26 de December de 2010 00:00

‘En Quito debemos reconstruir los valores’

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Rubén Darío Buitrón

Le han salido muchas canas al Alcalde en este primer año de trabajo...

Sin duda. La tarea del Alcalde es tremendamente demandante. Cada día se enfrentan problemas complejos, como por ejemplo el del nuevo aeropuerto, pero también la queja de alguien por un bache en la calle.

¿Se le acercan y le dicen: “Señor Alcalde, usted no está haciendo nada”?

De alguna manera, porque el Alcalde incluso resulta responsable de que la vecina ponga la basura en la casa de al lado o que el perro se orine en la esquina.Pero esos deben ser problemas menores frente a otras preocupaciones...

Cada mañana, apenas abro los ojos, ruego que no haya ocurrido un deslave o accidente, me pregunto si hubo un incendio o se cayó una casa.

Eso, ¿a qué hora sucede?

Normalmente me despierto antes de las seis de la mañana...

Y sale a trotar...

Cuando puedo. Ya no tengo la posibilidad de hacerlo todos los días, como cuando era un ciudadano común y corriente.

¿Eso aumenta el estrés?

Trato de relajarme y tener mucho autocontrol, de lo contrario, sería fatal: salgo de casa antes de las siete de la mañana, cruzo la ciudad al menos dos veces al día e intento optimizar mi tiempo.

¿Y la tecnología, ayuda?

Muchísimo. Imagínese si en el carro no pudiera contar con una laptop, iPad, celulares, equipos de comunicación. Trabajo mucho en el auto, mientras me movilizo por la ciudad.

Trabaja 14 horas diarias. ¿Y la familia?

La familia es la gran sacrificada. Y yo mismo, también. Cada vez leo menos literatura, casi nada de filosofía... Me paso el día y a veces la noche leyendo informes, documentos, reportes, cifras, proyectos...

¿Qué novela ha leído últimamente, a pesar del escaso tiempo que le queda?

Me leí toda la saga de Stieg Larsson, en especial ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’. Porque, además, tengo que leer cosas activas, de vida. Quiero literatura intensa ahora. Ya no podría leer a Saramago con la misma paz espiritual que lo hacía hace tiempo. Ahí he sufrido una pérdida.

¿Mira algo de televisión?

Veo mucho deporte. Sigo la liga inglesa, la Champions, eso me relaja. También veo noticieros de afuera: sigo la coyuntura de Estados Unidos, la de España...

¿Es mejor esa prensa que la de acá?

No quiero comparar, pero sí debo decir que el nivel de debate es mucho más apasionado pero más tolerante.

Pero la pregunta es si la prensa de allá es mejor que la de acá...

Debo admitir que el momento más tenso de mi día es cuando leo los periódicos, más o menos de siete a ocho de la mañana...

¿Por qué? ¿Usted tiene el mismo concepto del presidente Correa sobre la prensa ecuatoriana?

No, francamente no. Tengo mucho respeto por la prensa, aunque no puedo negar que cuando sale algo que no es cierto o que es inexacto, me molesto, tengo ganas de alzar el teléfono, llamar y aclarar...

¿La prensa tiene valores que, a pesar de lo que se dice, aportan a construir una mejor ciudad?

Yo siento que en el caso de Quito se requiere un enorme esfuerzo de construcción de un “nosotros” que incluya a los medios.

Un “nosotros” que no excluya a nadie, más bien...

Me refiero a que es necesario construir un liderazgo comunicacional, colectivo y no individual. Un liderazgo colectivo que valore no las cosas buenas de la Alcaldía, sino las cosas buenas de Quito.

¿Siente que los periódicos de Quito expresan suficiente lo que es la ciudad?

Si me permite el ejemplo, los diarios guayaquileños apuestan primero por su ciudad. Pueden tener diferencias internas en la ciudad pero, en principio, son Guayaquil. Eso todavía no tenemos acá.

Quizás porque no tenemos una visión consensuada de la ciudad que queremos...

Siento que necesitamos consolidar en Quito un concepto de unidad, una valoración del “nosotros” por sobre el “yo”. Tenemos cosas muy potentes que soñar, tenemos una ciudad maravillosa, con todas las dificultades que existen, pero no logramos esa visión de conjunto.

O talvez porque Quito siente que se debe más al país que a sí misma. La actitud política de la capital, por ejemplo, ha sido un motor para los cambios, positivos o negativos, pensando más en el país que en la ciudad.

Es cierto. La condición de capitalidad de Quito pone en segundo lugar la configuración del “nosotros”. Entonces, por ejemplo, en el caso de los medios de comunicación quiteños, funcionan mucho en la música de lo nacional y pierden potencia en lo local.

Estamos hablando de cambiar una cultura, una actitud, unos hábitos muy enraizados en la gente que vive acá...

Yo tengo recuerdos muy lindos de la vida en los barrios, de cómo funcionaba esa familiaridad, esa solidaridad, esa forma de ser vecinos en todo sentido.

¿Piensa usted que Quito hoy es una ciudad abstracta, poco humana?

Recuerdo cuando mi familia vivía por las avenidas 10 de Agosto y Colón. Al frente vivía don Jacinto Jijón y Caamaño, gente pudiente de La Mariscal, pero nos llevábamos tan bien con ellos como con los maestros Espín, que eran los carpinteros de la esquina, o con los guambras de Santa Clara. Con todos ellos, sin distinción de clase ni exclusión, jugábamos fútbol en el parque Julio Andrade

Por supuesto que la ciudad ha crecido y cambiado. No estoy planteando un regreso a lo imposible, pero sí propongo reconstruir con mucha fuerza la posibilidad de ser ciudadanos proactivos, tolerantes, solidarios, fraternos.

Además, tenemos una ciudad que ya no es habitada solo por quiteños...

Exacto, pero eso debemos transformar en un valor y no en un problema. Esa sociedad barrial y tradicional quiteña ya no existe. Tampoco existe ya el Quito franciscano, pues la ciudad se multiplicó por 10; sin embargo, estoy convencido de que sí es posible, con base en el viejo concepto de barrio, construir un nuevo concepto de ciudad.

Pero la realidad parece mostrar lo contrario. En las calles, los autos, los parques, los habitantes de Quito somos desconocidos que ni siquiera nos miramos, que no sabemos quién es el otro.

Justamente es el tema clave para la ciudad que estamos soñando. Con Antanas Mockus (el ex alcalde de Bogotá) hemos estado trabajando este año en encuestas muy profundas cuyos resultados son sorprendentes y hasta espeluznantes.

¿Resultados espeluznantes?

Mire. De los primeros resultados existen tres cosas que nos preocupan demasiado y que requerirán un trabajo conjunto no solo del Municipio sino de todos los que vivimos aquí.

Tres cosas que preocupan demasiado...

En pocos días vamos a difundir estos resultados, pero puedo adelantarle algunas cosas. Por ejemplo, uno de los problemas de cultura urbana más graves es la bajísima confianza interpersonal que nos tenemos. Eso supone que todos desconfiamos de todos y cada uno de cada uno. ¿Cómo se puede pensar en una ciudad distinta con una condición social de ese nivel?

Es la primera cosa. ¿Cuál es la segunda?

Un bajísimo apego a la ley. Es decir, la mayor parte de habitantes de Quito considera que la aplicación y el respeto a la ley son negociables, algo así como pensar que “la ley se acata pero no se cumple”.

¿Y la tercera?

Tan grave como las dos anteriores. En Quito existe mucha propensión a las riñas, a las peleas, a los gritos, a la bronca callejera. Imagínese que hay gente que pierde un partido de fútbol en el parque, un partido simple, de puro entretenimiento, y cree que ha perdido su honor.

Así, imposible hablar de un concepto social de ciudad. Estamos hablando de una auténtica selva urbana.

Pero podemos cambiar. Ninguno de los tres elementos (la desconfianza interpersonal, el irrespeto a la ley y la propensión a la pelea) son inmutables. Por eso insisto en que el sentido de ciudad y ciudadanía tiene que ver con todos, no solo con el Alcalde o los ciudadanos o los medios. Necesitamos poner en marcha un gigantesco plan para construir una ciudadanía con valores de convivencia, tolerancia y armonía. Esto me parece mucho más importante, incluso, que el metro o el aeropuerto.

Porque no tiene sentido contar con metro o aeropuerto si la ciudad cada vez es más inhumana...

No tiene sentido.

Sin embargo, los niveles de intolerancia y agresividad no solo están entre los ciudadanos comunes. También en la política.

Hay que ampliar el margen de tolerancia y de aceptación a la crítica. Yo, por ejemplo, trato de ser duro con las ideas pero suave con las personas.

Lo que no ocurre con el presidente Correa...

No es así y el tiempo nos dará la razón. El Ecuador necesitaba un sacudón muy fuerte, el país necesitaba alguien que golpeara la mesa. La historia demostrará que este proceso de cambio es duro, pero jamás será igual, ni siquiera cercano, a lo que ocurrió en países donde hubo procesos revolucionarios traumáticos.

Entonces, ¿justifica usted la actitud del Presidente?

Yo creo que hay que tener la suficiente perspectiva para entender que debemos elevar el debate, ser más trascendentes, ser menos inmediatistas, menos reactivos.

¿Siente que hay personas que asumen mal el poder?

Hay personas que asumen muy mal el poder. Yo detesto la fatuidad, la frivolidad del poder. Detesto el abuso, los privilegios.

¿Y el culto a la personalidad? ¿Lo atrae a usted?

Es uno de los males políticos que no me atraen para nada. Es más, estoy convencido de que el culto a la personalidad termina siendo una cosa patética.

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