16 de May de 2010 00:00

La hemeroteca pública tiene su cofradía

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Edwin Alcarás

Con gesto inquieto y la barba desarreglada, Xavier Martínez entra en la Hemeroteca de la Biblioteca Municipal. Es casi mediodía.

Mira a un lado y a otro, mientras cruza, apurado, hacia el fondo. Ve a un par de jubilados con los rostros fijos en la prensa nacional y a dos jóvenes, vestidos con ternos deslucidos, que examinan los Clasificados.Cuando llega al final de la sala, la bibliotecaria lo saluda por su nombre. Él le devuelve el gesto de confianza diciéndole: “Disculpará que llego tarde. ¿Ya tomaron lista?”. Y ella: “Ya. Le pusieron falta. Todos fueron a almorzar”. Martínez ríe.

El cabello completamente blanco le llega hasta los hombros. Tiene un bigote profuso que le cae sobre una barba larga y abultada, que le da un cierto parecido con Karl Marx, aunque él repudia todo lo que huela a “los socialistas del siglo XXI”.

El abogado quiteño de 60 años es uno de los miembros más efusivos de esa especie de cofradía espontánea que habita la Hemeroteca pública de Quito. Está conformada mayormente por jubilados y desempleados.

Y en menor medida por profesionales aburridos y algún eventual estudiante en busca de un artículo especializado.

Martínez pertenece a la variante de los profesionales aburridos. Lee toda la prensa antes de ir a su oficina en el World Trade Center. La lectura le sirve, además, como una excusa para hacer ejercicio. Tarda una hora y media en llegar a pie, dice, desde su casa en El Condado hasta la Plaza Grande.A la pregunta, obvia pero necesaria, de ¿cómo es eso posible? contesta solo con una sonrisa entre irónica y sabionda. Luego añade como explicación: “Vengo por la 10 de Agosto saludando a las señoras de los negocios. Ahí también me conocen”. Sonríe.

La hemeroteca es una especie de paréntesis de la vida cotidiana, que funciona en un salón de 10 m de largo por 5m de ancho, en la primera planta de la Biblioteca Municipal.

La mayoría de sus cofrades no son tan abiertos ni su actitud es tan expansiva como la de Martínez. Exiliados de los horarios laborales escarban periódico tras periódico, en riguroso silencio, como buscando algún secreto.Hay unos más aplicados que otros. A Jorge Mantilla, un vendedor de libros de 82 años recién cumplidos, le conocen en la Hemeroteca como ‘El poeta’. En realidad, el hombre es un caso ejemplar de la diversa y compleja ilustración que pueden otorgar los periódicos y las revistas.

Todos los días, entre las 08:30 y las 09:00, el hombre cruza la sala con sus pasos sosegados y se sienta en la pequeña sala de revistas que está unida a la hemeroteca. Lee todos los diarios.

Sus exigencias en cuanto a la actualidad no son rígidas. A veces tiene que leer ediciones atrasadas, porque solo llega un ejemplar de cada diario y generalmente ya está prestado.

Es un aficionado a toda clase de frases bellas y un recopilador de datos bizarros. En una conversación de cinco minutos, Mantilla puede citar a Víctor Hugo, Charles Baudelaire, Facundo Cabral e improvisar un discurso sobre la imperturbabilidad del alma. Discurso que mezcla filosofía zen, un poema a la madre, el número de neuronas de un ser humano y una muy personal interpretación de las teorías de Aristóteles.

Puede hablar horas enteras sobre la vida y sus secretos, pero es cicatero con su vida privada. Luego de muchos rodeos se le escapa que toda su familia está en Estados Unidos.

-¿Qué hacen allá? ¿Usted habla con ellos?

-Edison dijo... Fue ese o fue Churchill... ¿Cómo se llama?

-¿Thomas Alva? ¿Winston?

-Sí, eso, eso. Edison mismo era. Una vez que a él le preguntaron sobre su vida, dijo: “La vida es para vivirla, mas no para contarla”. Lo mismo digo yo.

Disfruta la compañía. Le gusta memorizarse los nombres de los que hablan con él y es capaz, incluso, de invitarlos a visitar la pequeña pieza en la que vive desde hace años. “En la casa del doctor Eugenio Espejo, en la calle Maldonado S170”. En el camino, además, los invita a unas colaciones de USD 0,25 la funda.

Viste según la más correcta moda del siglo pasado, con traje semiplanchado, chaleco terminado en puntas y una cachucha de cuero que cubre sus cabellos blancos y delgados.

La hemeroteca es también un espacio para los sueños, un lugar para consolar la desesperación de no conseguir trabajo. Esta variante de usuarios es la más empeñosa, sentada con un esfero y con un juego de papeles, generalmente sucios y arrugados.

Algunos sí tienen trabajo, pero quieren cambiarlo. Julio González (el pidió este seudónimo) ya lleva cuatro años como guardia de seguridad. Le pagan puntual y está afiliado al Seguro Social, estaría satisfecho de no ser por un detalle. “Uno es como un fusible. Si pasa algo, el primero que muere es uno”.

Cada vez que se pone el uniforme piensa en sus dos hijos, Adriana, de 3 años, y Darío, de 6 meses. El recuerdo de los niños le retiene en las 12 horas que dura su turno como vigilante de una hacienda en Conocoto.

Si no los tuviera ya se hubiera ido a buscar suerte, como tantas veces hizo, en Cuenca, Santo Domingo, Lago Agrio, Machala y otras ciudades, desde que abandonó su natal Loja.

Sus turnos nocturnos le han enseñado algo que al resto le podría parecer trivial, pero que para él es una verdad grande como su necesidad de trabajo: “El organismo está diseñado para dormir en las noches. Nada puede alterar eso”.

El guardia de 36 años luce una barba incipiente que ensombrece más su rostro moreno. Lleva 4 meses yendo tres veces a la semana a la hemeroteca, pero no ha encontrado nada. “Sí, hay algo, pero de guardia mismo”, sonríe y el gesto acentúa sus ojeras.

En este paréntesis que es la hemeroteca, el tiempo corre a una velocidad menor. Los sueños de estas personas flotan en el aire, buscando materializarse en las hojas maltratadas de esos periódicos. Así pasan los días de esta cofradía humilde, casi secreta.

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