30 de May de 2010 00:00

Solo una circunstancia los une

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Edwin Alcarás

En la esquina de las calles Caldas y Vargas está parado un grupo de policías nacionales y metropolitanos, que no se conocen entre sí y que no se hablan para nada.

Los ocho hombres forman uno de los 15 equipos móviles, mezclados entre esas dos fuerzas policiales. Un fiscalizador de la Empresa Pública Metropolitana de Movilidad y Obras Públicas completa el grupo que controla la restricción vehicular del pico y placa en la ciudad.Los policías nacionales miran las placas de los carros que pasan por la Vargas. Los metropolitanos examinan a los carros que suben por la Caldas. Entre sus colegas de institución, los policías se sienten en confianza e intercambian alguna palabra sobre el clima o sobre la familia.

Pero evitan mirar a los policías de la otra institución. A veces, por accidente, siguen con la vista a un auto y se encuentran con la mirada de los otros. Entonces, voltean la cabeza incómodos.

Los dos grupos casi nunca se hablan. Solo rompen su estricto silencio cuando se ponen de acuerdo sobre el próximo lugar al que se van a desplazar.

Incluso, esa coordinación es parca y rápida. Por lo general, uno de los metropolitanos se acerca a un nacional. Le expresa una frase de respeto policial, que consiste en decirle: “mi sub”. Y le plantea el posible destino.

El policía nacional lo escucha con la mirada clavada en la calle, a pesar de que no pasa ningún auto. Luego asiente con la cabeza y se sube a su moto.

Control sin palabras

El policía metropolitano William Analuisa mira concentrado los carros que pasan por la calle. Tiene las manos cruzadas detrás de la espalda y descansa su peso sobre su pierna izquierda.

De pronto, ubica a una camioneta azul que avanza hacia el norte por la calle Vargas. Está infringiendo la ley. Es martes y su número de placa termina en 4. Entonces, por primera vez en la jornada, Analuisa busca con la mirada a algún policía nacional.

El cabo Roberto Cabrera, que está al frente, ya se ha percatado de la situación. De todas formas, le hace una seña a Analuisa con la palma de la mano, para indicarle que ya se dio cuenta.

Cabrera se acerca a la camioneta y golpea el vidrio de la ventanilla. Es una Datsun bastante antigua. El chofer, Óscar Montoya, está paralizado por la sorpresa. Tiene la mirada vacía.

El resto se desarrolla de manera rápida y eficaz. El policía nacional pide la licencia y la matrícula. Hace orillar al auto. Llama por señas al Fiscalizador y este se apresura a tomar varias fotos del auto, de frente y de perfil.

Otro policía metropolitano ya se ha subido al auto y le explica a Montoya que lo llevará a un patio de retención. Le informa que la multa es USD 80 y que su camioneta estará detenida hasta el día siguiente. Luego, el chofer enciende el motor y es escoltado al patio de Cumandá.

Todo ha pasado en menos de 7 minutos. El método funciona y los policías casi no han tenido que intercambiar ninguna palabra. Después, todos vuelven a sus lugares, ajenos unos a otros.

Recuerdos incómodos

El 18 de diciembre de 2006 fue un lunes soleado, igual a cualquier otro. Excepto por una cosa. Ese día se enfrentaron a puño limpio un pelotón de policías nacionales contra casi todos los metropolitanos.

Al día siguiente, un diario abrió su portada con el título “Ardió Troya”. Una frase muy adecuada para describir el episodio, según el metropolitano Milton Valencia. Él nunca se enteró bien de cómo empezó la gresca. Supone que fue por causa de algún vendedor ambulante.

Su recuerdo de los hechos se parece un poco a una batalla épica y otro poco a una película de acción. Parado en la esquina de las calles Montúfar y Mejía, reconstruye la escena.

“Resistíamos solo con nuestros escudos. Ellos lanzaban gas lacrimógeno y rompieron los vitrales del Municipio. También nos defendíamos, con nuestros toletes, nuestros gases y con todo lo que teníamos a la mano”.

La mayoría del personal destinado al control del pico y placa tiene más de tres años de antiguedad, según Christian Gaibor, comunicador social de la Policía Metropolitana. Casi todos participaron en la gresca.

Pero ahora, en la mitad de un operativo del cual está pendiente toda la ciudad, los metropolitanos prefieren ya no mirar atrás. Antes del comienzo de la restricción recibieron un curso de una semana, por parte de un oficial de la policía nacional. Ahí quedaron claras las funciones.

Los únicos que pueden detener un auto y solicitar documentos son los policías nacionales. Los metropolitanos deben alertar y, de ser el caso, acompañar a los infractores hasta los patios de retención vehicular.

La especificidad de las funciones nunca se vulnera. Eso preserva la rígida armonía que rige entre los uniformados.

Detectives en el tránsito

A inicios de este mes, un domingo que descansaba en su casa, en Conocoto, el sargento primero de la Policía Nacional Vicente Robalino (nombre modificado por pedido) recibió una llamada urgente.

Debía recoger ese mismo día un memorando en la Dirección General de Inteligencia, donde llevaba trabajando tres años de edecán de dignatarios.

Tardó dos horas en llegar hasta San Isidro de El Inca. Cuando terminó de leer las breves líneas, un escalofrío recorrió por su cuerpo. Lo removían de su puesto para apoyar en el pico y placa.

Debía presentarse al día siguiente en el cuartel del Grupo de Tránsito de Pichincha. La formación sería a las 05:30.

La mayoría del personal de la Policía Nacional que ahora trabaja en el pico y placa ha sido removido de otras funciones e incluso de otras provincias.

El suboficial Juan Diego Peñaherrera (nombre inventado por él mismo) ha servido como pesquisa de la Policía Judicial durante 27 de los 28 años que pertenece a la institución.

A él le llegó el aciago memorando un lunes por la mañana, en la oficina de la provincia de Los Ríos, donde trabajó los últimos 7 años. Tenía que presentarse a formación del personal de pico y placa, el jueves.

Llegó a Quito la tarde del miércoles y lo primero que hizo fue comprar un uniforme. “Es que el personal de investigación anda solo de civil. Un amigo de aquí mismo me cedió un uniforme. Me sentía raro, a los tiempos andar uniformado, pitando y haciendo mover los carros”.

El uniforme le queda bien a excepción del pantalón que está un poco grande.

Roces invisibles

A veces ha habido roces que, afortunadamente, no han pasado de ser solo eso. Sentado en su moto, con gafas oscuras y el casco puesto, el policía nacional Danny Puruncajas sonríe cuando recuerda el incidente que se produjo con un metropolitano hace pocas semanas.

El metropolitano quería detener un auto por pico y placa, pero resulta que el conductor no tenía la matricula. El carro apareció como robado. “Eso ya es un delito y no una contravención. El metropolitano insistía en que había que meterlo por pico y placa. Ahí me tocó explicarle la situación y a él tuvo que entender”.

Al cabo de pocos minutos, el reloj de la Basílica indica que se terminó el horario del pico y placa. Las dos hora y media de silencio mutuo también terminan. Nacionales y metropolitanos, sin despedirse, se suben a sus respectivas motos y arrancan.

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