6 de June de 2011 00:02

Fidelísimo quiteño

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Quito y su historia. Juan J. Paz y Miño / Cronista de la ciudad

La Revolución de Quito (1808-1812), pionera en instalar una Junta Soberana el 10 de agosto de 1809, con la que se inició el proceso de la independencia del actual Ecuador, tuvo una fase "fidelista" indudable, es decir, proclamó fidelidad al Rey. Esto ha conducido a que cierta corriente regionalista y revisionista en Guayaquil niegue a la revolución quiteña su primacía en la época independentista del país.

Pero el asunto debe tratarse con la comprensión del hecho en el proceso vivido y no en forma aislada. En toda la Hispanoamérica, la invasión de Napoleón a España y la prisión del Rey (1808) provocó la primera reacción “oficial” en las colonias: en todas partes se proclamó la inmediata fidelidad a Fernando Séptimo.

El Cabildo de Quito lo hizo apenas tuvo conocimiento del suceso, en su reunión extraordinaria del 6 de octubre de 1808, presidida por Pedro Pérez Muñoz, alcalde ordinario de segundo voto, en la cual se expresó“Que han consternado con el más vivo dolor sus corazones, las infaustas noticias que ha conducido el actual correo de Santa Fe, anunciando la execrable perfidia con que Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses, tiene prisionero a nuestro Rey y señor natural, el señor don Fernando Séptimo con su real familia, aspirando a la abdicación de la corona en él”.

Y se declaró: “esta fidelísima ciudad no reconoce, ni reconocerá otro soberano que al señor don Fernando Séptimo, aunque sea a costa de la última gota de la sangre de sus venas, que derramará con la mayor gloria”. Suscribieron el Acta: Pedro Pérez Muñoz, Juan Donoso, Joaquín Sánchez de Orellana, Mariano de Bustamante, Melchor de Benavídes, Pedro Calisto y Muñoz, Joaquín Tinajero, José Guarderas, Simón Sáenz de Vergara, Rafael Maldonado, Juan José Guerrero y Mateus, Manuel Zambrano, José Fernández Salvador, Víctor Félix de San Miguel, Francisco Javier de Salazar y el secretario Manuel Calisto y Muñoz. Constan, los nombres de algunos criollos quiteños que al año siguiente estarán comprometidos en el movimiento revolucionario del 10 de agosto.

El fidelismo del cabildo era la lógica posición política de un aparato del Estado. Asumía también una posición “nacionalista” frente al invasor extranjero.

No podía esperarse otra actitud en medio de la incertidumbre por la invasión francesa y la prisión del Rey. Y respondía a una realidad evidente en las condiciones sociales de 1808: “toda” la población tenía como legítimo soberano de la autoridad derivada de Dios, a Fernando Séptimo.

El pensamiento ilustrado, cuyo máximo cultivador fuera Eugenio Espejo (1747-1795) y que continuó con sus discípulos, así como las lecturas revolucionarias capaces de inspirar un proyecto autonomista y hasta independentista, había prendido en un puñado de quiteños intelectuales y profesionales.

Era imposible que ellos, ajenos al poder y a los aparatos de Estado, pudieran irrumpir con propuestas antimonárquicas. Sin embargo, la situación en España creó las condiciones propicias para su acción. Y en diciembre del mismo 1808, en Navidad, varios criollos quiteños se reunían por primera vez para confabular, con un proyecto autonomista en la mira.

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