13 de November de 2011 00:07

Ella soporta el trajín de llevar y traer pasajeros

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Al año de casada, en el Hospital del Seguro le dieron una noticia dolorosa: no podía quedarse embarazada. Silvana Morales lleva cuatro años de matrimonio con Édison Montaluisa y la ilusión de tener un hijo le obligó a someterse a un riguroso tratamiento de fertilidad. Según el diagnóstico médico, tenía obstruidas las trompas de falopio. La razón: haber pasado 12 años conduciendo los articulados de la Empresa Trolebús.

“Con una operación, me daban el 10% de posibilidades de quedarme embarazada. Mi esposo no aceptó, porque corría mucho riesgo. Por pasar tanto tiempo sentada soy propensa a inflamaciones e infecciones”.

Luego de la noticia que le dio el médico empezó un peregrinaje por varios santuarios del país. Fue a El Quinche, Loja, Nobol, Santa Catalina, al convento de Santa Clara, entre otros. La petición era la misma: quedarse embarazada. También escuchó los consejos de mujeres conocidas.

Comió huevos de avestruz y pescado guaña, para aumentar su fertilidad, hasta que un día se le cumplió el milagro.

El miércoles pasado, cerca del mediodía, lucía una blusa lila de manga larga, un terno azul marino y zapatos negros de taco bajo. Tenía el cabello recogido. Bien uniformada y con una cartera crema salió de su casa, media hora antes de la entrada a su trabajo, a las 12:30. Fue caminando desde las calles Rafael Arias y Miguel Hernández, en Chillogallo, hasta la terminal terrestre de Quitumbe. Llegó en 25 minutos.

Ya en su puesto de trabajo, timbró tarjeta, se acercó a la cabina de despacho de los buses y con su índice derecho registró el inicio de su jornada. Su jefe, Ítalo Mendoza, es quien revisa la tabla de programación de rutas y le designó el trolebús número 55.

Antes de sentarse frente al volante, revisó la carrocería y los neumáticos del articulado. Luego se sentó y se colocó un micrófono de corbata, para anunciar las paradas. Ese día cubrió el recorrido CQR 109, que va desde la terminal de Quitumbe hasta la Estación El Recreo.

Los pasajeros abordan el bus y una luz verde anuncia que debe salir. “Cierro puertas por favor, tenga cuidado”, anuncia por el parlante, antes de iniciar el recorrido. El 12 de enero del 2000 empezó a trabajar en el sistema de transporte público. Su padre, Jaime Morales, le motivó. Él es uno de los choferes de los alimentadores de la Ecovía.

Cuando ella tenía 15 años ya le confiaba el volante de un taxi. “Yo lloraba porque no me gustaba manejar, pero quién iba a pensar que ahora esta profesión sería mi principal sustento”.

Tres años después sacó la licencia tipo E, luego de estudiar en el Sindicato de Choferes de Salcedo. En 12 años de pasarse transportando gente, solo una vez se ha chocado. Fue en la intersección de la 10 de Agosto y Checa.

Su versión le deslinda de responsabilidad. “Un señor de la tercera edad, en un carro Mazda, se pasó en rojo. Hice una maniobra que ayudó a reducir los impactos del accidente”.

Entre risas cuenta que su esposo no maneja porque no tiene carácter como ella. “Es mal genio y no tiene paciencia”.

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Catorce mujeres trabajan como choferes en la Empresa Pública Metropolitana de Movilidad y Obras Públicas, que administra el Trolebús, la Ecovía y el Corredor Sur Oriental. Morales tiene turnos rotativos, igual que sus colegas. Trabajan cuatro días a la semana y descansan dos. Una vez al mes tiene turno de fin de semana. “No tengo privilegios, las reglas son para todos”.

“Los peatones no respetan las leyes de Tránsito, cruzan la calzada por donde se les ocurre”, cuenta Morales, mientras con su mano derecha presiona un botón y cierra las puertas. Circula a 60 km/h y no puede conversar con los pasajeros, hablar por teléfono ni comer mientras conduce. Son reglas laborales establecidas.

Con el paso de los días se embarazó. Fue complicado y tuvo que permanecer en reposo cinco meses. El 9 de octubre del 2009 nació su hija Zoé. Su esposo, un sargento del Cuerpo de Bomberos escogió ese nombre, que significa ‘Luz de vida’.

Al final de la jornada, el traje de Morales lucía descuidado. Tenía dolor de cabeza y un poco de mal genio. Así retorna todos los días a su casa, donde saca las últimas energías para jugar con su hija.

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