuda a desenvolverme y perder el miedo para hablar en público”, opina Vega, quien volvió a caminar después de terapias.

La clase continúa. Flores les vuelve a preguntar sobre una historia que recuerden de Quito .

“La del fantasma en el río Machángara”, se escucha al unísono.

En el libro ‘Infantasía’ se relata el Espectro del Molino. El personajes es un hombre avaro y codicioso, dueño de un molino, y acumuló fortuna explotando a sus trabajadores. Murió y su alma penó en el Molino. Un día se le apareció a un joven y le pidió que repartiera ese tesoro entre los pobres para que su alma descansara en paz.

Este tipo de historias despiertan la conversación en el grupo conformado, en su mayoría, por mujeres. Édgar Rodríguez es el único hombre. Teresa Zambrano, oriunda de Manabí, es la que más cuenta historias de fantasmas.

Para Genoveva Tipán, de 70 años, las charlas son una distracción. La transportan a otra época.

Todos piden a sus hijos que le lean en casa los libros que les regalan en el taller. Juanita Amagua impulsó a su nieta a la lectura. La niña escribió un cuento y ganó el concurso de cuentos Micro Quito. El taller termina. Los adultos mayores vuelven a ponerse sus chompas y bolsos. Se despiden con el mismo entusiasmo con el que se encontraron.